¿Querrá alguien recobrar el paraíso?

Por Elvira Yorio –

 Al principio el mundo era confuso por falta de información, ahora lo es por exceso. Parece que nuestro antepasado Adán estuvo siempre desorientado. Y si consideramos su situación…se justifica. Imaginémoslo: despertando de la siesta, y sintiendo a su lado un bulto que se movía, casi de su mismo tamaño, blando, tibio, oliendo a menta y violetas… Inauguró en él fuertes sensaciones: sorpresa, seguida de temor, ansiedad. De un salto estuvo de pie y corrió a protegerse tras un frondoso árbol. Apenas superada esa impresión inicial, una especie de insistente picazón le molestó: era la curiosidad, que experimentaba por primera vez y que lo acicatearía muchas más a lo largo de su vida. Se animó a salir del escondite. Ese ser, que en algo se le parecía, se estiró cuan largo era, del mismo modo en que lo hacían los felinos que solían merodear por el lugar. Adán se asombró porque, de los muchos seres que le rodeaban, a los que ya asignara nombre (única tarea que había desarrollado hasta ese momento), éste no se parecía a ninguno. Tuvo el impulso de llamarlo “mujer”, después se enteraría que quería significar blando y tierno. Y se designó a sí mismo como “hombre”  pues sentía, desde que despertó a la vida, que pertenecía a la tierra. Y, en efecto, de tierra estaba hecho. De pronto, ella se incorporó, lo miró y durante un largo rato, tal vez una tarde o una noche (en aquella época no existían las horas, ni los días, ni los meses, ni los años…) un poco menos, o un poco más, quedaron mirándose, descubriendo similitudes y diferencias. Ensayaron los primeros gestos amistosos y parece que eso les produjo mucho bienestar. Después, nunca se sabrá cuánto después, ella le tocó suavemente la cara, y bastó ese ligero roce para que Adán se estremeciera de pies a cabeza. Y ocurrió el primer milagro: ella sonrió y, sin saber por qué, él respondió sonriendo a su vez, estrenando así el mejor idioma de acercamiento universal. Tomados de la mano, recorrieron el paraíso, era inmenso, pero…ellos sí que tenían todo el tiempo del mundo. Además, podían caminar enormes distancias sin cansarse (el cansancio se inventaría después). Extensas llanuras de pronto cambiaron y se transformaron en colinas, sierras, montañas. En cada lugar admiraban animales y plantas. En alguna ocasión, intentaron emularlos. Ya fuera el vuelo de un cóndor majestuoso, el movimiento de las mieses, o los saltos de un sapo. Esos intentos a veces terminaban en porrazos, pero no existía aun el dolor, tampoco la menor posibilidad de herirse. En ese lugar, todo era plácido, demasiado plácido…se sucedían las estaciones sin afectarlos, pues naturalmente, tenían un interminable poder de adaptación al frío, a la humedad, al calor…todo era placentero, demasiado placentero. Además, las cosas permanecían a la vista, nada estaba oculto, el misterio tardó mucho en aparecer.  Ese constante ir de aquí para allá, les valió el rótulo de nómades. Habitaba en ellos una suerte de inconformismo que les impelía a seguir, sin asentarse en ningún territorio. No había necesidad de palabras, con la mente lograban comunicarse sin el más mínimo esfuerzo. Mucho después, fascinados por los sonidos de la naturaleza, intentaron imitarlos, y aquellos que más les agradaron, los repitieron, inventando, sin querer, vocablos que aplicaban a lo que los rodeaba. Conocieron el mar, los ríos, los lagos, y quedaron deslumbrados. Cuando Eva se inclinó en la orilla de un lago y pudo contemplarse, se asombró. Cerró los ojos y luego tímidamente, los volvió a abrir. Estiró la mano para apresar la imagen, pero al contacto con la helada superficie, la retiró de inmediato. Así estuvo, mirando esa figura que tanto le atraía y se rompía con solo tocarla. Adán se acercó, y también ignoró su propia imagen, aunque sí reconoció a Eva. Largo rato miraba el agua y a la mujer, era ella y era otra. Le costaba entender. En realidad, los dos tardaron bastante en aceptar que esos reflejos, eran una prolongación de ellos mismos. Al cabo lo comprendieron y sintieron gusto en reconocerse, hasta el punto que se detenían en cada espejo de agua que encontraban, para contemplarse largamente. Tal vez ése haya sido el primer atisbo de vanidad entre los humanos. Pero, como estaban solos en esa inmensidad, la competencia era mínima: solo un “otro” o una “otra”, el agrado era propio y mutuo a la vez, la envidia todavía no había aparecido. Seguramente anduvieron mucho, y de pronto advirtieron una muralla infinita que les impedía el paso…claro, ellos no lo sabían, pero estaban en un jardín amurallado, que eso, ni más ni menos, es un paraíso. Esa delimitación física, la construyó Dios ¿para protegerlos o para recluirlos? ¡Es difícil ponerse en el lugar de Él! También impuso otra restricción, la ley que les impedía el conocimiento de la verdad. Qué curioso, la mentira haría su entrada triunfal entre los humanos, mucho después. Se atribuye su invención a Hermes, el dios griego de las sandalias aladas. En fin… lo que realmente resulta paradójico, es que haya concedido a la pareja el libre albedrío, esto es, la capacidad de decidir, de elegir…  y sin embargo, cuando la ejercieron, los castigó, echándolos del paraíso. Parece que la opción era: libres y desgraciados, o encerrados en una jaula de oro. Sí, la libertad parece que, desde el comienzo, fue un concepto relativo. Esta contradicción preocupó a Milton (1667), quien en “El paraíso perdido” plantea la antinomia entre libre albedrío y predestinación. También llegó a esta conclusión: ” La mente en su propio lugar, y en sí misma, puede hacer del infierno un cielo, del cielo un infierno”. Más de uno se ha preguntado ¿cuál habrá sido la intención de Dios al crear dos seres imperfectos a los cuales les demandó perfección? Voltaire explicó que “Dios es un comediante actuando ante un público que tiene miedo de reírse.” También Durrell imaginó que uno de sus personajes escribía una novela titulada “Dios es un humorista”. Muchos opinan que, al crearlos, dejó una parte de los humanos librada al azar, lo cual refutó Einstein: ”Dios no juega a lo dados”. Imposible conocer los designios de Dios. ¿Por qué los privó de la infancia? Transcurridos varios siglos, Freud explicaría que no tener infancia genera secuelas psicológicas graves: culpa, ira, tristeza, dependencia emocional… Parece que esos traumas los hemos heredado de nuestros primeros padres. Ellos carecieron de la espontaneidad del juego, se les exigió responsabilidades de adultos sin aprendizaje previo, empezaron a vivir en la adolescencia… ¿ Cuál era en aquellas épocas la edad de imputabilidad? 

 Los estudiosos de textos sagrados, afirman que el paraíso representa un lugar de paz y comunicación con Dios. O bien el hogar primigenio y a la vez la última morada adónde irán a parar los justos libres de pecado. Son conjeturas, meras conjeturas…Lo que parece ser cierto, y estaría de acuerdo a los antecedentes y documentación existente, es que Dios creó al menos dos mundos. El primero es el paraíso, en el que reinaba la bienaventuranza, y el otro, es el mundo al que arribaron castigados Adán y Eva después de su expulsión, o sea, éste que conocemos. Estudios recientes parecen probar que hay multiversos. Jöel Scherk y Henry Schuwarz exponen que hay nueve dimensiones espaciales. De ello, se ha deducido que existen estructuras que contienen muchos universos diferentes, dado que las leyes físicas de cada uno, no serían iguales. Tal vez Dios en otros universos, puso criaturas que, haciendo gala de obediencia, quizás hayan ganado el derecho de permanecer en sus respectivos paraísos por la eternidad. De momento, no lo sabemos. Nos guste o no, según el Génesis 4:16, estamos en Nod, lugar ubicado al Este del paraíso. ¿Este exilio será permanente hasta el final de los tiempos? ¿Alguno podrá volver a ese edén, demasiado plácido, demasiado placentero, que desde entonces carece de presencia humana? ¿Y si lo logra, querrá permanecer allí para siempre jamás?

*Colaboración para En provincia.

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