Cuando la pantalla falla, lo real incomoda

Profesor Por Dr. Luis Sujatovich* 

La pantalla dejó de ser un instrumento: funciona como soporte de la experiencia. Allí se archivan recuerdos, se sostienen vínculos, se organiza el deseo y se valida la experiencia. Por eso, cuando falla —un golpe, una pérdida, un silencio que ningún emoji consigue cubrir— no se pierde solo un dispositivo: se interrumpe el marco que daba forma y distancia. Lo que aparece entonces no es “más real”, sino menos procesado: sin encuadre, sin ritmo, sin traducción inmediata. Esa exposición descoloca, no por su intensidad, sino por la falta de mediaciones disponibles. Ahí se vuelve visible el problema: hemos aprendido a habitar representaciones, no a sostener la presencia.

El entrenamiento que nos volvió frágiles

Ese aprendizaje no es difuso: tiene una forma concreta. Se configura en el consumo sostenido de ficciones: series, películas, memes, incluso noticias narradas como guiones. No se trata solo de una preferencia cultural, sino de una modificación perceptiva. La realidad en estado crudo —sin giro argumental, sin clímax, sin resolución— resulta plana, insuficiente, poco convincente. Exigimos que los hechos respondan a la intensidad del entretenimiento. Cuando no lo hacen, aparece el desinterés. La realidad no fracasa por lo que es, sino por no ajustarse al molde narrativo internalizado.

La pantalla y el otro

Cuando la mediación falla, no solo cambia lo que vemos: cambia quién aparece. Ya no es un contenido, ni una escena organizada. Es el otro. Con su cuerpo, su demanda, su imprevisibilidad. Su silencio, que ningún emoji traduce. Sin filtro, se vuelve exigente: pide respuesta, implica presencia, no admite pausa ni edición. Y eso desacostumbra. En la pantalla, el otro siempre llega diferido, comentado, encuadrado. Fuera de ella, su presencia es exceso. Ante esa presión, el gesto automático es buscar oxígeno simbólico: otro dispositivo, un relato, una opinión. Basta con narrar, compartir o reducir a imagen. Lo que importa no es el medio, sino la función: reinsertarse en lo mediado para no quedar expuesto. Como quien busca una máscara para poder respirar.

Prótesis y musculatura perdida

Se prefieren vínculos que no confronten: un perro antes que un hijo. Incomodan el cuerpo, el esfuerzo, lo imprevisible. La interfaz, el filtro, la pantalla funcionan como prótesis que amortiguan el roce real. Pero el problema no es que el otro sea más difícil que antes. Es que se debilitó la musculatura para sostenerlo. Esa pérdida no es individual ni reciente: responde a un ecosistema cultural que privilegia la inmediatez, la edición constante y la circulación incesante de estímulos.

No tapar la grieta tan rápido

No hay una salida simple. No se trata de “salir de la ficción”: no hay afuera. Se trata, quizás, de no clausurar de inmediato la grieta cuando aparece. No cubrirla con imágenes, opiniones o interpretaciones automáticas. Quedarse un instante en la incomodidad, con el otro. Aprender a sostener la presencia ajena cuando la pantalla se rompe. Sin explicar de inmediato. Sin traducirlo todo.

Porque tal vez ahí —donde ya no hay pantalla que ordene— empiece algo que no necesita ser mostrado para existir.

*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.

Imagen: IA.