Antes era tormenta, ahora es ciclogénesis: la época en que hasta el clima necesita marketing

Por Guillermo Cavia –

Hubo un tiempo en que una tormenta era una tormenta.

El pronóstico decía: “Probabilidad de lluvias y tormentas, algunas fuertes, con ráfagas y ocasional caída de granizo”. Y listo. Uno miraba por la ventana, evaluaba si convenía salir con paraguas y continuaba con su vida. Ahora no. Ahora hay que hablar de ciclogénesis. La palabra aparece en pantalla con una solemnidad capaz de hacernos creer que no se viene una tormenta, sino el fin de una civilización. Y uno se pregunta: ¿en qué momento el vocabulario meteorológico decidió que “se viene una tormenta fuerte” era demasiado sencillo?

Antes había tormentas. Algunas eran terribles. Otras duraban veinte minutos y dejaban cuatro ramas en el piso. Había granizo, inundaciones, viento, rayos y calles convertidas en ríos. No necesitábamos ponerle un nombre sofisticado a cada fenómeno para entender que había que entrar la ropa, cerrar las ventanas y desenchufar el televisor.

La era de ponerle nombre a todo

Lo curioso es que la tendencia no se limita al clima. Vivimos en una época en la que todo parece necesitar una categoría, una etiqueta, una definición y, si es posible, una sigla. Antes alguien estaba distraído. Ahora tiene déficit de atención. Antes alguien era tímido. Ahora puede tener ansiedad social. Antes había chicos caprichosos. Ahora tenemos explicaciones psicológicas, pedagógicas y sociológicas para cada berrinche.

Antes alguien cambiaba de trabajo porque quería ganar más. Ahora hablamos de quiet quitting, job hopping, burnout y otras expresiones que parecen haber sido diseñadas por un departamento de Recursos Humanos que cobra por palabra. Y antes, si alguien se ofendía porque le decían una verdad incómoda, simplemente se ofendía. Hoy puede ser víctima de una experiencia traumática.

Los jóvenes de cristal y otras etiquetas

También están los famosos “jóvenes de cristal”. La expresión se utiliza para describir a una generación a la que se le atribuye una mayor sensibilidad frente a las críticas, la frustración o determinadas situaciones. Pero cuidado: eso no significa que todos los jóvenes sean frágiles ni que las generaciones anteriores hayan sido una especie de ejército de acero inoxidable.

Cada época tiene sus problemas. Lo que sí cambió es nuestra necesidad de ponerle nombre a comportamientos que antes describíamos con una frase mucho más sencilla. “Este pibe no se banca una crítica.” Listo. Ahora podemos escribir un ensayo de 2.500 palabras sobre la fragilidad emocional de las nuevas generaciones. Y probablemente tenga tres gráficos.

Millennial, centennial, generación X, boomers…

Después llegaron las generaciones.

Los baby boomers.

La generación X.

Los millennials.

La generación Z.

La generación Alfa.

Y quién sabe cuál será la próxima.

Antes uno decía:

—¿Cuándo naciste?

—En 1978.

Perfecto.

Ahora parece necesario averiguar a qué generación pertenece la persona, cuál es su signo, qué aplicación utiliza, qué pronombres prefiere, qué tipo de apego tiene y si responde los mensajes inmediatamente o necesita “espacio personal”. Quizás dentro de unos años tengamos que presentar un currículum emocional para conocer a alguien.

El idioma también se modernizó

Y acá aparece otra curiosidad. Muchas de estas palabras no son necesariamente malas. Algunas describen fenómenos reales y permiten hablar de ellos con mayor precisión. “Ciclogénesis”, por ejemplo, no es una palabra inventada para asustarnos: en meteorología describe un proceso de formación o intensificación de un sistema de baja presión.

El problema aparece cuando convertimos cada término técnico en una especie de título de película de catástrofe. Porque una cosa es explicar un fenómeno y otra muy distinta es convertirlo en espectáculo. El lenguaje técnico sirve cuando aporta información. Cuando solamente agrega solemnidad, tenemos otra cosa: marketing lingüístico.

La inflación de las palabras

Y quizás eso sea lo que está pasando. Tenemos una especie de inflación de términos. Si todo es “histórico”, nada es histórico. Si todo es “viral”, nada es realmente viral. Si cualquier inconveniente es una “crisis”, dejamos de distinguir una crisis verdadera de un problema administrativo.

Si cada tormenta es presentada como un fenómeno extraordinario, llega un momento en que uno ya no sabe si tiene que mirar el radar meteorológico o comprar provisiones para seis meses. El lenguaje pierde fuerza cuando exageramos permanentemente. Y, por otra parte, seguimos deformándolo para describir cosas que ya tienen una palabra perfectamente adecuada.

No, no es una avioneta

Hay un caso que me resulta particularmente irritante: “avioneta”. Ocurre un accidente aéreo y aparece el título: “Se cayó una avioneta.”

¡Por Dios!

No es una avioneta. Es un avión. Puede ser más grande o más chico. Puede tener cuatro asientos o transportar a cientos de pasajeros. Puede pesar unas pocas toneladas o muchas más. Pero si es una aeronave de ala fija propulsada por motor, estamos hablando de un avión. “Avioneta” es un término coloquial y no una categoría aeronáutica precisa. Sin embargo, se instaló en el lenguaje periodístico como si todos los aviones pequeños fueran automáticamente “avionetas”.

Es curioso.

Para algunas cosas nos esforzamos en inventar palabras cada vez más complejas y específicas. Para otras, agarramos una palabra imprecisa, la repetimos durante años y terminamos creyendo que es técnicamente correcta. Quizás algún día alguien anuncie: “Trágico accidente: se cayó una avioneta de 300 pasajeros.”

Y nadie va a preguntar nada.

Antes también había problemas

Hay, además, una trampa en esta discusión. Idealizar el pasado es tan absurdo como ridiculizar todo lo nuevo. Antes también existían la ansiedad, la depresión, la violencia, el estrés, la discriminación, los problemas laborales y las dificultades para criar hijos. La diferencia es que muchas veces no teníamos las herramientas para nombrarlos, diagnosticarlos o comprenderlos.

Y eso no es necesariamente algo malo. Ponerle nombre a un problema puede ser el primer paso para solucionarlo. Pero también existe el extremo contrario: creer que porque encontramos una palabra nueva acabamos de descubrir un problema nuevo. Y ahí es donde aparece la pavada.

La época de la pavada

Quizás estemos viviendo una época fascinada con nombrar lo obvio. Una época en la que necesitamos explicar que alguien que trabaja demasiado está agotado. Que una persona que no quiere responder mensajes necesita tranquilidad. Que un adolescente puede sentirse inseguro. Que una tormenta puede tener viento. Que un chico puede frustrarse. Que una persona puede cambiar de trabajo. Que alguien puede estar triste.

Que un avión nunca es una avioneta. Todo necesita una categoría. Todo necesita una etiqueta. Todo necesita un hashtag. Y, por supuesto, todo necesita una palabra en inglés. Porque si lo decimos en inglés, parece que acaba de ser descubierto en California.

La tormenta seguirá siendo tormenta

Tal vez el desafío sea recuperar algo de sentido común. No para volver al pasado ni para burlarnos de los avances de la ciencia, la psicología o la meteorología. Simplemente para recordar que no todo lo nuevo es realmente nuevo.

Una tormenta fuerte seguirá siendo una tormenta fuerte, aunque la llamemos ciclogénesis. Un joven sensible seguirá siendo un joven sensible, aunque le digamos “de cristal”. Y una persona nacida entre 1981 y 1996 seguirá siendo una persona nacida entre 1981 y 1996, aunque decidamos llamarla millennial.

Las palabras cambian. La sociedad cambia. La tecnología cambia. Pero hay algo que permanece bastante estable: la necesidad humana de complicar lo sencillo. Y quizá esa sí sea la verdadera ciclogénesis de nuestro tiempo. Una tormenta de palabras que crece, se intensifica y amenaza con dejarnos bajo una lluvia torrencial de etiquetas.

Con ocasional caída de pavadas.

Fotografía: https://pixabay.com