Resignificación de la soledad

Si te sientes solo cuando estás solo…estás en mala compañía

J.P-Sartre

Por Elvira Yorio* –

Estamos solos. Siempre o casi siempre. Nuestras habituales u ocasionales compañías ¿cuántas veces nos “completan”? Pocas. Resulta común oír que es difícil encontrar un interlocutor válido, pero eso es el enunciado de una certeza. Hablamos mucho, mensajeamos más aún, pero… ¿nos sentimos comprendidos o comprendemos? ¿logramos comunicarnos? ¿establecemos ese puente de doble mano que nos integra con el otro?

Ortega y Gasset, advirtió que “solo en soledad somos nuestra verdad”. Por su parte Oscar Wilde prevenía: “Si tu presencia no me va a proporcionar compañía, entonces no me prives de mi soledad”. Octavio Paz pensaba que la soledad es consustancial con la condición humana: “El hombre es el único ser que sabe que está solo.”

Laborit define a la soledad como una “necesidad vital” y también como una liberación para el individuo que esta apresado dentro de la masa urbana. William Blake, por su parte, se refirió a la soledad buscada, un estado emocional, que implica el retiro voluntario de la realidad. Algo similar sostenía la ilustre filósofa Hannah Arendt, pues estaba convencida de que el diálogo interior solo puede lograrse en soledad.       

Hay muchos tipos de soledad: La soledad del que se siente discriminado, pues percibe que los demás le hacen un vacío, que no “encaja” con el resto. Como lo dijera Shakespeare en un soneto, “lloro la soledad de mi destierro”, aislado, siente el desprecio de los otros.

La soledad impuesta por las circunstancias: murió un amigo, pudo ser una persona o un perro, lo mismo da: se fue el que mejor te acompañaba. Como supo cantar Cortés: “cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Bécquer, alude a una peculiar soledad: la de los muertos. Es famosa la Rima en la que un verso se convierte en doliente letanía: “¡Dios mío, que solos se quedan los muertos!”

Otra soledad: la del amor que terminó en abandono, se gastaron las palabras, y pesan como lápidas los silencios. Para Borges la “Ausencia” de la amada, torna a los “lugares vanos y sin sentido”. El autor considera a la soledad un don, pues la ofrenda a su amada: “…te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el ansia de mi corazón…” (“Dos poemas ingleses”). Amado Nervo, prematuramente viudo, escribió: “Vivir sin tus caricias es mucho desamparo/ vivir sin tus palabras es mucha soledad…” (“El retorno”).      

También está la soledad de las grandes ciudades. La del ser desarraigado que camina entre las multitudes, desconociendo su entorno e ignorado por él. En literatura, parece que quien mejor la describió fue Edouard Dujardin, que inventó el monólogo interior en “Los laureles han sido cortados”, innovadora versión de la soledad urbana contemporánea, tomada después por Joyce. En el “Ulises”, describe magistralmente el cruce de las soledades de tres personajes que discurren consigo mismos, entrampados en Dublin.

Henry Laborit, un gran sabio del siglo XX (médico, biólogo, filósofo francés), sostenía que así como el animal marca, reconoce y defiende su territorio, también el hombre delimita su ámbito, pero más allá de lo físico, como podría ser su vivienda, custodia territorios abstractos: ideologías, títulos universitarios, estatus social etc. Esas ideas tienen vinculación con lo que ha dado en denominarse “terror liminal” que no es provocado por crímenes, sangre, monstruos o catástrofes de la naturaleza, sino por el vacío y el aislamiento que exhiben lugares habitualmente llenos de objetos o personas. Precisamente, la falta de los elementos para los que ese espacio fue creado, produce esa inquietud y extrañeza. Son solo habitaciones vacías, con signos de abandono, pero verlas causa desasosiego, perturbación, pues son lugares diseñados para contener muchas personas y distintos elementos. Este tema conduce a analizar la teoría de Marc Augé, sobre los “no lugares”.

 Este famoso antropólogo francés analizó la pérdida de identidad de las personas en determinados lugares cotidianos, caracterizados por su anonimato, su carencia de tradiciones y su destino genérico, concebidos para la circulación continua y el consumo.  Los “no lugares” (aeropuertos, supermercados, bancos, cajeros automáticos etc.) anulan la capacidad biológica del ser humano para defender su territorio, entendido éste como el espacio que otorga identidad y un ámbito de control. El individuo pasa a ser un elemento indiscriminado, a pertenecer a la masa. Augé expresó que la existencia del “no lugar”, se traduce en una experiencia generalizada de soledad, transitoriedad y depresión.  

Goethe vio los dos aspectos que tiene la soledad: por una parte, la tristeza que provoca la ausencia del ser amado, la melancolía deteriorando gravemente el ánimo, tal como lo refleja en Werther. De la otra, la necesidad del aislamiento para potenciar el talento y la creatividad.      

Generalmente se asocia la soledad con la tristeza, y no siempre eso es exacto. Existe también la denominada soledad fecunda, necesaria para evolucionar. En tal sentido, Nietzsche decía que podía ser considerada, como la medida de la independencia mental del ser humano. Era contrario a la sociabilidad practicada como costumbre, o por mero entretenimiento. En ese mismo orden de ideas Schopenhauer, creía que la soledad era la máxima expresión de libertad.

 Henry Thoreau, filósofo estadounidense, predicaba y practicó el retiro voluntario, en contacto con la naturaleza, como forma de depuración, ante la agresividad e indiferencia de la sociedad. Encontró un paraje paradisíaco y se estableció durante más de dos años en una cabaña que construyó con sus propias manos. Criticó el materialismo industrial que se iba consolidando en su país, y adelantándose a su época, acuñó frases de perdurable vigencia: “ Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida…y no descubrir en el momento de mi muerte, que no había vivido.”

Ouspensky y su maestro Gurdjieff, sostuvieron una teoría muy original sobre este tema. Analizaron las distintas formas que el individuo emplea para arribar al conocimiento de sí mismo. Ellos las denominaron caminos. Partieron del convencimiento que las personas son máquinas, pues todas obedecen a la presión de influencias externas, para acto seguido proponer cómo pueden dejar de serlo: integrando un grupo que trabaja con ese fin, no solos. El otro, puede ser un espejo que te muestre lo que no quieres ver. Ellos enseñaban que, si el individuo está solo, no tiene quien rebata sus fantasías. Totalmente opuestos a Rilke, que aconsejaba a un joven poeta: “Pero lo que hace falta es solo esto: soledad, una gran soledad interior. Entrar en sí y durante horas no encontrar a nadie…ame su soledad y soporte el dolor que le causa.”

El prestigioso filósofo surcoreano Byung Chul-Han, comparte muchas de las ideas expuestas por pensadores que le precedieron. Y formula su propia tesis en la que cualifica a la soledad como una forma de resistencia, ante una sociedad agresiva, enfocada primordialmente en el rendimiento material, que dificulta así la construcción de lazos comunitarios sanos. Pese a haber transcurrido más de un siglo y medio entre Thoreau y Han, encuentro una identidad de sus pensamientos, realmente asombrosa. El estadounidense se retiró a los bosques de Walden, para descontaminarse de ese engranaje estatal que obligaba, ya entonces, a sacrificar cosas importantes de la vida, en aras de conquistas materiales. Han propicia un recogimiento en el hogar, que permita detenerse para pensar. Vida contemplativa, le llama. Como puede advertirse, ambos están en favor de la elección de la soledad, para tener la posibilidad de pensar sin condicionamientos externos, y recuperar el control de la propia vida. Thoreau tuvo una increíble visión anticipatoria, que le permitió advertir la instauración de un modo de vida que imponía a los individuos un ritmo artificial. Los mejores años de la juventud se invertían en el desenfreno productivo, para tener más. Predijo, con increíble precisión, el advenimiento de lo que Han denomina “sociedad del cansancio”. Éste, en su libro publicado en 2016, sustenta idéntica idea y, a ese afán de posesiones materiales, que no solo se ha mantenido, sino que se ha incrementado, opone la necesidad de desconectarse. Apoya la libertad de “no hacer”, como Thoreau defendía la “desobediencia civil”, en la misma línea que Mahatma Gandhi lo hizo, a través de la resistencia pacífica. Han, también está de acuerdo con otros antiguos pensadores citados, respecto a la incapacidad de las personas para aceptar el vacío, perdiendo así la posibilidad de crear.

Por lo visto, el quid sigue siendo cuestión de espacios, físicos, y de los otros. Sin perjuicio de que el ser humano no inhiba ese loable impulso innato, de vincularse con sus semejantes, es bueno que, de una vez por todas, aprenda a despojarse de las relaciones frívolas e imposiciones externas, y se conceda tiempo para reencontrarse a sí mismo.     

*Colaboración para En Provincia.

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