¿Existe un gobierno invisible?

Por Elvira Yorio* –

En el mundo existen muchas formas de gobierno: repúblicas, gobierno parlamentario, monarquía parlamentaria, Consejo Federal (gobierno colegiado) etc. Cuando quienes ejercen el poder, ejecutan actos propios de su investidura, la comunidad a la que pertenecen, está enterada del desenvolvimiento de cada órgano. Desde luego, me estoy refiriendo a los regímenes democráticos, donde la publicidad de la gestión pública constituye uno de sus fundamentos. La organización institucional posibilita ese conocimiento por parte de los habitantes mediante distintas vías. La más común es la ley, que establece las pautas de comportamiento de obligado acatamiento. Luego los decretos, resoluciones, reglamentos y sentencias que, en determinadas circunstancias, marcan las obligaciones, ya sea en forma general o particular, que deben observarse, bajo apercibimiento de castigo en caso de no hacerlo. No todo mandato legal se cumple, en realidad si manejáramos estadísticas confiables, nos sorprendería comprobar la frecuencia con que se soslaya el deber. Ese mismo sector de la población que no respeta la normas, obedece mansamente consignas que una engañosa publicidad introduce en forma subrepticia en su mente.

En la década del 50, tuvo gran difusión la obra del sociólogo Vance Packard (1914-1996) un agudo observador de la sociedad de consumo americana, y la respuesta de su comportamiento, ante la presión psicológica ejercida por la publicidad. Sus libros “Las formas ocultas de la propaganda” (1957), “Los buscadores de prestigio” y “Los trepadores de la pirámide”, no han perdido actualidad.

Parece que el capitalismo moderno impuso sus propias reglas para las relaciones humanas. Según el filósofo francés Guy Debord (1931-1994), se ha arribado a un estadio donde prevalece la representación y la imagen, por sobre todo lo demás, en especial las auténticas vivencias. A ese fenómeno lo analiza en su libro “La sociedad del espectáculo” (1967), que define como la colonización del tiempo ocioso de la población. Cabe destacar que este pensador anunció con precisión el colapso que estaba provocando en la realidad cotidiana, el progresivo e incesante avance de la imagen, o sea la apariencia, por sobre la autenticidad de la experiencia humana. Siempre, desde el poder, hubo una especulación o mejor sería decir, un uso con fines políticos. ¿Acaso siglos atrás, el Circo Romano, la Inquisición, las ejecuciones en la horca, ¿los fusilamientos públicos no eran espectáculos que también congregaban multitudes? A ésas que se les transmitía el mensaje del poder, y como correlato, la obligada sumisión. En el circo aparecía el emperador y sin demasiadas palabras altisonantes, levantaba su brazo a la vista de todos y solo con bajar el pulgar, condenaba a muerte, ante la mirada expectante de un público aterrado. Desde esos tiempos pretéritos, se educaba a los individuos para que repararan solo en apariencias fabricadas: Se ejecutaba a un bárbaro, a un enemigo del orden constituido, a uno que conspiraba contra el régimen…que, a pesar de ser castigado de la manera más cruel y sanguinaria, no suscitaba en el espectador compasión, sino solo alivio: ¡qué suerte que no fui yo! Ahora ya no es preciso ir al circo, estamos dentro de él. Qué decir de la Inquisición, donde hábilmente se mezclaba lo sacro y su propia liturgia, con la aberración de malversar el perdón, predicado en fervorosa oración.

Existen muchos estudios sobre el tema, pero evidentemente la atención de las masas está captada o desviada hacia otras cuestiones, y han pasado poco menos que desapercibidos. No es un tema nuevo. Ya en 1928, Edward Bernays (1891-1995), explicaba que “la manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados y de las opiniones de las masas, es un elemento importante en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo invisible, constituyen un gobierno invisible.” Tal vez no sea casual que este austríaco, que han calificado como el creador de las “relaciones públicas”, fuera sobrino de Freud, cuyas teorías psicoanalíticas adaptó, para condicionar la opinión pública y direccionarla con objetivos comerciales o políticos. Con su método, impuso modas, implementó campañas de “desinformación”, popularizó usos y costumbres, hasta promovió el hábito del tabaco entre las mujeres.
Décadas después, Vargas Llosa (1936-2025), se ocuparía del tema en un ensayo titulado, “La civilización del espectáculo” (2012), en el que analiza este fenómeno social, que ha convertido a la cultura en un mero entretenimiento. En el mundo contemporáneo predomina lo insustancial, es más distracción que formación. Lo dice con absoluta crudeza: ”La cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días, a punto de desaparecer.” El escritor señala que ese efecto negativo también se percibe en otras áreas, como la política, que se ha transformado en un escenario tan frívolo como aquel en el cual actúan artistas del entretenimiento. Asimismo, critica al periodismo, que ha perdido rigor informativo, fomentando el sensacionalismo. Dentro de este mismo orden de ideas, resulta esclarecedora la obra “Propaganda” (1962), del francés Jacques Ellul (1912-1994), sobre los objetivos de la propaganda para influir en el individuo. Advierte sobre los efectos de la propaganda desde una perspectiva psicológica y también sociológica. En tal sentido, expresa que conviene al propagandista la inclusión del individuo en la masa, pues sus defensas psicológicas menguan y termina cediendo ante la presión que siente por su pertenencia al grupo. Ha dicho que “La propaganda es el enemigo más peligroso de la verdad “, agregando que los objetivos esenciales de la vida, han quedado relegados en pos de una carrera emprendida a gran velocidad, pero carente de destino. Otro esclarecedor ensayo sobre el tema, pertenece al psiquiatra James Alexander Campbell Brown, titulado: “Técnicas de persuasión: de la propaganda al lavado de cerebro” (1963), describe la manipulación de la mente a través de procedimientos que van, desde amedrentar para lograr un quiebre emocional, hasta la utilización de datos para moldear la opinión pública.

“Pasión por la ignorancia: qué elegimos saber y por qué”, es una extraordinaria obra de Renata Salecl (1962). De alguna manera entra al meollo de la cuestión. ¿Cómo es posible que se produzca un abandono progresivo del libre albedrío, no desplazado por la fatalidad, sino por una voluntaria deserción de nuestro poder de decisión? ¿Cómo se arribó a este vergonzoso extremo? Según la autora el advenimiento de nuevos tipos de información conlleva nuevas angustias, potenciadas, porque no siempre son de fácil comprensión. Concluye con una deducción muy particular: en tiempos de crisis la gente prefiere la ignorancia para no tener que ocupar la mente con pensamientos perturbadores. Algo así como: menos sé, menos sufro. O como diría mi abuela: ojos que no ven…corazón que no siente.

El surcoreano Byung Chul Han (1959), escribió “La sociedad del cansancio“ (2010), exponiendo una peculiar teoría que merece ser analizada. Sostiene que la antigua disciplina que nos era impuesta para lograr mayor rendimiento, hoy ha cedido paso al autocontrol: el individuo se ha convertido en esclavo de sí mismo y – por supuesto- esclavo de las redes sociales, de las opiniones, del progreso que pretende…en síntesis, plantea la explotación voluntaria bajo la apariencia de libertad. Encuentro cierta similitud con lo que alguna vez señaló Foucault (1926-1984), ya no es menester circos ni hogueras, basta el temor a que nos estén mirando. Hay una tecnología inmaterial para dominar al individuo desde su interior. Tampoco puede dejarse de leer El libro” Influencia. La psicología de la persuasión” que estudia las motivaciones psicológicas que determinan la aceptación de lo que pretenden los otros. Su autor es el psicólogo estadounidense Robert Cialdini (1945), quien se ocupó de analizar cuáles son esas motivaciones que inclinan las decisiones de los seres humanos para aceptar las demandas de otros. Enuncia algunas como: reciprocidad, forma de compensación ante un favor recibido. Compromiso, o deber de mantenerla palaba empeñada; Obediencia, aceptación ante lo que se considera una jerarquía superior… Desarrolla una serie de estrategias para poder protegerse de las maniobras comerciales que, de ordinario, terminan imponiendo lo que pretenden, con prescindencia del verdadero deseo del consumidor.

Como corolario de estos análisis, advertimos que “todo tiene que ver con todo”. Y si queremos esbozar un sincretismo entre todas las teorías que andan dando vuelta desde siempre, advertimos que es difícil. Pero hay puntos en común. Desde la demagogia convincente de Hitler, a la teoría de los “reflejos condicionados” expuesta por Iván Pavlov y reinterpretada magistralmente por Aldous Huxley ( 1894-1963):” El hecho de que cada individuo tiene su punto de rotura, ha sido conocido y de un modo tosco y nada científico, explotado desde tiempo inmemorial…se han creado tensiones para provocar un completo derrumbamiento cerebral con métodos que, si bien odiosamente inhumanos, distan mucho de la tortura física…el cansancio aumenta la impresionabilidad…es manifiesto que un dictador podría, si lo deseara, utilizar drogas con fines políticos…cambiando la química de los cerebros de sus gobernados…” Huxley enunció sus teorías que, en su momento parecían distópicas, en su libro “Un mundo feliz” (1931) y las ratificó y amplió en 1958 en el libro ”Nueva visita a un mundo feliz”. Otro autor anterior, que no puede deja de mencionase porque su sorprendente visión anticipatoria le confiere permanente vigencia, es Gurdjieff (1866-1949) que desde el siglo XIX, insiste en la necesidad imperiosa de que el ser humano “despierte” para poder comprender y ser libre.

El avance tecnológico contribuye a consolidar estas modalidades de dominación, que pasan desapercibidas en la mayoría de los casos, y en otros, prefieren ser ignoradas. El punto objetable, es que existen multitudes que actúan de acuerdo a lo que se les impone, creyendo que lo hacen por propia decisión. Kotler (1931) identificado como “el padre del marketing”, subraya que, en política, para promocionar un candidato, se usan los mismos procedimientos que para imponer un producto comercial. Para ello se efectúa un estudio previo para averiguar que quieren oír los electores, y armar un relato acorde a ese deseo. De esa manera el ciudadano está convencido de su libre elección.

Hoy parecería que obtiene más prestigio aquél que concita más atención. El temor al castigo se percibe en las redes, tenemos implementos (celular) que nos convierten en espectadores, protagonistas, receptores, emisores … lo que convenga, de acuerdo a la circunstancia. Alguien dijo una verdad irrefutable: Estamos en un régimen que respeta a quien tiene más seguidores, pero, de algún modo eso es también factor de división.

¿Recuperaremos alguna vez nuestra capacidad política? ¿Nos animaremos a elegir según nuestras propias convicciones? ¿Nos atreveremos a rebelarnos contra el sistema? ¿Podremos liberarnos del cómodo embotamiento psíquico? Solo el tiempo lo dirá.

*Colaboración para En Provincia.

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