La ciencia ¿al servicio de la guerra o de la paz?

Por Elvira Yorio*

Hablar de vocación es referirnos al resultado de un proceso personal en el que suelen intervenir aptitudes, preferencias, posición social y otros elementos que inciden en la elección de una determinada actividad. Algunos pensadores como Bohoslavsy opinan que es algo innato, en tanto otros destacan la influencia de los patrones de aprendizaje y aún hay quienes (John Holland), afirman que existe una inclinación del individuo para optar por aquello que resulta acorde con su personalidad o características de su entorno.  La vocación por la ciencia tiene honda raigambre en el deseo del servicio a la comunidad. Desde luego nace de la inquietud por saber, conocer e interpretar el mundo, en una perpetua búsqueda de la verdad. Por cierto, un camino ríspido y empinado, plagado de exigencias. En “La ciencia como vocación” Max Weber comienza por preguntar cuál es el valor de la ciencia. Advierte que el saber científico es esencialmente provisional, sometido siempre a una expectativa de futura modificación. Subraya las diferencias entre la ideología y el activismo. Existen muchas otras antinomias que el progreso de la ciencia presenta, verdaderos desafíos, con caracteres distintivos según las épocas. En la actualidad, el enorme adelanto tecnológico suscita múltiples interrogantes éticos, respecto del individuo, del beneficio que puede reportar a la comunidad, de la confiabilidad de la investigación, etc. Hace unas décadas, científicos de primer nivel, enfrentaron una dilemática encrucijada como investigadores, que se proyectó dramáticamente en sus vidas. ¿Puede acaso presentarse una opción más dramática que la guerra o la paz? Recordaremos a algunos notables científicos que experimentaron “objeciones de conciencia” ante las disyuntivas que plantea el uso político de la ciencia.   

 Bertrand Russell (1872-1970) científico británico, no solo se destacó por sus valiosos aportes a la matemática, la literatura o la filosofía, sino también por su prédica para establecer y preservar la paz, que le llevó a protagonizar muchas protestas, aun arriesgando su libertad, ya que fue encarcelado. Sin embargo, no cejó en ese digno propósito, consustancial con su más profundo sentir. Fue respetado y admirado, en igual medida que denostado y acerbamente censurado. Entre otros premios, obtuvo el Premio Nobel de Literatura y casi ochenta nominaciones al Nobel de la Paz, que nunca le fue otorgado. En 1955, redacta un manifiesto que se constituye en un pedido concreto a los poderosos que gobernaban entonces el mundo, instándolos a deponer actitudes bélicas, y a la vez, en un intento de despertar dormidos sentimientos de solidaridad en la comunidad toda. No está solo en esta cruzada. Lo acompañan prestigiosos colegas, que comparten su pensar y su sentir. La suscripción de este manifiesto por otros diez científicos de primer nivel, daría origen a la Conferencia de Pugwash (Canadá) que, iniciada en 1957, abogó durante años por el freno a la carrera armamentista, en especial la nuclear y por la preservación del medio ambiente.

Albert Einstein fue uno de los firmantes. Premio Nobel Física, en 1939 tomó conocimiento de que Alemania proyectaba construir una bomba atómica y propuso a Estados Unidos hacerla para ese país. Se fabricó la bomba sin la intervención del científico. No obstante, posteriormente asumió con tristeza que sus descubrimientos hubieran permitido la invención de esa arma deletérea. Dedicó los últimos años de su vida a apoyar la lucha contra el armamentismo y a propiciar la paz. Un alma sensible que, en un momento de su vida, dejó que prevaleciera en él la ideología y empleó el resto de su existencia a enmendar ese error de perspectiva.

Jozef Rotblat, un científico polaco (Premio Nobel 1995) integró el Proyecto Manhattan, destinado a la creación de la bomba atómica, liderado por el físico Robert Oppenheimer (quien a posteriori se arrepintió de su intervención en ese proyecto). Rotblat desistió antes de que se concretara, pues surgieron en él fuertes reservas éticas. Posteriormente dirigió una asociación de científicos humanistas y se convirtió en ardoroso oponente de las armas nucleares.

Linus Pauling (1901-1994) estadounidense, premio Nobel de Química (1954), Premio Nobel de la Paz (1962), Premio Lenin de la Paz (1969), fue un eximio científico que rechazó ser jefe del área química del Proyecto Manhattan, excusándose en su postura antibélica. Activo pacifista, además de realizar importantes investigaciones y descubrimientos en el campo de la química, dedicó gran parte de su vida a proponer la no violencia en la resolución de conflictos internacionales, a desalentar la carrera armamentista de su país e incluso se convirtió en crítico de las políticas invasivas desarrolladas en Vietnam y otros países. Ello le valió convertirse en blanco de falsas imputaciones y ser tildado de comunista.

Hideki Yukawa (1907-1981) físico, fue el primer japonés en obtener el premio Nobel (1949). Dedicó más de la mitad de su vida a la investigación sobre la naturaleza de las fuerzas nucleares, cuyos hallazgos en la materia, determinaron la concesión de ese galardón. Se destacó como un ejemplo de la responsabilidad ética que debe poseer todo científico. Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki le persuadieron de adoptar una posición francamente antibelicista. En las postrimerías de su vida escribió “El deseo de paz” que condensa ese pensamiento. Afrontó grandes conflictos morales cuando su propio gobierno lo instó a que investigara con fines bélicos.

Jean Fréderic Joliot Curie (1900-1958) físico químico francés, premio Nobel de química (1936), yerno de Marie Curie. Al par que un destacado científico, fue un ardoroso defensor de la paz mundial.

Percy Williams (1882-1961) estadounidense, Premio Nobel de física (1946) incursionó también en Filosofía de la Ciencia. Fue un destacado representante de la causa pacifista.

Hermann Muller (1890-1968) estadounidense, galardonado con el premio Nobel de medicina en 1946. Fue pionero en denunciar los graves efectos que producía la radioactividad aún en el mediano y largo plazo. Se convirtió en un defensor del desarme nuclear, activo en la lucha por la abolición de las armas atómicas.

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Leopold Infeld (1898-1968) polaco, doctor en física. El único de lo firmantes del manifiesto que no obtuvo el Nobel. Fue un reconocido colaborador de Einstein con quién colaboró en investigaciones que culminaron con la formulación de la teoría de la relatividad. Después de 1945, ante el desastre que provocaran las armas nucleares, abrazó el movimiento pacifista, lo que, como en el caso de Pauling y otros científicos, determinó injustas acusaciones de ser partidario del comunismo, aunque solo pretendiera defender la paz.

Cecil Powell (1903-1969), físico británico, premio Nobel (1950) por sus importantes investigaciones de los procesos nucleares. Posteriormente, se opuso a la proliferación de armas nucleares.

Max Born, (1882-1970) matemático y físico alemán famoso por sus aportes a la mecánica cuántica, que le valieron la concesión del Nobel de Física en 1954. Contribuyó a actualizar la física nuclear, al exponer de una nueva forma los fenómenos atómicos. En muchas ocasiones exteriorizó su inquietud por las proyecciones que podía llegar a tener el avance de la ciencia. Afirmaba su convicción de que la conducta del científico debía estar éticamente orientada. En una palabra, no podía en ningún caso permanecer ajeno a las consecuencias de su trabajo. En tal sentido, se manifestó contrario a las múltiples aplicaciones militares que la ciencia había posibilitado. Nunca aceptó la guerra, considerándola un asesinato en masa, proponiendo que el ser humano renunciara a la agresión.

Estos brillantes científicos de distintas nacionalidades, coincidieron en una aspiración común: la paz. Lucharon por ello y asumieron con valentía ese ideario ético que guió su conducta. A través del tiempo, nos siguen interpelando, porque todavía no hemos “aprendido a pensar de una nueva forma”, como propusieran. Continúan advirtiendo:

No sacrificar valores para alcanzar metas materiales.

No romper vínculos en pos de la ambición.

No vulnerar derechos ajenos.

No transgredir la igualdad.

No discriminar a nadie por su etnia, creencia, posición social…

Muchos ciudadanos del mundo sentimos indignación por el quiebre de esas prohibiciones, pero más allá de la frustración que eso supone ¿qué hacemos para revertir esa situación? Han transcurrido setenta años desde aquella exhortación, sin embargo, la paz, la solidaridad y el entendimiento entre los pueblos _ único camino posible hacia la felicidad_ continúa siendo una aspiración de difícil concreción. En este particular y aciago momento que vivimos, es preciso reflexionar sobre el mundo que contribuimos a construir o a destruir. Como pidiera Rotblat cuando recibió el premio Nobel de la paz: “Recuerden vuestra humanidad”.           

*Colaboración para En Provincia.

Fotografías: https://pixabay.com