Por Guillermo Cavia –
Los ciudadanos de este país atravesamos una atmósfera espesa, imposible de ignorar, que no puede pasar desapercibida. La naturalización de algunas cuestiones en la vida de los habitantes debería ser nuestra primera alarma, una señal de alerta.
Creo que si las casas, los edificios, se llenaron de rejas, de alambradas, electrificación y hasta alarmas monitoreadas, es porque algo grave sucede. No podemos plantearnos unas vacaciones sin la preocupación de la casa sola. Es como si eso fuera algo del pasado. Incluso es una rareza oír decir que, en un pueblo, antes uno podía dejar la bicicleta en la vereda y al otro día estaba ahí. Si eso ya no sucede es porque algo grave nos aconteció.
Si al cruzar la calle como peatones luego de esperar la luz del semáforo, debemos estar alertas porque puede venir un conductor de moto, que en su mayoría no respetan la luz roja de detención, ese es un síntoma de algo más profundo. Una clara señal que nos muestra que nos hemos acostumbrado a que lo que no debiera suceder, sucede. Casi de forma normal.
Si todos los años en la costa, en la Frontera de Pinamar, como en Villa Gesell, hay accidente y hasta muertes por los vehículos en la arena, que son conducidos por personas que no son aventureros sino temerarios en un juego que parece una ruleta rusa, ese el claro espejo de una sociedad en riesgo que no tiene una contención. Dejar hacer. Libre albedrío.
Si una ambulancia acude por un accidente donde un conductor de moto creyó ser el dueño de la calle, manejando sin casco, sin luces, sin patente, y termina hospitalizado, no es solo su cuerpo el que paga las consecuencias. Es la sociedad entera la que se ve estafada: una cama menos, un insumo menos, un médico que desvía su atención de otros pacientes. Un escenario donde la irresponsabilidad de una persona genera un costo millonario que asume la comunidad.
Si al entrar un vehículo al garaje de una vivienda debemos pensar que quizás sería mejor dejarlo en la vereda porque podemos sufrir un robo, es porque el hecho de resguardar un bien, en vez de ser una actividad natural y normal pasa a ser parte de una lotería en donde las personas de bien se juegan la vida, ante esto hay responsables que están mirando para otro lado.
Si estamos en una plaza disfrutando de una tarde o de un fin de semana, y por los senderos las motos de delivery atraviesan el espacio entre niñas y niños jugando, mascotas y familias, es porque hace años nadie controla y la desidia es una costumbre. La plaza, que debería ser un encuentro, un remanso, es parte de un escenario peligroso. La ausencia de control no es casual: es la marca de una renuncia a cuidar la familia.
Si hace años que las bombas de estruendo, en los principios de clases, en los finales del ciclo lectivo, en eventos deportivos, en recitales, en fiestas como Navidad o Año Nuevo, junto a los ruidos de escapes de autos y motos liberados para explotar con decibeles altísimos, son moneda corriente, al igual que los fuegos artificiales, que se descargan en el aire sin control, asustando mascotas, pájaros y personas vulnerables, es porque hace mucho tiempo a casi nadie le importa.
Si las zonas periféricas de las ciudades están atestadas de basura, con caminos vecinales desbordados, alcantarillas tapadas, alambrados que flamean bolsas con el viento, contenedores rebalsados y cestos atiborrados de desperdicios, comida putrefacta, olores y botellas o latas de todo tipo, es porque quienes deben bregar por el cuidado del medio ambiente no están en campaña política.
Si hay personas que manejan después de haber bebido alcohol, otras que lo hacen usando el celular, como algunas que atraviesan avenidas a grandes velocidades para generar material en las redes sociales, es porque estamos condenados como sociedad. No hay control real y el que se hace, es ficticio, porque la repetición de casos vislumbra la falta de acciones ejemplificadoras para que esos hechos no vuelvan a ocurrir.
Si una ruta como la 3, que es transitada por miles de camiones y vehículos cada día, sigue estando en condiciones deplorables, es porque hace años debiera ser una autopista y nunca lo fue. La desidia vial no solo pone en riesgo vidas, sino que también retrasa el desarrollo de un país que se resigna a circular por caminos que parecen del pasado. Cada kilómetro sin mantenimiento, es una señal de alerta que se repite y se multiplica.
Si hace años que los trenes de pasajeros dejaron de circular, es porque la indiferencia también alcanzó lo que hace años era un orgullo para nuestro país: los ferrocarriles. Las vías que alguna vez unieron pueblos y ciudades ahora son ramales abandonados. La ausencia del tren no es solo la falta de un transporte: es la pérdida de un símbolo de integración. Cada estación que perdió su razón de ser es un recordatorio de que el país se fue desconectando de sí mismo.
Si los micros de pasajeros reciben pedradas en algunas autopistas, es porque la violencia se naturalizó y la indolencia es moneda corriente. Una piedra que atraviesa un parabrisas no es solo un acto vandálico: es la confirmación de que viajar en este país plantea la posibilidad de perder un ojo o la vida, así es para los pasajeros, que deberían estar protegidos, pero se convierten en víctimas de un abandono que lleva años repitiéndose.
La mirada que atraviesa esta columna no es ajena a la de cualquier habitante. Lamentablemente, desde que empecé a escribir hasta que terminé, la situación se agravó, lejos de solucionarse. Estamos viviendo un tiempo que, sin lugar a dudas, nos lleva hacia una dirección única. Pareciera que no hay responsables, pero sí los hay, desde hace años, somos nosotros mismos.

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