Por Guillermo Cavia –
Hay escenas cotidianas que revelan mucho más de la sociedad de lo que creemos. Alguien tropieza en la calle y aparecen las risas. Un compañero pierde el trabajo y, detrás de algunos gestos de falsa preocupación, se percibe alivio. Otro logra progresar, consigue un mejor sueldo o un reconocimiento, y rápidamente surgen comentarios, operaciones silenciosas o intentos de desacreditarlo.
No se trata solamente de maldad. Hay algo más profundo y complejo detrás de quienes encuentran satisfacción en la desgracia ajena.
La psicología tiene incluso un término para definir este fenómeno: schadenfreude, palabra alemana que describe el placer experimentado ante el sufrimiento de otro. Aunque parezca incómodo admitirlo, es una emoción humana relativamente frecuente. Lo preocupante no es que aparezca de manera ocasional, sino cuando se convierte en una forma habitual de relacionarse con el entorno.
Muchas veces, quien disfruta de la caída ajena no está celebrando realmente el dolor del otro: está intentando anestesiar sus propias frustraciones.
El problema nace cuando una persona construye su autoestima en comparación permanente con los demás. Entonces, el éxito ajeno se vive como una amenaza y no como una inspiración. El ascenso del compañero, el reconocimiento de otro o incluso la felicidad ajena funcionan como un espejo incómodo que refleja aquello que la propia persona siente que no pudo alcanzar.
Por eso aparecen conductas tan comunes en ámbitos laborales y sociales: el boicot silencioso, el rumor malintencionado, la crítica constante, la minimización de los logros ajenos o el intento de instalar sospechas sobre quien progresa.
En el fondo, muchas veces no hay odio hacia el otro, sino una enorme insatisfacción personal.
La persona emocionalmente equilibrada suele alegrarse genuinamente por el crecimiento ajeno porque no siente que el éxito de otro le quite valor a su propia vida. Entiende que el progreso no es una torta limitada donde si uno gana, el otro necesariamente pierde.
Sin embargo, en sociedades cada vez más competitivas, frustradas y atravesadas por la ansiedad social, aparece una lógica peligrosa: la necesidad de sentirse mejor viendo caer a alguien más.
Las redes sociales también potenciaron este fenómeno. El error ajeno se viraliza, el fracaso se consume como entretenimiento y la humillación pública muchas veces genera más interacción que los actos positivos. Se instala así una cultura donde el escándalo produce placer instantáneo y donde la empatía parece quedar relegada.
Pero detrás de esa risa ante el accidente o esa satisfacción por la desgracia ajena suele esconderse algo mucho más triste: personas heridas, resentidas o profundamente vacías.
Porque quien está verdaderamente en paz consigo mismo no necesita destruir a nadie para sentirse superior.
El problema es que estas conductas terminan contaminando ambientes enteros. En lugares de trabajo generan climas tóxicos, desconfianza y mediocridad. En lo social erosionan la solidaridad. Y a nivel personal, convierten a quienes las practican en individuos atrapados en una lógica permanente de comparación y resentimiento.
Tal vez una de las señales más claras de madurez emocional sea justamente la capacidad de celebrar el crecimiento ajeno sin sentirlo como una amenaza.
Después de todo, una sociedad mejora cuando el éxito inspira y no cuando despierta odio.
Y quizás ahí esté la diferencia entre quienes construyen y quienes necesitan ver caer a otros para no enfrentarse a sus propias ruinas internas.
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