Por Lola Blasco* –
Más de 230 mil hectáreas arrasadas por el fuego, brigadistas exhaustos y gobernadores en alerta, mientras Javier Milei elige el escenario del show antes que la emergencia.
Mientras escribo esto, la Patagonia sigue ardiendo. No es una imagen exagerada ni un recurso retórico: más de 230 mil hectáreas ya fueron consumidas por el fuego en el sur del país. Bosques enteros reducidos a cenizas, familias evacuadas, pueblos en alerta permanente y brigadistas que combaten las llamas al límite de sus fuerzas, muchas veces sin los recursos mínimos. La escena se repite año tras año, pero esta vez la sensación de abandono es todavía más profunda.
Porque mientras el fuego avanza, el Presidente eligió otro escenario.
En los últimos días, Javier Milei se mostró en Mar del Plata participando de la Derecha Fest, recorriendo la ciudad, sacándose fotos, cantando en un teatro junto a Fátima Flórez. Las imágenes circularon rápido y provocaron una reacción inmediata. No solo por el gesto en sí, sino por lo que simboliza: un presidente que decide hacer show mientras una parte del país se quema.
No se trata de una discusión estética ni de una cuestión de agenda liviana. Se trata de prioridades. En medio de una emergencia ambiental de proporciones históricas, la ausencia del jefe de Estado en el territorio afectado no es neutra. Comunica. Dice mucho. Y lo que dice es que la tragedia no está en el centro de la escena.
Las críticas llegaron desde distintos frentes. Legisladores nacionales reclamaron que el Congreso trate de manera urgente la Ley de Emergencia Ígnea y Ambiental, una herramienta clave para destrabar fondos, coordinar recursos y fortalecer el combate contra los incendios. Gobernadores patagónicos —Chubut, Río Negro, Neuquén, La Pampa y Santa Cruz— dejaron de lado diferencias partidarias para exigir una respuesta inmediata del Estado nacional. Coincidieron en algo básico: esto no es ideología, es supervivencia.
La Patagonia atraviesa una sequía extrema, la más severa en décadas. El cambio climático ya no es una hipótesis futura, es una realidad concreta que multiplica incendios, inunda territorios y pone en jaque comunidades enteras. Sin embargo, año tras año, los presupuestos destinados a prevención y combate del fuego se reducen. Los brigadistas denuncian precarización, falta de equipamiento, contratos temporales. El Estado llega tarde, mal o directamente no llega.
Nada de esto es casual. El desastre no empieza cuando se prende la primera chispa, sino mucho antes: cuando se desfinancia la prevención, cuando se habilitan negocios inmobiliarios en zonas sensibles, cuando se reemplazan bosques nativos por especies altamente inflamables, cuando se decide ajustar ahí donde debería haber inversión sostenida. El fuego solo termina de mostrar lo que ya estaba roto.
Y aun así, en medio del abandono, aparece otra escena. Vecinos organizándose para ayudar a evacuados. Redes solidarias juntando donaciones. Brigadistas poniendo el cuerpo frente a las llamas, incluso cuando el cansancio es extremo. Esa Argentina existe, resiste y sostiene lo que el Estado retira. Contrasta de forma brutal con la imagen presidencial de canto, selfies y festivales ideológicos.
Este escenario no está aislado del resto del país. El mismo programa de ajuste que recorta fondos ambientales es el que avanza sobre derechos laborales, despide trabajadores y presenta la precarización como modernización. Los conflictos en distintos sectores productivos no son excepciones, son parte de una lógica que prioriza el espectáculo, la provocación y el marketing político por sobre la gestión de lo urgente.
La postal es elocuente. De un lado, un presidente que canta en un teatro y convierte la política en show. Del otro, comunidades que enfrentan el fuego, trabajadores que resisten el ajuste y territorios devastados por la desidia.
Mientras Milei canta, la Patagonia arde. Y lo que se quema no es solo tierra y bosque: es la idea misma de un Estado presente cuando más se lo necesita.
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