Por Dr. Luis Sujatovich* –
La cultura digital no solo amplía el acceso a la información, sino que elimina la posibilidad de ignorar. Todo aparece, todo insiste, todo queda disponible. En ese escenario, el saber deja de ser una búsqueda y se convierte en una obligación difusa: hay que estar al día, aunque no sepamos muy bien para qué.
El malestar no proviene de la falta de información, sino de su exceso. No de lo que desconocemos, sino de la sospecha de que hay algo que deberíamos haber visto, leído o entendido. Estar informado ya no es una forma de comprender el mundo, sino de no quedar afuera de una conversación pública permanente que, como señala Raúl Trejo Delarbre, estructura buena parte de la experiencia mediática contemporánea.
Pero ese flujo constante produce un efecto menos evidente: desactiva la posibilidad de pensar. No porque falten datos, sino porque sobran. Cuando todo importa, nada logra organizarse. El conocimiento se vuelve acumulación: registra sin jerarquizar, incorpora sin distinguir.
Borges lo había anticipado con Ireneo Funes, el hombre incapaz de olvidar. Su memoria absoluta no era una ventaja, sino un límite: no podía pensar. Porque pensar —escribió— implica seleccionar, abstraer, dejar de lado. La cultura digital invierte esa lógica. Nos acerca, cada vez más, a una memoria que no descarta. Y en ese movimiento, lo que se pierde no es información, sino algo más elemental: la posibilidad de darle forma.
El exceso de información ya no amplía el mundo: lo vuelve ilegible
El mexicano Alejandro Rossi escribió en Manual del distraído que la distracción puede ser una forma de atención. No estar en todo no implica dispersión: es la condición para concentrarse en algo.
No se trata de un déficit, sino de una decisión. Frente a una oferta inagotable, atender es recortar. En ese gesto aparece una forma de curaduría: no como tarea especializada, sino como práctica cotidiana de selección y organización de lo que vale la pena sostener.
Saber menos no empobrece: ordena. Libera atención para comprender lo que realmente merece tiempo. No todo saber vale lo mismo: acumular información no equivale a pensar. La cultura digital favorece lo primero; el derecho a no saber intenta sostener lo segundo.
Seleccionar como una forma de soberanía intelectual
El filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría advirtió que la “obligación de ser actual” es una trampa del capitalismo tardío. No se trata solo de consumir productos, sino de consumir actualidad, de estar al día con el flujo incesante de novedades, de tener una postura sobre todo antes de que el tema se disuelva en el siguiente.
Opinar se ha convertido en un producto más. Y como todo producto, caduca rápido. La libertad de no opinar no es indiferencia: es la decisión de no entrar en ese circuito. Es decir “sobre esto no sé”, “esto no me interesa”, “esto lo voy a pensar con calma”. Es el gesto que Funes no pudo tener porque su memoria no le permitía elegir qué retener. Nosotros aún podemos. El derecho a no saber es, quizás, la última forma de soberanía intelectual. Saber menos para pensar mejor. Elegir qué ignorar para poder entender.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Imagen: IA.