Por Aylin Mariani* –
Hay algo profundamente miserable en matar a un yaguareté.
Se trata de un cobarde porque ¿qué valentía puede haber en dispararle a uno de los animales más extraordinarios de nuestra fauna, una especie amenazada, cuya supervivencia depende precisamente de que haya seres humanos capaces de dejarla vivir?
Carlos Chagra (un cobarde) fue condenado a tres años de prisión en suspenso por haber cazado un yaguareté en Formosa. La condena llegó mediante un juicio abreviado, en el que reconoció haber cometido el hecho. Los fundamentos de la sentencia se conocerán el 7 de septiembre.
Tres años. En suspenso.
Y queda una pregunta que hace doler el estómago: ¿qué clase de mensaje estamos dando cuando matar a un yaguareté termina convertido en una condena que, en la práctica, no implica cárcel efectiva?
No se trata de pedir venganza. Se trata de hablar de responsabilidad.
El yaguareté no puede elegir dónde vivir. No puede comprender las fronteras administrativas, las leyes, los alambrados ni las miserias humanas. No puede sentarse frente a un juez, contratar un abogado ni reconocer un delito. Simplemente intenta sobrevivir en un territorio cada vez más reducido.
El hombre, en cambio, sí sabe.
Sabe que no está frente a un blanco cualquiera. Sabe que está frente a un animal extraordinario. Sabe —o debería saber— que matar fauna silvestre no es una hazaña. Y aun así aprieta el gatillo.
Eso no es coraje. de hecho ningún cazador la tiene.
Es cobardía.
La verdadera dificultad no estaba en encontrar al animal, apuntarle y disparar. La verdadera prueba de carácter habría sido tenerlo enfrente y bajar el arma.
“Lo perseguimos con los muchachos hasta que lo encontramos” – dijo jactándose. Después ante la consulta de las autoridades dijo que no había sido él y que ni siquiera estaba en el lugar del hecho. ¡Cobarde hasta para eso! Es que hay una cultura que todavía confunde la muerte con la hombría. Que piensan que una una vida silvestre en un trofeo. Y en un rasgo de estupidez más avanzada, presume frente a una fotografía de un animal muerto como si hubiera conquistado algo.
¿Conquistado qué?
¿La vida de un animal que no podía devolverle el disparo?
El yaguareté es mucho más que “una especie protegida”. Es parte de la identidad natural de nuestro país. Es un depredador fundamental de los ecosistemas donde todavía resiste. Y es, también, uno de esos animales que nos recuerdan que la Argentina alguna vez tuvo una naturaleza mucho más abundante que la que estamos dejando.
Cada ejemplar muerto importa.
Y cuando quien lo mata lo hace deliberadamente, no estamos ante una simple anécdota de campo ni ante una fotografía desafortunada. Estamos ante la decisión consciente de quitar una vida que pertenece a una especie que necesita protección.
Por eso esta historia no debería terminar el 7 de septiembre con la lectura de los fundamentos.
Debería abrir una discusión mucho más incómoda.
¿Qué significa proteger realmente a nuestra fauna?
¿Qué mensaje reciben quienes creen que un animal silvestre es un trofeo?
¿Y cuánto vale, para nuestra sociedad, la vida de un yaguareté?
Porque si la respuesta es que vale menos que el orgullo de quien quiere exhibirlo muerto, entonces tenemos un problema mucho más grande que un cazador.
Tenemos un problema cultural.
Y quizá sea hora de dejar de romantizar a los cazadores que matan por deporte. No son héroes de ninguna aventura. No son exploradores. No son hombres más valientes porque llevan un arma.
Cuando el adversario es un animal que simplemente intenta sobrevivir, la valentía no está en disparar.
La valentía está en no hacerlo.
El yaguareté necesita que nosotros tengamos la grandeza que algunos no tuvieron frente a él: la grandeza de dejarlo vivir.

*Colaboración para En provincia.
Fotografías: En Provincia.