Tres días menos de verano y tres más de invierno: la desigualdad que nadie mira

Por Guillermo Cavia –

En el hemisferio sur, el verano dura 89 días. En el hemisferio norte, 92. La diferencia parece mínima, apenas tres jornadas, pero encierra una desigualdad que se repite año tras año y que, curiosamente, pasa desapercibida para la mayoría.

El cálculo es sencillo: desde el solsticio de diciembre hasta el equinoccio de marzo, el calendario nos concede 10 días de diciembre, 31 de enero, 28 de febrero y 20 de marzo. Total: 89. En el norte, en cambio, el verano se extiende desde el solsticio de junio hasta el equinoccio de septiembre, con 10 días de junio, 31 de julio, 31 de agosto y 20 de septiembre. Total: 92.

La explicación astronómica es clara: la órbita terrestre no es perfectamente circular, y la velocidad de nuestro planeta varía según su distancia al Sol. En enero, cuando la Tierra está más cerca del Sol (perihelio), avanza más rápido y el verano austral se acorta. En julio, cuando está más lejos (afelio), se mueve más lento y el verano boreal se alarga. El resultado es una diferencia de tres días que, aunque explicada por la física, se convierte en una desigualdad cultural.

Tres días menos de verano significan tres días menos de vacaciones, de ocio, de calor, de playa. Y, como contracara, tres días más de invierno: más frío, más encierro, más restricciones. Una doble desventaja que nadie parece reclamar. Hasta ahora.

El calendario, heredado de los romanos y ajustado apenas con los años bisiestos, perpetúa esta diferencia sin ofrecer compensación. Febrero recupera su día cada cuatro años, pero el verano austral nunca recupera los tres que le faltan. Y el invierno, en cambio, se extiende con una generosidad que pocos celebran.

La propuesta de reforma es simple: redistribuir los días. Julio y agosto, con sus 31 jornadas, pueden ceder una cada uno. Septiembre, que hoy tiene 30, recibiría una más y pasaría a 31. Así, el verano del sur alcanzaría los 92 días, igualando al norte, y el invierno dejaría de ser más largo.

No se trata de alterar la órbita terrestre ni de desafiar la ciencia, sino de reconocer que el tiempo es también una construcción cultural. Si podemos ajustar el calendario para corregir los años bisiestos, también podemos hacerlo para equilibrar las estaciones.

La indiferencia frente a esta desigualdad revela cuánto naturalizamos las asimetrías. Tres días de verano menos y tres días de invierno más parecen insignificantes, pero son símbolo de una injusticia que nadie discute. Tal vez sea hora de empezar a hacerlo.

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