Por Dr. Luis Sujatovich* –
La escuela contemporánea arrastra una carga que ya no puede sostener. Durante décadas se la pensó como un actor central, responsable de corregir desigualdades, garantizar empleos y cambiar destinos, pero hoy ese mandato se vuelve insostenible en un mundo que ya no se organiza con las mismas reglas, los mismos tiempos ni las mismas promesas. Ninguna institución educativa puede reparar las fallas estructurales de una sociedad marcada por la precariedad, la fragmentación y la aceleración cultural. Insistir en esa expectativa produce un doble efecto: frustración en quienes enseñan y desencanto en quienes aprenden. Tal vez haya llegado el momento de aceptar que la escuela no está para salvar el mundo, sino para volverlo un poco más habitable desde el lenguaje, la cultura y el encuentro.
Un mandato imposible
El mundo que podemos habitar está delimitado por el lenguaje del que disponemos. Como señaló Ludwig Wittgenstein, los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo. El alcance de lo que una persona puede pensar, interpretar o discutir depende en gran medida del repertorio simbólico del que dispone: palabras, imágenes, relatos y referencias culturales. Cuando ese repertorio es pobre u homogéneo —aunque esté saturado de estímulos digitales— el mundo se vuelve más pequeño: la conectividad deviene burbuja. La escuela no debería competir con la producción de información —territorio ya dominado por plataformas y algoritmos—, sino disputar los modos en que esa información organiza nuestra experiencia del mundo.
Los límites del mundo
Ampliar el mundo no es un gesto neutro: implica, necesariamente, un vínculo con el otro. No con el otro ideal, abstracto o estadístico, sino con el otro concreto que irrumpe en el aula con su historia, su cuerpo y su diferencia. En este sentido, la escuela conserva una potencia que no puede ser delegada. Para Emmanuel Levinas, la relación con el otro es ante todo una experiencia ética: un encuentro que no se reduce al conocimiento, al control ni a la evaluación, sino que me expone a una alteridad que me desborda y me interpela. Ninguna plataforma digital garantiza ese encuentro. Ningún tutorial enseña a convivir con la diferencia. La escuela, en cambio, todavía obliga —a veces a pesar de sí misma— a compartir un espacio, un tiempo y una palabra con quienes no elegimos. Y en esa fricción mínima, cotidiana, incómoda, se juega buena parte de su sentido contemporáneo.
La escuela y la alteridad
Tal vez el gesto más realista que puede asumir hoy la escuela sea aceptar sus propios límites. No como renuncia, sino como condición. La escuela no controla el mercado de trabajo, no regula la desigualdad, no administra el futuro. Su campo es otro: más frágil, menos visible, pero también menos sustituible. En una sociedad organizada por la velocidad, la segmentación y la lógica del rendimiento, sostener instituciones que todavía operen con tiempos largos, con cuerpos presentes y con palabras compartidas no garantiza ningún resultado, pero sí preserva una pregunta abierta sobre cómo queremos vivir con otros. Y esa pregunta, lejos de ser marginal, es una de las pocas que siguen siendo genuinamente escolares: cómo se amplía un mundo común y cómo se hace posible habitarlo con otros.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Imagen creada por Chat GPT.