“Doctor” sin doctorado: la confusión entre títulos, costumbres y prestigio

Por Dr. Guillermo Cavia* –

En Argentina, pocas palabras generan tanta confusión como “doctor”. Médicos y abogados son llamados así por tradición protocolar, aunque sus diplomas digan “Médico” o “Abogado”. El título honorífico se ha naturalizado en hospitales, tribunales y oficinas públicas, pero su uso indiscriminado borra la diferencia entre un grado universitario y el máximo reconocimiento académico: el doctorado.

El episodio reciente de Lola Latorre, hija del exfutbolista Diego Latorre, expuso esta tensión en cámara. Al recibir felicitaciones por su título de abogada, corrigió al periodista con un enfático “¡doctora!”. La reacción en redes sociales fue inmediata: burlas, memes y acusaciones de desconocer su propio título. En realidad, Lola apelaba a la costumbre jurídica argentina, donde los abogados son tratados como “doctores”. Pero para el público general, la corrección sonó errónea o vanidosa.

La confusión no es solo local. En inglés, “doctor” se usa para referirse a los médicos (Doctor Smith), aunque no tengan un doctorado académico. Esa traducción cultural contribuyó a consolidar la idea de que “doctor” equivale a “profesional de prestigio”, sin importar el grado académico real. En Argentina, la herencia española e italiana reforzó el hábito de extender el título a abogados y otros universitarios.

Sin embargo, detrás de esta costumbre hay un problema de justicia simbólica. Quienes cursan un doctorado académico —años de investigación, escritura de tesis, defensa pública— ven cómo su esfuerzo se diluye en un mar de “doctores” honoríficos. El lenguaje cotidiano invisibiliza la diferencia entre grado y posgrado, y banaliza el mérito de quienes alcanzan el máximo nivel académico.

El debate no es menor: en un país donde la educación superior es un bien social, el reconocimiento de los títulos debería ser preciso y justo. Llamar “doctor” a quien no lo es académicamente puede parecer un detalle, pero en realidad erosiona la legitimidad de los grados universitarios y confunde a la sociedad sobre qué significa alcanzar un doctorado. La palabra, usada como fórmula de cortesía, termina vaciándose de contenido.

Tal vez sea hora de repensar el uso del título “doctor” y devolverle su sentido académico, reservándolo para quienes realmente lo han conquistado. Porque las palabras importan, y en ellas se juega el reconocimiento del esfuerzo, la verdad de los títulos y el prestigio de la educación. En definitiva, nombrar correctamente no es solo un acto de protocolo: es un acto de justicia hacia quienes dedican su vida a la investigación y al conocimiento.

El abogado no es doctor. El médico no es doctor. El doctor, es alguien que ha realizado un doctorado. Si el médico lo hizo, es doctor. Si el abogado lo hizo, es doctor. Si es comunicador y lo hizo, es doctor. Si es ingeniero y lo hizo, es doctor. Las cosas dichas por su nombre. La academia nivela, pero la ignorancia, no.

*¿Por qué no?…. Dr. Guillermo Cavia, total, parece que cualquiera lo es.

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