Por Elvira Yorio* –
En la infancia aprendemos a leer y a escribir. Es nuestro primer intento de socializarnos.
Se define la lectura como pasar la vista por lo escrito e intentar atrapar su sentido. Parece simple. Pero para que sea útil debe atravesar al menos cuatro estadios: codificación, comprensión, interpretación y, sobre todo, vincular lo leído con lo que ya sabemos.
Y aquí la oprobiosa realidad: en nuestro país y en gran parte de América Latina, apenas un treinta por ciento de los niños que terminan la primaria logra comprender lo que lee. Describir las consecuencias de eso sería redundar en lo obvio. Existen programas oficiales para revertirlo, pero muchos operan en el papel, no en las aulas. Es una falencia grave en el desolador panorama de la educación.
La lectura es el instrumento más eficaz para educar porque abre el pensamiento crítico. Sin embargo, clasificar a los lectores es difícil.
Están los que leen porque “deben”. Son mayoría. Estudian por obligación. Para ellos leer es un trámite. Preguntan cuántas páginas tiene un libro antes de abrirlo. Buscan el último best seller para demostrar que están informados. Vana ostentación. Ya en 1814 Jane Austen se burlaba de esa especie y todavía no se ha extinguido. Van a ferias literarias. En Inglaterra el Cheltenham Literature Festival es un perfecto muestrario de ese engreimiento social.
Y están los otros. Los que leen por placer. Para quienes leer es una necesidad. Cualquier lugar sirve. Cualquier hora. Recorrer librerías es un plan. Tienen autores preferidos, pero se animan a los que no les gustan. De los malos también se aprende: cómo no escribir.
A esa obsesión suele sumársele otra: la relectura. Alguien dijo que con la lectura se prueba y con la relectura se vive. Releer es encontrarse distinto frente al mismo texto. Es confirmar o desechar lo que pensábamos.
Releer a Huxley, cuya lucidez sobre biología, política y poder sigue estremeciendo.
A Lawrence Durrell, capaz de contar la misma historia desde cuatro miradas.
A Shakespeare, cuyos fantasmas se vuelven más reales en cada vuelta.
A Hesse, que sedujo adolescentes y aún desarma adultos.
A Simone de Beauvoir, tan incendiaria hoy como cuando El segundo sexo le cambió la cabeza a una generación.
A Marguerite Duras, con frases que compiten con el silencio.
A Marguerite Yourcenar, que se mete en la piel de un emperador romano y nos convence.
También está el goce de descubrir. Irene Vallejo, uno de los fenómenos literarios de las últimas décadas. El infinito en un junco relata, con inteligencia y pasión, la historia del libro. El silbido del arquero vuelve a la mitología griega para enriquecer la leyenda de Eneas.
Doris Lessing, cuya obra giró en torno a lo social. Feminista, de izquierdas, defensora de la paz. Honesta hasta para admitir su desilusión con el comunismo. África y el repudio al colonialismo atraviesan toda su escritura.
Jon Fosse, el noruego que renovó el teatro con su prosa. Dos de sus novelas tienen como protagonistas a pintores. El arte le respira en cada página.
A pesar de todo, se lee cada vez menos. Tal vez porque el libro fomenta el pensamiento. Y que la gente piense incomoda al poder.
Antiguamente se quemaban libros: bibliocausto. O se destruían: biblioclastia. En China, 200 años a.C., Qin Shi Huang mandó a la hoguera la historia. La Biblioteca de Alejandría. El franquismo que fusiló a García Lorca y a libreros como Rogelio Luque. El nazismo que hizo de la quema un ritual. McCarthy en Estados Unidos, incautando libros “de izquierda”. Eso empujó a Arthur Miller a escribir Las brujas de Salem: mismo miedo, tres siglos de distancia. Bradbury lo dijo en Fahrenheit 451. Aquí también se confiscaron y destruyeron libros tildados de subversivos.
Ya no se quema en plazas. Ahora se apela a métodos más sutiles, más sofisticados, pero igual de deletéreos.
Quien quiera profundizar puede ir a Historia universal de la destrucción de los libros, de Fernando Báez. O a Biblioclastia en el siglo XXI. De la quema de libros al genocidio cultural, de Meliá Bosca y Tatiana Carsen, Buenos Aires, 2026.
Sobre esto debemos reflexionar. Está en juego nuestra identidad.
Me quedo con Harold Bloom:
“El lector no lee para obtener un placer fácil o para expiar una culpa social, sino para ensanchar su existencia solitaria”.
“Leer al servicio de cualquier ideología, a mi juicio, es lo mismo que no leer nada”.
“Siempre habrá lectores que seguirán leyendo a pesar de la proliferación de nuevas tecnologías para llenar el ocio”.
Para Bloom el canon son las obras que sobreviven a su autor por generaciones. “Shakespeare y Dante son el centro del canon porque superan a todos los demás en agudeza cognitiva, energía lingüística y poder de invención”.
¿Leer o no leer?
Leer. Siempre leer.
Porque no leer es dejar que otros piensen por nosotros.
Porque leer es resistir. Y releer es resistir dos veces.
Porque en tiempos donde queman ideas con fuego o con algoritmos, el único acto subversivo que nos queda es ensanchar, libro a libro, esa existencia solitaria.

*Colaboración para En Provincia.
Fotografías: https://pixabay.com