Por Dr. Luis Sujatovich* –
Las instituciones no cambian por descubrimiento. Cambian cuando ya no pueden hacer lo mismo.
Muchas tuvieron que revisar sus formas de funcionamiento. No porque alguien les señalara una ruta, sino porque aquello que antes las definía ya no alcanzaba para sostenerlas.
Los bancos dejaron de ser lugares donde se guardaba dinero para convertirse en sistemas de circulación financiera. Los medios comprendieron que su tarea ya no era publicar, sino seleccionar y orientar en medio de la abundancia de información.
Los comercios descubrieron que vender ya no dependía exclusivamente de tener un local. El Estado también tuvo que revisar sus formas de vincularse cuando muchas gestiones comenzaron a resolverse fuera de sus ventanillas.
La transformación no fue una decisión voluntaria. Llegó cuando mantener las viejas formas resultó más costoso que revisarlas.
El costo de la inercia
La escuela observa ese movimiento desde un lugar particular. Sigue siendo necesaria y conserva una legitimidad que pocas organizaciones poseen.
Pero justamente allí aparece una contradicción difícil de resolver.
El problema no siempre aparece cuando una institución pierde relevancia. A veces aparece cuando sigue siendo necesaria, pero ya no sabe para qué.
A diferencia de otros sectores, nadie le disputa su lugar. No hay una aplicación que ofrezca educación formal con la misma legitimidad. No hay una plataforma que entregue títulos con el mismo reconocimiento institucional.
Nadie le disputa el monopolio del tiempo, del espacio y de la certificación.
Y esa ventaja puede convertirse en una debilidad. Cuando no hay competencia, tampoco aparece una urgencia inmediata. La inercia puede confundirse con estabilidad.
El desafío del monopolio
Los videojuegos, la brevedad, las comunidades digitales y el microaprendizaje no reemplazan a la escuela, pero disputan algo más profundo: la atención, el tiempo y el deseo de aprender.
La competencia no está solo en los contenidos. Está en la capacidad de convocar frente a una pregunta, un problema o una experiencia.
Un estudiante puede pasar horas resolviendo un desafío en un videojuego, investigando en una comunidad digital o aprendiendo una habilidad por su cuenta. No porque haya dejado de querer aprender. Sino porque encontró otros caminos.
La paradoja es incómoda: nunca hubo tanta información y, al mismo tiempo, nunca fue tan difícil lograr que alguien se detenga a leer, pensar o escuchar.
De la estructura a la práctica
¿Y si la escuela no tuviera que sobrevivir como estructura, sino como práctica?
Tal vez el problema no sea cómo encontrar un referente contemporáneo con el cual dialogar, sino si su propia resistencia al cambio no terminará alejándola de aquello que busca conservar.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Imagen: IA Gemini.