Fútbol mundial: entre la rivalidad y la ilusión de la superioridad

Por Aylin Mariani* –

Cada vez que termina un Mundial, una Copa América o una Eurocopa, el fútbol parece extenderse mucho más allá de la cancha. El resultado deja de pertenecer a los noventa minutos y comienza otra competencia: la de los relatos. En las redes sociales aparecen los campeones eternos, los derrotados para siempre y, sobre todo, la idea de que un país entero representa lo que dicen algunos miles de usuarios detrás de una pantalla.

En ese escenario, no tardan en aparecer afirmaciones categóricas. Que España se cree superior después de ganar un Mundial. Que Argentina es odiada por Europa. Que Latinoamérica está dividida entre quienes la apoyan y quienes desean verla perder. Son frases que suenan contundentes, pero que rara vez describen la realidad.

La historia del deporte muestra otra cosa. Cada selección dominante despierta admiración y rechazo al mismo tiempo. Brasil vivió décadas siendo el equipo que todos querían imitar y derrotar. La España de 2008 a 2012 fue considerada casi imbatible y también recibió críticas por su hegemonía. Francia, Alemania e Italia atravesaron procesos similares. Hoy, el protagonismo de Argentina produce exactamente ese mismo fenómeno.

El éxito tiene un efecto inevitable: multiplica tanto los admiradores como los detractores. No porque exista un odio colectivo, sino porque las grandes potencias deportivas siempre ocupan el centro de la conversación.

Las redes sociales, sin embargo, distorsionan esa percepción. Premian el comentario provocador, la burla y la exageración. Un mensaje agresivo suele recorrer el mundo con mucha más velocidad que un reconocimiento respetuoso. Así se instala la idea de que un país entero piensa igual que las cuentas más ruidosas de internet.

Lo mismo sucede con los hinchas. En todos los países existen sectores que celebran con humildad y otros que confunden el orgullo con la soberbia. Reducir a millones de personas a las actitudes de una minoría es una simplificación injusta.

También es cierto que el fútbol toca una fibra muy particular. No se discuten solamente tácticas o resultados; se ponen en juego identidades, historias y emociones nacionales. Por eso una victoria puede sentirse como una reivindicación y una derrota como una herida. Esa intensidad explica muchas reacciones, aunque no las justifique.

Quizás el mayor desafío sea recuperar una idea sencilla: la rivalidad no necesita convertirse en desprecio. Se puede admirar el talento de un rival sin dejar de defender los colores propios. Se puede disfrutar de una competencia feroz sin convertirla en una batalla cultural.

El fútbol siempre necesitará rivalidades. Son parte de su encanto. Lo que no necesita son prejuicios que transformen a pueblos enteros en caricaturas.

Porque, al final del día, los campeones cambian con los años. Lo que permanece es la capacidad del deporte para unir y emocionar a millones de personas, incluso cuando creen estar enfrentadas.

Y tal vez ahí resida la verdadera enseñanza: las redes sociales amplifican los gritos, pero rara vez representan el silencio de las mayorías, que siguen viendo el fútbol como lo que es: un juego extraordinario capaz de despertar pasiones, pero nunca una medida del valor de un país o de su gente.

*Colaboración para En Provincia.

Fotografía: https://pixabay.com