Rilke: la soledad creadora

Por Elvira Yorio* –

“No hará casa el que ahora no la tiene
el que ahora está solo lo estará siempre
velará, leerá, escribirá largas cartas,
y deambulará por las avenidas,
inquieto como el rodar de las hojas”.

Rilke

Sophie Entz no se casó de acuerdo a sus expectativas, aspiraba codearse con la nobleza. Su esposo, Josef Rilke, un militar frustrado, terminó como empleado ferroviario. Ambos, por motivos diferentes, depositaron en su hijo aspiraciones personales que no pudieron concretar. En ella, la pérdida de su primera niña, la llevó a adoptar una actitud extraña, cuando se produjo el nacimiento de su hijo. Lo bautizó con el nombre de René, que quiere decir renacido” y probablemente alimentó esa ilusión. Lo cierto es que recibió al varoncito con reticencias, y durante mucho tiempo lo trató como si fuera una niña. Por su parte, el padre, obsesionado por el fracaso de su propia carrera, tras una breve educación en un establecimiento religioso, lo ingresó en una escuela militar y luego en otra, también militar, de instrucción superior. Esa preparación estricta, con la severidad de lo marcial, impartida a tierna edad, le provocó un profundo rechazo y es probable que contribuyera a cimentar su introspección y aislamiento, pues nada tenía que ver con las aptitudes, sensibilidad e inclinaciones del niño. Repasando estos datos biográficos, no pude menos que recordar las enseñanzas de Melanie Klein, quien afirmara que en los primeros tiempos de la vida, es cuando se desarrolla una capacidad de vinculación que, aseguró, tiene su formación inicial en la vida intrauterina. Y por supuesto, en las vivencias de los primeros años. Todas estas experiencias negativas, dieron por resultado en Rilke, una poesía con una profunda regresión, tal como puede observarse también en otros poetas, como Rimbaud y Lautreamont. Esa suerte de orfandad ficta, desembocó en una profunda exploración de su yo.

Si tuviera que definir con una sola palabra el trayecto vital de Rainer María Rilke, esa sería: soledad. Insisto, la primerísima e intransferible experiencia que debe enfrentar el ser humano, es el contacto materno. La negación inicial, determinó esa soledad que buscó desesperadamente transformar. En términos psicológicos, tal vez se la pudiera entender esa búsqueda como como una acción significante con el otro. Reparar esa fragmentación de su yo, procurar encontrar un complemento. Como decía el poeta: “…amor que consiste en que dos soledades mutuamente se protejan, se limiten y se reverencien.” ¿Cómo emprendió esa transformación? En 1897 conoció a una mujer que tendría enorme influencia sobre él: Lou Andreas Salomé. Como vulgarmente se dice, una mujer hecha y derecha, casada con un lingüista alemán, dedicada a la psiquiatría, con una íntima relación en su haber nada menos que con Nietzsche, además de su estrecha vinculación con Freud, de quien fue discípula. Este singular personaje, de 35 años, no solo aventajaba a Rilke en edad, sino en experiencia y conocimientos. Pronto se convirtió en su amante y mentora. Tal vez el joven también buscara, inconscientemente, una madre en ella. Lou le hizo conocer Rusia y lo conectó con Tolstoi. Aprendió a hablar el idioma de ese país, que le impresionó profundamente. El romance duró tres años y finalizó por decisión de la mujer, no obstante, entre ellos se consolidó una amistad que mantuvieron hasta la muerte del poeta. Desde luego, el contacto con Lou incidió en el cambio que se operó en él. En primer lugar, el nombre. Registrado como: René Karl Wilhem Johan Josef María Rilke, pasó a ser conocido como Rainer María Rilke. Además de las sugerencias de Lou, es posible que también lo haya motivado un deseo de romper con su origen.

¿Qué impulsó a este hombre a recorrer el mundo? ¿Qué buscaba en ese andar impenitente que se detenía, solo para abrevar la sed del camino y emprender nuevos derroteros? Llegaba después de un largo recorrido. Luego del deslumbramiento inicial, de a poco se integraba con lo nuevo, y en cada lugar, comenzaba a vivir tratando de asimilar la lengua vernácula como si fuera la materna. Así aprendió italiano, ruso, francés, danés y español… Para probarse a sí mismo esa pertenencia, escribió en otros idiomas, volcando en ellos sus íntimos sentimientos. El alemán se tornó lejano y sus versos adquirieron una dulce sonoridad en el francés, el italiano y aún en ruso. En síntesis, Praga se desdibujó en su existencia, pasando a ser un mero dato biográfico. Como dijo Alemparte: “…sin patria oficial y sin hogar, supo crearse una patria y un hogar en su interior y hacer de su desamparo su máxima protección.”

A los 25 años conoció a una joven escultora, Clara Westhoff, discípula de Rodin, con la que contrajo matrimonio. Como dice de Torre, intentó romper su innata e incorruptible soledad, pero… pronto renunció a ello, y siguió el resto de sus días viviendo solo. De cualquier modo, continuó manteniendo buenas relaciones con su esposa. Son muchos los vínculos amorosos que se le atribuyen, aunque se distinguió también por haber cultivado duraderas y férreas amistades, tanto femeninas como masculinas. En “Cartas a un joven poeta” aconsejaba “También es bueno amar, porque el amor es difícil. Tener amor un ser humano por otro: esto es quizás lo más difícil que nos ha sido encomendado; es lo supremo, la última prueba y examen, el trabajo ante el cual todos los otros trabajos no son más que preparación.”

París es uno de los lugares donde regresaba siempre. Allí conoció a Rodin, a quien se acercó con el propósito de escribir algo sobre su obra. Compartieron muchos momentos, se hicieron amigos, e incluso, a cambio de su hospitalidad, colaboró con él, ocupándose durante unos meses de la copiosa correspondencia que recibía el artista. Los consejos que Rodin dio al joven escritor, lo movieron a admitir que: “…esta influencia directa y múltiple del gran escultor superó todas las de procedencia literaria, y las hizo, en cierto modo, superfluas.” Otra personalidad que admiró profundamente fue el escritor danés Jacobsen, autor de la primera novela que leyó Rilke y que dejó en él una huella imperecedera. Precisamente es quien acuñó la idea de la “muerte propia”, tan cara a su sentir.  Como dijo el poeta en una carta escrita en las postrimerías de su vida: “…en lo que se refiere a Jacobsen, aún más tarde y por muchos años, me ha sucedido con él algo tan indescriptible, que no estoy en situación de precisar, sin engaño y sin invención, lo que él ha significado para mí en aquellos tempranos años. Es más: allá en los tiempos de París, él era para mí un compañero en el espíritu y una presencia en el sentimiento.” En su “Libro de las Horas”, Rilke recogió la idea del maestro: “… Oh Señor, da a cada uno su muerte propia. Una muerte que derive de su vida, en la cual hubo amor, comprensión y desinterés. Pues solo somos la corteza y la hoja. Y la gran muerte que cada uno lleva en sí, es el fruto en torno al cual todo gravita.”

La obra en prosa titulada “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge”, es una narración que algunos ven como autobiográfica. La descripción crítica de París, parecería una evocación de esa ciudad a la que arribara con cierta desconfianza inicial el propio Rilke. Resulta algo así como una parábola sobre la muerte, la angustia y el amor sin respuestas. Para representar la soledad entre las multitudes, basta la angustiosa escena que sufre el protagonista y que Ferreiro Alemparte señala “como símbolo representativo de las modernas aglomeraciones.”

El ”Canto de amor y muerte del corneta Cristóbal  Rilke”, es un poema en prosa. Se refiere a un antepasado del autor, un adolescente que debe participar de una guerra en el siglo XVII. Trata de la traumática experiencia del Corneta que, en breve lapso, conoce el amor y la muerte. El lirismo en su más elevada concepción. Bello, conmovedor, e impregnado también de filosofía existencial. Como señalara Dehn: “…la poesía de Rilke es también un filosofar, un círculo inmediato en torno al problema de la existencia…”    

No estaría completa esta semblanza de Rilke sin alguna referencia a ese empecinado propósito del poeta de abordar la contemplación interior. Kierkegaard, San Agustín y otros autores místicos, indudablemente han dejado en él su impronta. Es también evidente que el espíritu nómade que lo habitó, buscó el sentido de la vida a través de la religión, y también reflejó un anhelo de salir de sí mismo, y trascender más allá de esa prisión propia en la cual cada individuo se halla apresado. En un fragmento de la octava elegía dice: “…Y nosotros: espectadores, siempre, por donde quiera, / vueltos hacia todo, pero jamás a la lejanía, / Las cosas nos desbordan. Las ordenamos. Se disgregan. / Las ordenamos nuevamente y nosotros nos disgregamos. / ¿Quién nos colocó así, de espaldas, de modo/que hagamos lo que hagamos siempre estamos/ en la actitud de aquel que se marcha? Como aquél/ que, sobre la postrera colina que le muestra todo el valle, / por última vez se vuelve, se detiene, se demora, /así vivimos nosotros, siempre en despedida.”

Este genial escritor que predicó el valor de la muerte “propia”, la tuvo. Si bien padeció una enfermedad de base, la causa directa de su deceso, fue la infección surgida a consecuencia de la herida provocada por la espina de una rosa. Pone en boca del protagonista de “Los cuadernos…”: “…el deseo de tener una muerte propia es cada vez más raro. Dentro de poco será tan raro como tener una vida personal. Dios mío, es que todo está hecho. Se llega, se encuentra una existencia ya preparada; no hay más que revestirse con ella…”    

Se cumplen cien años de su muerte, pero como ocurre con todos los grandes, sigue vivo entre nosotros.                   

*Colaboración para En Provincia.            

Fotografía: Archivo web.