Por Atenea Vecchio* –
Hay historias que parecen hablar de una persona, pero en realidad terminan hablando de algo bastante más grande. El episodio del vecino de Nordelta filmado mientras disparaba contra carpinchos podría quedar reducido a una anécdota policial, a una conducta individual que ahora deberá ser investigada por la Justicia. Sin embargo, detrás de esas imágenes hay una discusión mucho más interesante: qué ocurre cuando la naturaleza deja de comportarse como nosotros esperamos y empieza a recordarnos que el territorio que habitamos no fue creado para nuestra comodidad.
Según se informó, Sebastián Favre, de 49 años, es expiloto y está vinculado a una escuela de vuelo. También trascendieron testimonios de vecinos que aseguran que ya había protagonizado otros conflictos de convivencia, aunque esas versiones deben ser entendidas como testimonios periodísticos y no como hechos judicialmente comprobados. Lo que sí quedó registrado en imágenes es el episodio con los carpinchos, una situación que derivó en una investigación y en el secuestro de un arma de aire comprimido.
Hay algo que, personalmente, me resulta difícil de no pensar frente a esa escena. Un piloto trabaja en una actividad en la que el autocontrol, la serenidad y la capacidad para tomar decisiones frente a situaciones inesperadas no son virtudes accesorias. Volar supone convivir permanentemente con procedimientos, riesgos y variables que no siempre pueden controlarse. Por supuesto, sería absurdo concluir que una persona debe comportarse de determinada manera en todos los ámbitos de su vida simplemente porque alguna vez fue piloto. Una profesión no convierte a nadie en un modelo de conducta. Pero la contradicción resulta inevitable cuando alguien que tiene una trayectoria asociada a una actividad en la que la templanza es fundamental aparece protagonizando una situación que, por lo menos, transmite una reacción muy distinta.
Sin embargo, hay algo que me interesa todavía más que la conducta individual. Me interesa la relación que tenemos con el lugar donde decidimos vivir.
Porque cuesta entender la idea de que los carpinchos sean los invasores de Nordelta. Los carpinchos no aparecieron de repente en un barrio que hasta ayer no conocían. Son parte de la fauna de una región de humedales en la que, mucho antes de que hubiera casas, calles internas, jardines, piscinas y reglamentos de convivencia, ya existían animales, plantas y cursos de agua. Los que llegamos después fuimos nosotros.
Y esto no significa desconocer los problemas concretos que puede generar la presencia de fauna silvestre en una zona urbanizada. Los carpinchos pueden provocar daños, generar situaciones de riesgo vial o convertirse en un problema para algunos vecinos. La convivencia requiere soluciones y esas soluciones tienen que ser serias. Lo que resulta difícil de aceptar es la idea de que la respuesta pueda consistir en considerar que el animal es el que está fuera de lugar.
Porque, en realidad, hay algo profundamente paradójico en los barrios privados que se desarrollan en estos territorios. Se vende la cercanía con la naturaleza como uno de sus grandes atractivos. La laguna, los espacios verdes, los árboles, las aves y la fauna forman parte de ese paisaje que hace deseable vivir allí. La naturaleza es un valor inmobiliario mientras permanezca dentro de los límites que nosotros le asignamos. El problema comienza cuando deja de ser paisaje y se convierte en presencia.
El carpincho resulta simpático cuando aparece en una fotografía. Es parte de la identidad de Nordelta, una imagen que incluso puede resultar atractiva para quienes viven allí. Pero la percepción cambia cuando el animal entra en el jardín, pisa el césped, se acerca a una casa o aparece en un lugar que el propietario considera suyo. En ese momento, aquello que hasta hacía un instante era naturaleza pasa a ser una molestia.
Tal vez ahí esté una de las contradicciones más profundas de nuestra relación con el ambiente. Queremos vivir cerca de la naturaleza, pero muchas veces bajo la condición de que la naturaleza se comporte como nosotros queremos. Queremos árboles, pero no hojas en el jardín. Queremos lagunas, pero no mosquitos. Queremos aves, pero no demasiado ruido. Queremos fauna, pero siempre que permanezca a una distancia conveniente. En definitiva, queremos naturaleza, pero domesticada; naturaleza convertida en paisaje, no naturaleza ejerciendo su propia existencia.
Y la naturaleza tiene la mala costumbre de no respetar nuestros reglamentos.
El carpincho no sabe dónde termina un lote y empieza otro. No entiende de propiedad privada, expensas ni normas internas. No sabe que alguien pagó mucho dinero por tener un jardín impecable. No conoce el concepto de barrio cerrado. Se mueve por un territorio que para él no está dividido en parcelas. Busca alimento, agua, refugio y espacio como lo hizo siempre.
El problema es que nosotros sí conocemos esas divisiones y, a veces, terminamos creyendo que también deberían conocerlas los animales.
Por eso este episodio puede ser leído como algo más que la historia de un vecino que tuvo un conflicto con unos carpinchos. Puede ser leído como una pequeña representación de una discusión mucho mayor: hasta dónde llega nuestro derecho a transformar un territorio y cuánto estamos dispuestos a aceptar de la naturaleza que ya estaba allí antes que nosotros.
La cuestión ambiental suele discutirse en términos enormes, casi abstractos: calentamiento global, pérdida de biodiversidad, destrucción de humedales, contaminación. Pero a veces una discusión ambiental aparece delante de una cámara de seguridad, en el jardín de una casa, cuando un animal que estaba perfectamente adaptado a un lugar se cruza con alguien que considera que ese lugar ahora le pertenece exclusivamente.
Y entonces aparece la pregunta que deberíamos hacernos antes de preguntar qué hacen los carpinchos en Nordelta: ¿qué hacemos nosotros en el territorio de los carpinchos?
No se trata de romantizar a los animales ni de negar los problemas que puede generar la convivencia. Tampoco de convertir a cada propietario en responsable de la transformación de un ecosistema que ocurrió mucho antes de que comprara su casa. Se trata de reconocer algo elemental: construir una urbanización no significa borrar la historia natural del lugar. Un alambrado puede marcar el límite de una propiedad, pero no necesariamente el límite de un ecosistema.
Quizás el verdadero desafío sea aprender a convivir con una naturaleza que no siempre resulta cómoda. Una naturaleza que se mueve, que aparece donde no la esperamos, que no entiende nuestros horarios ni nuestros reglamentos y que, sobre todo, no existe para decorar nuestras vidas.
Porque los carpinchos no eligieron vivir en Nordelta. No fueron ellos los que decidieron construir allí. No fueron ellos los que transformaron el territorio. Simplemente siguieron viviendo en un lugar que conocían mucho antes de que llegáramos nosotros.
Y por eso hay algo que las imágenes de este episodio deberían recordarnos. Los carpinchos no invadieron Nordelta. En todo caso, Nordelta llegó al territorio de los carpinchos.
Quizás la verdadera discusión no sea entonces cómo conseguir que los animales aprendan a vivir como nosotros, sino cuánto estamos dispuestos nosotros a aprender a vivir con ellos.
*Colaboración para En Provincia.
Fotografía: https://pixabay.com