Por Aylin Mariani* –
En Fano, Italia, la historia acaba de abrir una puerta que parecía sellada para siempre. La confirmación del descubrimiento de la mítica Basílica de Vitruvio no es solo un triunfo arqueológico: es un gesto de la memoria que nos recuerda que las ideas, cuando son verdaderas, sobreviven al tiempo.
Marco Vitruvio Polión, arquitecto romano del siglo I a.C., dejó en su tratado De architectura la convicción de que la arquitectura debía ser útil, sólida y bella. Durante siglos, su basílica fue un fantasma, mencionada en los textos pero invisible en la tierra. Hoy, sus columnas y proporciones emergen como testimonio de que la armonía que él defendía no era teoría abstracta, sino piedra viva.
El hallazgo nos devuelve también a Leonardo Da Vinci, quien siglos después reinterpretó a Vitruvio en su célebre Hombre de Vitruvio. Allí, la proporción del cuerpo humano se convirtió en símbolo de la relación entre arte, ciencia y cosmos. Ahora, la basílica confirma que esa búsqueda de equilibrio tenía un escenario concreto: un espacio público pensado para la comunidad, donde la belleza era parte de la vida cotidiana.
Este descubrimiento interpela más allá de la arqueología. Nos recuerda que las ciudades son capas de historia, que bajo el suelo que pisamos laten huellas de quienes imaginaron el mundo antes que nosotros. La basílica de Vitruvio es un puente entre Roma y el Renacimiento, entre la piedra y el dibujo, entre la memoria y la esperanza.
Italia celebra, y con razón. Pero también celebramos todos quienes creemos que la cultura es un hilo que nos une. Porque en cada piedra recuperada late la certeza de que la humanidad siempre ha buscado armonía entre lo útil y lo bello. Y esa búsqueda, ahora confirmada en Fano, nos recuerda que la historia sigue viva, esperando ser contada.

*Colaboración para En Provincia.