Prohíben el celular, prohíben la IA. ¿Y la innovación?

Profesor Por Dr. Luis Sujatovich* 

Durante las últimas dos décadas, el discurso educativo sostuvo una asociación que, aunque discutida, no terminó de desarmarse: innovar equivale a incorporar tecnología. Aun cuando se reconocen sus límites, persiste la expectativa de que la tecnología, en algún momento, logre producir la transformación que se le atribuye.

Cada nueva plataforma, dispositivo o aplicación fue presentada como condición necesaria para transformar la enseñanza. La inversión en infraestructura digital pasó a leerse como un indicador directo de mejora educativa, desplazando la discusión sobre las prácticas concretas.

El problema no reside en la presencia de tecnologías, sino en el tipo de operaciones que se les atribuyen. Se les asigna una capacidad de transformación que no depende de ellas. La promesa permanece estable mientras los artefactos se suceden. Lo que cambia es el soporte; lo que no se revisa es el supuesto.

El celular y el límite de la narrativa innovadora

La llegada masiva del celular al aula introdujo una fisura que el discurso de la innovación no pudo absorber. Si esta debía sostenerse en la tecnología disponible, su integración pedagógica tendría que haber sido ineludible. Sin embargo, ocurrió lo inverso: lo que hace unos años se pensaba bajo el modelo 1 a 1 —un dispositivo por alumno como condición de posibilidad para un aprendizaje transformado— hoy se replantea desde la lógica opuesta. Enseñar mejor, se insiste ahora, implica restringir el acceso.

El gesto es revelador: cuando la tecnología efectivamente disponible se volvió masiva, el sistema educativo respondió no con innovación, sino con contención. La innovación, despojada de su principal soporte material, queda suspendida, oscilando entre la reacción inmediata —prohibir para preservar el orden— y la espera de una nueva promesa tecnológica cuyo valor ya no se medirá por su presencia efectiva en las aulas, sino por la sofisticación del artefacto y las expectativas que logra condensar.

La inteligencia artificial y la repetición del esquema

La inteligencia artificial generativa no inaugura una dinámica nueva, sino que acelera una ya conocida. En menos tiempo del que llevó a prohibir el celular, pasó de ser celebrada como la gran promesa de transformación a ser tratada como un problema a contener. Su velocidad de adopción reconfiguró las condiciones de producción, circulación y autoría del conocimiento, pero la respuesta institucional, una vez más, prioriza el control por sobre la exploración.

Las discusiones dominantes no giran en torno a cómo enseñar en un escenario donde escribir, resumir o traducir pueden resolverse en segundos. Giran, en cambio, alrededor de la detección, la autenticidad y la regulación. Se multiplican las herramientas para identificar la intervención de sistemas generativos, pero no las estrategias para integrarlos con sentido pedagógico. La pregunta didáctica queda desplazada por la obsesión verificadora, que encuentra su nudo en la evaluación —ese territorio donde la promesa de innovación colisiona con la lógica de la acreditación.

Movimiento colectivo

La innovación no llega con un dispositivo ni con su prohibición. Aparece, quizá, donde la práctica se desborda, donde el conocimiento se transforma y el otro puede existir.

*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.

Imagen: IA.