Por Elvira Yorio* –
“…advierto que escribía cada vez que era infeliz,
que me sentía solo o desajustado del mundo…
y pienso, si no será siempre así, que el arte de nuestro tiempo,
ese arte tenso y desgarrado, nazca invariablemente de nuestro desajuste,
de nuestra ansiedad y nuestro descontento.”
Ernesto Sábato
Después de leer a Lorena Pronsky, se impone respirar hondo, y tratar de ordenar el tropel de ideas y reflexiones que fueron surgiendo en el transcurso de la lectura. Puesta a encontrar similitudes con otros escritores que le precedieron, vienen a mi memoria dos francesas geniales: Marguerite Yourcenar y Simone de Beauvoir. La primera hurga en la conciencia de sus personajes, expone los deseos reprimidos, las dudas, e impulsos más primitivos. Por ejemplo, en “Alexis”, una extensa e intensa carta que (igual a “Memorias de Adriano”), es también un monólogo interior donde el protagonista libera su angustia existencial y la trama pasa a un segundo plano. La técnica empleada por esta autora ha sido calificada como “introspección erudita”. Por su parte, Beauvoir también aborda en sus obras la dependencia afectiva; la indignación consigo misma y con los demás; la validación e invalidación emocional; libertad y alienación; los celos y la posesividad; la experimentación de pérdidas y duelos… Sus libros son fenomenales expresiones de la novela psicológica (“El segundo sexo”, “La mujer rota”, “La plenitud de la vida” …), centrados en esos dos impulsos inconscientes que dominan al ser humano: atracción y rechazo. Asimismo, con su propio estilo, Virginia Woolf desarrolla magistralmente ese “flujo de conciencia” que hace prevalecer las emociones por sobre las acciones del relato (“La señora Dalloway”, “Al faro”, “Las olas” etc). Imposible dejar de mencionar a Fiódor Dostoievski, maestro insuperado de la novela psicológica, en su encuentro con la interioridad a través de pensamientos y sentimientos caóticos, la tortura mental, el extravío por los laberintos de la psiquis. Sus personajes, Raskolnikov o los Karamanzov, brindan lecciones de psicología aplicada. Otros extraordinarios autores que cultivaron ese género, fueron Albert Camús (“El extranjero”), Henry James, apodado el padre de la novela psicológica moderna (“Retrato de una dama”, “Otra vuelta de tuerca” etc.), Ernesto Sábato (“El túnel”), John Katzenbach, autor del thriller “El psicoanalista”, que batió todos los récords de venta en Estados Unidos en el año 2002.
Lorena Pronsky demuestra la misma aptitud para diseñar el retrato íntimo de sus personajes, resulta indudable que escribe desde la emoción. Es obvio que la formación universitaria ha influido poderosamente en su producción literaria. Psicóloga, graduada en La Plata (U.C.A.L.P.), con una vasta actuación en distintos ámbitos, que dejaron indeleble impronta en su espíritu inquieto. Baste mencionar su paso por el Centro Oncológico de Excelencia, donde se desempeñó como acompañante terapéutica de enfermos con graves patologías, y otros destinos de gran compromiso profesional. Esa trayectoria le ha permitido adentrarse en la caracterología de sus personajes, dotándolos de verosimilitud. En algún reportaje dijo que “escribir supone exponerse”, y no le falta razón, dado que en ese “decir”, subyace una interpretación de sí misma, un intento de obtener “la claridad mental que limpia el pensamiento.” No necesita aclarar que escribe “arrebatada por sus emociones”, ello es percibido por el lector. A punto tal que por momentos parecería estar contando su propia historia, el lento y doloroso proceso de reconstrucción del yo, junto con el reconocimiento de los sentimientos ambivalentes que la vinculan con sus seres queridos, en especial la madre. En la tarea de ser compasiva consigo misma, o con el personaje que presenta, es evidente que también lo es con los demás, y de algún modo busca que “puedan abrir los ojos”, como lo ha manifestado en más de una ocasión. Muchos seguidores dan cuenta de este despertar, al que los ha llevado la lectura de sus obras. (“Cúrame”, “Despierta”,” No amarás”, “Flores de barro”) Pero, más allá de eso, se ocupa de aclarar que no pertenecen al género autoayuda. Esta publicitada herramienta de sanación interior, no es tal para Lorena. En realidad, afirma, es el “comercio del dolor” a través de promesas de mejoría, sin ninguna garantía: solo un aspecto de esa “industria de la felicidad”, otro producto más, destinado a la sociedad de consumo. Le asiste toda la razón, esos “métodos novedosos de sanación inmediata”, equivalen a tomarse un antidepresivo, o sea soluciones parciales y efímeras, no exentas de efectos indeseables. Está ausente un auténtico proceso de sanación. En “Rota se camina igual” explica que el dolor es inevitable, y que negar la realidad no sirve para nada. A través de algunos relatos cortos describe cómo se deben enfrentar la crisis que provocan heridas espirituales, pues pese a esa sensación de destrucción, cabe intentar la sanación. La novela “Loca” se mete de lleno en un aspecto crucial de la enfermedad mental: la depresión que sufre la protagonista, Carola. En esta obra, escrita en primera persona, al amargo monólogo interior (un soliloquio) se suman enriquecedores diálogos e intercambio de mensajes con los terapeutas. Ella afirma en la novela: “las enfermedades mentales, como la depresión, necesitan de la paciencia y del respeto de aquellos que nos rodean” (pág.137), aunque muchas veces ese quiebre de la personalidad es mal interpretado por el entorno que, lejos de comprender, exige del paciente decisiones que está imposibilitado de adoptar. Tampoco contribuyen a la resolución del conflicto, las imposiciones que provienen de la sociedad, indiferente a este tipo de patologías. Todo esto sugiere la lectura de esos textos. Pero hay más, mucho más…
Carola, Lorena, vos, yo…a través de la escritura, clara, diáfana, directa, puede verse el dolor sublimado. Dijo la autora: “escribo para no morirme”, a saber: atravesada por el dolor tiene la valentía de hablar de pesadillas, tormentos y desamparos…sin buscar piedad, solo se exhibe, se muestra al otro, tal vez en procura de comprensión. Habla de sus más íntimas angustias, pero no como quien hace una catarsis, tratando de desahogarse, sino haciendo, a veces, forzando, un análisis retrospectivo que le permita enfrentar sus realidades para reconstruirlas. Como decía Rilke: el arte auténtico nace de la experiencia extrema, de la vulnerabilidad de quien ha afrontado el peligro y se atreve a mirar a los ojos aquello que lo atemoriza. No nace de una postura cómoda sino del que se ha permitido vivir a fondo su humana experiencia.
Como escritora, Lorena Pronsky es un habilidoso orfebre que alcanza el punto de engarce óptimo entre los seres de su universo literario, percibidos como reales, y el lector. Campea en su obra un estilo realista que, pese a ello, parece poseer un reprimido lirismo en ese relato intimista y al mismo tiempo ecuménico. Ha construido un camino de doble mano entre ella y quienes la leen, para que cada cual haga con esas historias su propia creación, algo así como “la apropiación de lo ajeno por identificación”.
Para terminar, es evidente que la literatura de Pronsky responde a esa concepción del arte que, aunada al talento, surge como reparación originada en el dolor y la depresión: la escritura como acto de supervivencia. Zito Lema y Pichón Riviere, en sus lúcidos diálogos, entendieron que en toda creación subyace una pérdida, pues importa una forma de canalizar la rememoración de las tristezas y el gozo después de su superación. Es el espejo de su mundo interior, en el que los otros pueden reflejarse. Y de hecho, así lo hacen.
*Colaboración para En Provincia.
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