Seudónimo: ¿jugar a ser otro?

Por Elvira Yorio* –

¿De dónde vendrá al ser humano el impulso de escudarse en el anonimato para llevar a cabo determinadas acciones? ¿Será del Teatro griego, donde comenzaron a usarse máscaras para diferenciar la representación de la realidad, o tal vez de los inicios del carnaval? Es curioso enterarnos de que el carnaval, con sus ritos y su parafernalia, obedeció a una especie de concesión graciosa de la clase dominante hacia la plebe. Parece que, previo al ingreso en la cuaresma (una etapa de meditación, recogimiento y espiritual disposición), se autorizaban estas fiestas paganas, donde las reglas sociales perdían estrictez. Antes del reconocimiento de los pecados, inicio del ayuno, abstinencia y otras mortificaciones, se concedía durante tres días, un espacio de liberalidad, de relajamiento de las austeras costumbres. Se inventaron los disfraces para inducir a las personas a proceder y comportarse en un plano igualitario, mezclando a la gente de distintas clases sociales. Eso posibilitaba el cambio de roles y aun la burla y la ridiculización de los gobernantes. Es evidente que producía algún efecto psicológico en la gente, tal vez aquietaba los ánimos… al dar rienda suelta a sus impulsos, sin cargo de rendir cuentas… vaya a saber, ahora solo podemos conjeturar al respecto. Tuvo muchos adeptos, y parecería que, en alguna medida, los sigue teniendo. Suponemos que la máscara se inventó para ocultar la verdadera identidad. Hay muchas máscaras: de metal, porcelana, cartón, papel, tela, palabras…e invisibles. ¿Acaso parapetarse detrás de un falso nombre, no implica mentir sobre quiénes somos, una forma de enmascararnos?  Y desde luego, estos interrogantes llevan a otros ¿por qué fingir ser quienes no somos? ¿para hacer aquello que de otro modo no nos atrevemos? ¿por temor? ¿para ocultar la timidez? ¿por falta de decisión para asumir nuestras propias responsabilidades? ¿por miedo al ridículo? ¿por modestia? ¡Los motivos suelen ser tantos y tan distintos! En realidad, el nombre es un atributo de la persona. Jurídicamente relevante, pues es un medio de identificación. No está permitido cambiar el nombre legal, sino en los casos que la propia ley prevé, y mediando proceso judicial.  Sin embargo, está aceptado el uso de seudónimos para identificar la autoría de obras artísticas (reglado en la ley 11.723 de Propiedad Intelectual).   

Es evidente que existen diversas personalidades. Aquéllas que desean fervientemente acceder a la fama, porque creen que les otorga una jerarquía superior, un status, a la vez que se sienten así acreedoras a ciertos privilegios. Son los que alguien llamó “viandantes en busca de popularidad”, que gozan con promocionarse y ser promocionados. Otros, sin proponérselo, adquieren pública notoriedad, y sufren estoicamente las consecuencias no queridas de esa difusión masiva, que suele perturbar la intimidad. Y están aquellos que simplemente no se quieren dar a conocer, por alguna razón en particular. Entre los escritores, a través de las distintas épocas, muchos que hicieron uso del seudónimo o elección voluntaria de un nombre falso.

Por ejemplo, Paul Verlaine (1844-1896) escribió un importante ensayo sobre poesía, y lo suscribió con el nombre de Pauvre Lelian, que es el anagrama exacto del suyo propio. Lo hizo, pues se auto-incluyó entre los poetas malditos que mencionaba en su texto, al lado de Rimbaud y Mallarmé. En otra ocasión, usó el nombre Pablo de Herlagnez, para publicar poesía con connotaciones sexuales, censurada en esa época.

Por su parte Voltaire, el gran pensador francés, fue un abogado llamado Francois Marie Arouet (1694-1778), que ostentó una posición de avanzada para su época, ya que propugnaba la separación de la Iglesia y el Estado, arduo defensor de la libertad de expresión. Sustentar estas ideas le acarreó graves inconvenientes con la monarquía, hasta sufrió prisión en la cárcel de la Bastilla, donde, desde su confinamiento, concibió la idea de dedicarse a la literatura, y adoptó (como un modo de protección, tal vez) el seudónimo que lo haría famoso.

Hay expertos en literatura que sostienen que la obra “Middlemarch”, de George Eliot (1819-1880), es no solo una de las mejores novelas de la era victoriana, sino la más importante que se haya escrito en Inglaterra hasta la actualidad. Lo curioso del caso, es que George Eliot, era en realidad una mujer, llamada Mary Ann Evans. Entonces, la intolerancia de género, vedaba el ejercicio de determinadas actividades a las mujeres, entre ellas escribir, eso determinó que adoptara ese seudónimo en todas las obras que escribió, que fueron valiosas piezas de literatura.

No fue la única que echó mano a ese recurso. Otras talentosas escritoras que osaron publicar sus obras, también lo hicieron bajo un nombre masculino. Tal el caso de Aurore Dupin (1804-1876), que adoptó el nombre George Sand, se atrevió a usar ropa masculina y adquirió más fama por sus amores con Frederic Chopin, que por sus obras literarias, pese a que fueran elogiadas por Víctor Hugo y Gustave Flaubert.

También las hermanas Brontë, fueron brillantes escritoras. Las tres adoptaron nombres masculinos para firmar sus obras, y el mismo apellido, Bell. El transcurso del tiempo confirmó las cualidades literarias que sus contemporáneos no supieron ver. Hoy, por ejemplo, la novela “Cumbres borrascosas” (de Emily Brontë) sigue siendo adaptada en nuevas versiones cinematográficas, con enorme suceso de público y crítica. Otro tanto ocurrió con “Jane Eyre” de Charlotte Brontë, exitosa desde su publicación, sigue considerada un clásico, también llevada al teatro, al cine y la televisión. Algo similar aconteció con Anne, quizás menos conocida, pero que demostró un talento fuera de lo común en su novela “La inquilina de Wildfell Hall”, en la que, con sorprendente sentido anticipatorio, se coloca en la vanguardia del feminismo.       

Un día, dos grandes escritores, que a menudo se reunían para hablar de literatura, decidieron combinar sus perspectivas y elaborar alguna narración en común. El resultado de ello: muy buenas obras literarias cuya autoría resolvieron adjudicar a un escritor que, entre los dos imaginaron. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares juntaron sus ingenios y escribieron memorables obras bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq: “Seis problemas para don Isidro Parodi”; “Dos fantasías memorables” … y otras, con el nombre de B. Suárez Lynch. Nunca hicieron un misterio de esta experiencia intelectual, solo la utilizaron para distinguir sus creaciones individuales, de aquellas redactadas en común.

En el siglo XIX vivió un reconocido científico, especialista en lógica y matemática, investigador y docente en la Universidad de Oxford. Su nombre no dice mucho: Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898). Pero su seudónimo, Lewis Carroll, se asocia de inmediato a uno de los libros más leídos de todos los tiempos: “Alicia en el país de las maravillas”. Según parece, quiso así preservar su prestigio académico, que temió se viera afectado por la publicación de una obra de fantasía. Hay quienes se permiten suponer que había otras razones íntimas, que lo llevaron a adoptar una autoría ficticia.

En otros casos, tras la adopción de un seudónimo, hubo autores que se protegieron de la intemperancia de sus mayores. Tanto el padre de George Orwell (1903-1950), autor de los famosos libros “1984” y “Rebelión en la granja”, cuyo verdadero nombre era Eric Blair, como el padre del poeta Pablo Neruda (1904-1973), nacido bajo el nombre de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, se opusieron terminantemente a la carrera literaria de sus hijos, pero por suerte, no lograron disuadirlos. En ambos casos, los escritores obtuvieron en esa actividad un masivo reconocimiento por parte de los lectores y la crítica especializada.

Al abordar este tema, resulta de lectura obligatoria una novela que se titula, precisamente “El seudónimo”, cuyo autor, el abogado Antonio Salinero (1962-2022), obtuvo con este libro el premio Novela Ateneo Valladolid (2001). Se la puede incluir dentro del género de “novela negra”, policial, pero es mucho más. Constituye una severa y a la vez satírica denuncia, contra la corrupción judicial, y también un estudio sociológico y psicológico sobre la necesidad de usar-en ciertas circunstancias- máscaras o caretas…o seudónimos.

¿Qué llevó a Juan Rulfo, a Rubén Darío, a Mark Twain, a Isak Dinesen, a Almafuerte, a Azorín, a Gabriela Mistral, a Truman Capote, a Clarín, a Stendhal, a Jack London y a tantos otros escritores, a adoptar “esos” seudónimos? Las razones fueron distintas, y para cada uno, justificadas. Esa misma diversidad, tornaría interesantísimo recordarlas, pero la índole de esta nota lo impide.              

Hace algunos años, me hallaba practicando uno de mis deportes favoritos: revolver las mesas de las librerías, y llamó mi atención un título, “Intentos de sacarle algo a la vida”, de un autor que desconocía: Hendrik Groen. Su lectura me deparó placer, lo cual no fue muy original, ya que ha constituido un inusual fenómeno de ventas en varios países. Lo extraño es que nadie haya visto al escritor y que su verdadera identidad se mantenga bajo la más estricta reserva. Se dice que es holandés, de nombre Peter de Smet, pero no hay seguridad en ello.

Otro caso que ha suscitado los más diversos comentarios, es el de Elena Ferrante, nombre con el que escribe sus best sellers una escritora presuntamente italiana, cuyo libro “La amiga estupenda” ha batido récords de ventas en el mundo. En un reportaje que concedió (vía mail) al famoso diario italiano “Il corriere della sera”, manifestó no arrepentirse de su anonimato… hay quienes dicen que es un hombre, otros que es una conocida traductora…

Este tema provoca reflexiones de distinta índole, ya que la simulación ha sido considerada desde antaño no solo algo negativo, sino también una verdadera herramienta apta para sobrevivir. Aún tiene vigencia aquel ensayo escrito por un gran médico y pensador argentino, José Ingenieros, que titulara, precisamente “La simulación en la lucha por la vida”. Puede ser un fraude o constituir una defensa…no establezcamos un juicio a priori. Asumirnos a nosotros mismos. ¿Acaso eso es siempre posible?        

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