Detrás de la mentira, una película que primero es drama y luego, comedia

Por R. Claudio Gómez

En el crepúsculo de la noche más trágica, joven para la cronología, pero gastada por la vida, allá, por 1982, mi abuela Casilda disfrutaba las tardes con el ciclo “Nuestro Cine”, que conducía el multifacético Rubén Aldao. Un espacio “para los amantes del género” sentenciaba el locutor, recordado por la veteranía también por su programa “El Club de Barbas”, que duró 20 años, en Radio Rivadavia.

Mi abuela había nacido en la cercana localidad rural de Verónica. De joven llegó a La Plata con un racimo de hermanos que fueron y vinieron de una ciudad a otra. Ella se quedó aquí y se casó con Mateo, hombre rudo y trabajador del frigorífico Swift. Mateo murió sin saber que moría, producto del Alzheimer. Mi abuela fue gratificada con un fondo de pensión con el que compró su casa. En la senectud, solo pedía una cosa a sus nietos: que le pusieran en la Tele “Nuestro Cine”.

Cuando uno es joven supone que manifestar el mal humor es un acto de rebeldía. Por esa razón, con mis hermanos fingíamos molestarnos por sentirnos obligados a ver aquellas películas viejas, que apenas se oían atrás entre un persistente, inevitable y fantasmal zumbido.

Tal vez como nunca, por la llegada de otra moda, producto del consumo de vestimenta importada, el ropaje de las mujeres, los hombres, las niñas y los niños de aquellos gloriosos y añejos filmes no se parecían en nada a la de los años 80. Escaleras larguísimas llevaban a las habitaciones; un mayordomo atendía los teléfonos. Los enredos de las comedias eran bien argentos y también los dramas. Que Dios se lo pague.

En aquellas tardes, repasábamos algo de los que estudiábamos en la escuela. Las películas funcionaban como una memoria segmentada que llevaban la Historia de Dominguito al conventillo y la pelota de trapo a la reivindicación de figuras como Almafuerte, en la potente interpretación de Narciso Ibáñez Menta.

Día a día esas filigranas se tornaban inevitables y plácidas, como la almohada al cansancio. Sin embargo, una película, una cualquiera entre tanta y variada oferta, provocó mi perplejidad. Supongo que luego de verla, evalué el temor como una posibilidad narrativa. Y no era de marcianos ni de monstruos ni de fantasmas: era de mujeres y hombres de carne y hueso que amenazaban la conciencia de las sociedades libres.

Jamás (ni entre las cintas más maniqueas de la era del senador Joseph Raymond McCarthy) volví a ver un relato tan anticomunista, tan extraño, tan bizarro. ¿Puede la bizarría provocarnos pavor? Si, tanto como todo lo que nos resulta inexplicable. Hasta anoche, hasta esta madrugada.

La cita en cuestión es “Detrás de la mentira”, dirigida por el extravagante cineasta Emilio Vieyra. La historia nos ubica en albores de los años 60, con tres muchachos que acaban de sufragar. Uno de ellos se muestra particularmente desinteresado por la política y, a la vez, frustrado por la falta de dinero y acaso de progreso. El joven es obrero en una fábrica, asiduo concurrente a un café de barrio y tiene una novia casi santa. En el trabajo entabla relación con un hombre que le sugiere que para crecer hay que “colaborar”. Se suma a su vida una hermosa mujer madura que es parte del engranaje que pretende captarlo. El film tiene buen ritmo. El muchacho decide probar suerte en esta comunión extraña: se trata de comunistas que realizan actos de propaganda de “pequeña violencia”. El asunto es que los personajes son presentados como una suerte de secta malvada, dispuestos a matar. Y matan. El final pretende aleccionar.

En marzo de 1962, el presidente constitucional Arturo Frondizi, jaqueado por las fuerzas militares, escribe: “No me suicidaré, no me iré del país, ni cederé… En momentos en que la crisis política que vivimos llega a su máxima gravedad, quiero ratificar antes usted y demás integrantes de ese comité nacional partidario mi irrevocable determinación de no renunciar y de permanecer en el gobierno hasta que me derroquen por la fuerza…”. Unas horas después dejaba su cargo, era derrocado por un golpe de Estado.

Hay cosas que se entienden mejor con los años. Esta madrugada volví a ver el film, precisamente, por “Volver”. Ya no me asustó. Tal vez sea verdad aquello que propone el bibliotecario de Eco; eso de que la risa neutraliza el miedo. La Historia tiene capítulos épicos y otros que invitan a reír por no llorar. Así es el cine.