Por Elvira Yorio* –
Leer a Samanta Schweblin remite al realismo sucio americano. No en una relación de identidad absoluta, pero sí de similitud a través de ciertos caracteres comunes: carencia de filtro moral, ruptura con la narrativa tradicional, regodeo en lo sórdido, exaltación del grado de decadencia que puede alcanzar una comunidad o un individuo etc. Si el propósito de la autora fue suscitar estupor, cierta dosis de angustia, confusión y desconcierto…lo logra plenamente. Al releer sus cuentos, todos concebidos bajo el común denominador de una sistemática deshumanización sin perspectivas de redención, el lector se sobrecoge entreviendo un futuro apocalíptico. Decía Sábato que hay dos formas de demostrar erudición irritante: una, acumulando citas y la otra, no haciendo ninguna. Parece que esta escritora siente desprecio por las frases hechas o construidas por otros: prescinde de ellas. La violencia es casi siempre una fuerza subyacente que motoriza los relatos, mediante una prosa despojada, elegante dentro de la cotidianeidad que desea reflejar.
Muchos escritores que han creado sus obras influidos por el desencanto existencial, tuvieron infancias traumáticas y vidas difíciles: Poe, Rimbaud, Lautreamont, Dostoyevski, Almafuerte…Desde ese lugar, tiene explicación una narrativa impregnada de pesimismo, referida únicamente a lo negativo, y lo siniestro. Ignoro la vida de esta escritora, cuya visión desesperanzada lleva a presumir tortuosas experiencias vitales.
Aborda algunos temas recurrentes, por ejemplo: el pozo. Este elemento puede tener, más allá de su definición usual, muchos meta-significados. Así, el terror de lo cotidiano, la morbosa atracción por lo insondable, la caída en la depresión, la dimensión del vacío interior, el oscuro mundo inconsciente, las represiones, similitud con los sepulcros, el pasado inmodificable…y muchos más. Ninguna acepción permite una mirada esperanzada. Como decía la leyenda de Sileno, exponente de la sabiduría paradójica, lo mejor sería no haber nacido o bien, morir tan rápido como sea posible…también estuvieron en esa postura Leopardi que consideraba a la vida como una especie de error divino; Schopenhauer primer exponente del pesimismo alemán, (“Observaciones sobre la nada de la existencia”), Eduard Hartmann(irracionalismo) y luego en línea semejante, Cioran y su teoría sobre la vida privada de sentido. Incluso tuvo auge en su momento la denominada “Filosofía de la desesperanza” que predicaba el fracaso como supuesto ineludible de la vida, sustentada entre otros por el mencionado Emil Cioran. Por su parte Camús, para escapar al problema de la existencia, propuso vivir con el absurdo, pero aceptándolo con rebeldía, como Sisifo. Parece pues, que estas ideas no son nuevas, sino versiones actuales de algo conocido.
Hoy concita nuestra atención Schweblin . Uno de sus relatos referido a pozos, es “El cavador”. Un hombre alquila una casona en la playa para descansar. Al llegar advierte, delante de la vivienda, a un hombre ocupado en cavar un pozo que, cabe presumir, le ha encargado el propietario del predio. Nada se aclara en ese momento, ni en días subsiguientes, pero el pozo continúa agrandándose. El relato parece coquetear con algún peligro desconocido e inminente, que no se describe. Tampoco se dice, ni siquiera se sugiere la finalidad de la excavación. La incertidumbre es, en realidad, la protagonista del relato. El final, está abierto a múltiples interpretaciones y… a ninguna.
Otro tema que se reitera es el de la incomunicación. En el cuento que sirve de título al libro “Pájaros en la boca”, eso es tangible en la historia de una familia deshecha. Un matrimonio frustrado, con una hija de trece años atravesando una grave crisis existencial. Cerrada sobre sí misma, la chica parece indiferente a todo lo que no sea su original forma de alimentarse, comiendo pequeños pájaros. El horror no estaría en que la niña coma un animal, (muchos los comemos todos los días), sino en el hecho de que ella lo come vivo y crudo. En tren de encontrar el sentido a esta actitud, viene a la mente la frase “tragar sapos” que vulgarmente expresa la aceptación de situaciones inaceptables. Ella no traga sapos, traga pájaros y ¡vivos! Quizás, la pobre pretende llamar la atención de sus padres. Si bien lo consigue, ellos, aceptan de algún modo la cotidianeidad de lo siniestro y pasado el impacto inicial, no intentan resolverlo racionalmente. Tratan de escapar de la situación, plegándose a ella. ¿Implica acaso la descripción de esta actitud, una crítica a la sociedad actual? A la permisividad de los padres que permiten cualquier cosa a los jóvenes, soslayando su rol de guías y formadores. Es solo una interpretación posible.
La aparente falta de sentido es una constante en todas estas historias, el mundo no elegido, que nos es impuesto y la naturalización de la violencia, trazan un cuadro desolador. Cabe preguntarse ¿es solo para exhibir descarnadamente la realidad, o existe otro propósito implícito? En “La pesada valija de Benavídes” parecería censurar las “instalaciones”, esa forma de arte contemporáneo que se inició a mediados del siglo XX, y está íntimamente vinculado a lo conceptual. En efecto, relata la historia de un hombre que asesina a su mujer a puñaladas. Cometido el hecho, dobla el cuerpo como puede, lo coloca dentro de una valija y la cierra. Acto seguido decide ir con el macabro equipaje a la casa de su psiquiatra, que lo acoge amigablemente. Después de algunos circunloquios, consigue mostrar al profesional el contenido de la valija. A la vista del cadáver retorcido, ensangrentado y maloliente, en vez de horrorizarse, el profesional queda maravillado. Convoca a un experto en arte y ambos coinciden en que es una sublime representación de “La violencia”, calificándola de “auténticamente innovadora”. Alientan al uxoricida: “Frente a obras como ésta la competencia es nula, el público caerá a sus pies”. Soslayan toda consideración ética, desentendiéndose del oprobioso delito cometido. Finalmente, deciden exponerla, e inauguran una muestra cuidadosamente organizada. La obra es exhibida con gran éxito ante un público admirado y excitado. Recuerda a “My bed”, la instalación de Tracey Emin exhibida en Londres, en 1998, que consistió en una cama con las sábanas en desorden, manchadas con todos los fluidos humanos, y objetos desechables como botellas abiertas, condones usados, frascos vacíos, colillas de cigarrillo, etc. Fue vendida en una cifra millonaria y aclamada por muchos críticos. Realista, muy realista, claro que la que describe Samanta Schweblin lo es mucho más.
La autora logra crear en todos los relatos, una atmósfera opresiva e inquietante y lo hace con espontaneidad y convencimiento: jamás apela a frases grandilocuentes, usa un lenguaje simple, directo y efectivo. No es la única escritora que lo hace. Agustina Bazterrica (Premio Clarín novela 2018) también trabaja con temáticas afines a lo ominoso, abominable y abyecto. En su obra “Cadáver exquisito” las personas no se alimentan de pájaros, sino que ¡crían seres humanos para su consumo! En similar faena está Mariana Enríquez, Daniel Moyano y otros escritores. Y a juzgar por el éxito que tienen sus distopías, pronto se sumarán los buscadores de prestigio, que suelen ser legiones.
Es habitual escribir por una necesidad interior, pero además la escritura se comparte para ilustrar, entretener, denunciar, advertir, ensalzar, criticar… En este caso pareciera que se trata de mostrar lo morboso, grotesco, disvalioso, trágico, y después… ¿qué? Hay un refinamiento de la maldad, y nada de lo abominable se muestra lejano ni ajeno.
A lo largo de la historia hubo distintas corrientes literarias que tuvieron su momento de apogeo y después fueron reemplazadas por otras: clasicismo, barroco, neoclasicismo, ilustración, romanticismo, realismo, simbolismo, modernismo, posmodernismo, absurdo, realismo mágico, etc. ¿Cuál sería la denominación correcta para esta literatura que genera incomodidad y se circunscribe a lo morboso? Algunos sugieren “realismo gótico” que muestra el refinamiento de la maldad, aparentemente sin ninguna intención aleccionadora.
A Samanta Schweblin le corresponde el mérito de estimular la imaginación del lector quien, ya inquieto, ya angustiado, ya molesto, intentará crear a su vez una historia que explique, o de alguna manera, justifique, ese relato que leyó, meditó y trata de comprender.
*Colaboración para En Provincia.