Maduro fuera de escena, Venezuela en el umbral

Por Lola Blasco* –

Lo que ocurrió en la madrugada del sábado no es un episodio más en la larga crisis venezolana. Es un punto de quiebre. Donald Trump confirmó que fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro y lo sacaron del país junto a su esposa, Cilia Flores, en el marco de lo que definió como un “ataque a gran escala”. El anuncio llegó, como casi todo en esta historia, por redes sociales.

Mientras Trump escribía en Truth que la operación había sido “brillante”, Caracas se sacudía con explosiones, apagones y sobrevuelos militares. Columnas de humo se elevaron desde distintos puntos de la ciudad, hubo incendios en Fuerte Tiuna —el principal complejo militar del país— y cientos de personas intentaron huir de las zonas más afectadas en medio del caos.

Desde el Gobierno venezolano, la respuesta fue inmediata: denuncia de una “gravísima agresión militar”, despliegue del Comando para la Defensa Integral de la Nación y declaración del estado de “conmoción exterior”, una figura cercana al estado de sitio. Militares, policías y milicias civiles fueron movilizados mientras el canciller Yvan Gil hablaba de víctimas civiles y militares y acusaba a Estados Unidos de violar la Carta de las Naciones Unidas.

Horas después empezaron a conocerse los primeros detalles de la operación. Según información de medios estadounidenses, la misión fue ejecutada por Delta Force, la unidad de elite del Ejército de Estados Unidos especializada en operaciones de altísimo riesgo. Es la misma fuerza que en 2019 encabezó el operativo que terminó con la muerte del líder del Estado Islámico, Abu Bakr al-Baghdadi.

No estamos hablando de una captura improvisada. Delta Force es una estructura secreta, letal y extremadamente selectiva. Su despliegue en Caracas y en otros puntos del país explica la rapidez con la que se neutralizaron las defensas del régimen y se concretó la extracción de Maduro. También refuerza una sospecha clave: una operación de este calibre difícilmente se hace sin algún grado de pasividad —o algo más— dentro del propio sistema de poder chavista.

Trump había anticipado el desenlace. A comienzos de mes dijo que a Maduro “le quedaban pocos días”. Antes del ataque, Estados Unidos ya había reconocido bombardeos contra infraestructuras vinculadas al narcotráfico y había reforzado su presencia militar en el Caribe. El mensaje fue escalando hasta materializarse.

Ahora bien: con Maduro fuera del tablero, la gran pregunta es qué viene después.

Porque descabezar un régimen no siempre implica desmontarlo. Algunos analistas advierten que el chavismo podría reorganizarse internamente, con figuras como Vladimir Padrino López o Diosdado Cabello jugando un rol central en la continuidad del poder. Otros ven una oportunidad —incierta, frágil— para una transición política. La realidad es que, hoy, la incertidumbre domina todos los escenarios.

El riesgo más inmediato es interno. Venezuela entra en una fase de máxima tensión social, con presencia militar en las calles, milicias movilizadas y una población exhausta. El fantasma de un conflicto civil no es una exageración académica: es una posibilidad real.

La crisis ya desbordó las fronteras. Colombia ordenó el despliegue de tropas en la zona limítrofe y su presidente, Gustavo Petro, habló de una “agresión a la soberanía” latinoamericana y del riesgo de una crisis humanitaria regional. La región observa, alerta.

Desde Washington aseguran que Maduro será juzgado en Estados Unidos y que no habrá nuevos ataques.

Lo que pasó no sólo redefine el futuro de Venezuela. Reabre debates incómodos sobre soberanía, uso de la fuerza, derecho internacional y el rol de Estados Unidos en América Latina. Y deja una certeza: entramos en una nueva etapa, mucho más inestable, donde las respuestas son pocas y las preguntas, demasiadas.

Seguimos mirando de cerca. Porque lo que se juega acá no es solo el destino de un país, sino el equilibrio de toda una región.

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Fotografías:  Lola Blasco