Por Elvira Yorio* –
“Que nada nos defina. Que nada nos sujete.
Que la libertad sea nuestra propia sustancia.”
Simone de Beauvoir.
Ser mujer no es fácil, nunca lo fue. Ya en el comienzo, se le adjudicaron culpas, achacándole responsabilidades solo en parte propias y en gran medida ajenas. Esta muchacha Eva, pobre, no tuvo infancia, la crearon adulta y claro… sin transición… ya era una adolescente, con toda la confusión propia de esa etapa de la vida… le faltó ese mágico, inocente e indispensable aprendizaje previo, que habilita a un humano para serlo en plenitud. ¡Qué paradoja! La hicieron imperfecta, pero… le exigieron perfección. Se cubrió de las acusaciones que recibió, con lo que tenía a mano: la hoja de un árbol. Parece que no fue suficiente, y de allí en más, quedó expuesta a un injusto demérito. Como desde su mismo nombre quedara establecido, se la destinó a ser madre de la humanidad ¡Menuda tarea que nadie le indicó cómo llevar a cabo! Ella, que nunca fue niña, asombrada con los que le iban llegando, trató de cuidarlos y protegerlos, imitando a los animalitos que tenía a su alrededor. ¿Qué otra cosa podía hacer? Desde un primer momento demostró inquietudes, aunque nadie apreciara esos dones, Adán estaba muy ocupado mirándose el ombligo. Es cierto, vivía en el paraíso, sin preocupaciones, ni obligaciones laborales que cumplir, inmune a toda enfermedad, e inmortal. La única condición para mantener eternamente ese estado de plácida existencia compartida beatíficamente con Adán, animales y plantas, solo era “no preguntar”. Como correlato, ignorar todo, asimilarse a los vegetales que brotaban por doquier en ese incontaminado edén. A Eva eso le pareció muy aburrido, y en verdad… lo era. Entonces propuso algún juego a Adán, pero, como aún no se había inventado el fútbol, él no supo qué responder. Intentó entretenerse juntando flores o persiguiendo esquivas mariposas, pero no resultó. De pronto, advirtió que tenía algo dentro de sí, que pugnaba por salir, algo que todavía carecía de nombre: curiosidad. ¡Nada menos que el motor del aprendizaje y del conocimiento! Pero ella no lo sabía. En realidad, “saber algo” de allí en más fue para la mujer, una tarea ciclópea que emprendió con valentía, pese a todas las trabas que le fueron impuestas.
Desde entonces, pasaron millones de años sin demasiados cambios. Como a Eva en su momento, también a Marie Curie le negaron la posibilidad de “saber”. En efecto, corría el año 1882, y las autoridades rusas que sojuzgaron Polonia, vedaban los estudios superiores a las mujeres. No se amilanó: cursó estudios en una universidad clandestina en Polonia y luego en 1891, estudios de física, química y matemática en la Universidad de París. Allí trabajó duramente para mantenerse, se graduó en 1894 y comenzó su labor investigativa que no abandonaría hasta el fin de sus días. En 1895 volvió a Polonia con la intención de ingresar en la Universidad de Cracovia, donde nuevamente fue rechazada por ser mujer. Regresó a Paris y presentó su tesis doctoral en la Sorbona, calificada con sobresaliente. Continuó sus brillantes investigaciones, en compañía de su esposo Pierre Curie, otro gran científico que, años más tarde, murió en un trágico accidente. En el año 1903, se adjudicó el premio Nobel de Física a un descubrimiento debido a los estudios de Marie Curie, Henri Becquerel y Pierre Curie. Pese a ello, en un principio, el comité de la academia privó a Marie del reconocimiento, por ser mujer. Pierre se negó a recibir el premio en esas condiciones y finalmente la incluyeron. Fue la primera recipiendaria mujer. También se obstaculizó su candidatura a miembro de la Academia de Ciencias de Francia, y para trabar su designación, se la difamó en periódicos de gran difusión. Científicos mediocres que competían con ella, hasta echaron mano a episodios de su vida privada, con tal de desacreditarla. Ella enfrentó con dignidad los agravios y tuvo la satisfacción de ser nuevamente distinguida con el Nóbel de Química (1911), convirtiéndose en la primera persona en ser galardonada con dos premios y hasta ahora, la única que los obtuviera en dos disciplinas científicas distintas. Gracias a sus creaciones y descubrimientos que generosamente compartió con la comunidad científica, durante la guerra, posibilitó la mejor atención de más de un millón de soldados heridos en esas acciones. Posteriormente fue reivindicada por el gobierno francés que le ofreció la Legión de Honor, pero ella no la aceptó. No obstante, en 1922 ingresó como miembro de la Academia Nacional de Medicina. Fue internacionalmente venerada y reconocida con las más importantes distinciones. Evocamos su figura paradigmática como el más perfecto ejemplo de la mujer, su lucha y sus victorias, aunque también debemos admirar a Juana de Arco (1412), Juana Inés de la Cruz (1648), Olympe de Gouges (1748), Clara Schumann (1819), Teresa de Calcuta (1910)… y tantas que con su coraje, inteligencia y dedicación, posibilitaron la superación de falsos esquemas y el imperio de la libertad igualitaria entre los seres humanos.
En Argentina, grandes mujeres se destacaron en profesiones tradicionalmente ejercidas por hombres, lo cual implicó una ímproba lucha para lograr ese status que, con empecinamiento y sin razón valedera, les era negado. Mencionaremos solo algunas de ellas:
Cecilia Grierson (1859-1934), la primera mujer argentina que se graduó de médica en 1889. A pesar de tener su especialidad en Cirugía, nunca pudo ejercerla, por su condición femenina, lo cual también le impidió acceder a la docencia universitaria. Soportó con entereza las bromas pesadas que le prodigaron primero sus condiscípulos y luego algunos colegas, pues también sufrió discriminación en el ejercicio profesional. Se especializó en Francia, no obstante, acá le fue negado su derecho a ingresar por concurso a la cátedra donde pretendía se docente. Autora de varios libros sobre medicina y educación. Junto con Julieta Lanteri, Elvira Rawson y Alicia Moreau de Justo, las tres médicas, se convirtió en adalid de la causa feminista.
En nuestro país, la primera mujer que recibió título de abogada fue María Angélica Barreda (1887-1963) en la Universidad Nacional de La Plata, allá por 1909. Tuvo una vida universitaria difícil, pues era marginada por sus compañeros y sujeta a excesiva exigencia por parte del claustro docente. Aun así, se recibió a los 22 años. Pudo matricularse en Capital Federal, pero cuando en esta provincia intentó cumplir ese requisito, indispensable para ejercer la profesión, rechazaron su solicitud por ser mujer. Impugnó esa arbitraria decisión Rodolfo Moreno, cuyos sólidos fundamentos habrían de ser aceptados por la Suprema Corte de la Provincia, que autorizó ese trámite habilitante. Realizó un fructífero trabajo en la Asociación de Mujeres Universitarias Argentinas, institución que bregó por el reconocimiento de los derechos femeninos.
Corría el año 1896, e Isaura del Carmen Quiroga, se convertiría en la primera escribana argentina (y del mundo). En aquel entonces no existía el notariado como carrera universitaria y la habilitación consistió en la aprobación de un examen de aptitud ante el Superior Tribunal de San Luis, que logró prestar y rindió satisfactoriamente.
El ejercicio de la judicatura, estuvo vedado a las mujeres hasta avanzado el siglo XX. En el ámbito nacional María Luisa Anastasi de Walger (1917-2004) fue la primera jueza, designada en el fuero civil en 1957, donde cumplió una brillante carrera, aunque tuvo inconvenientes y escollos que superar, en virtud de su femenina condición. Para que una mujer integrara la Corte, hubo que esperar hasta 1970, con el nombramiento de Margarita Argúas (1902-1986), gran tratadista y reconocida docente. En la provincia de Mendoza, sería la primera Aída Kemelmajer de Carlucci, que integró ese alto tribunal desde 1984 a 2010, destacándose a través de sus esclarecidos votos que confirmaron su brillante trayectoria como doctrinaria y docente. Pese a sus incuestionables méritos y su enorme prestigio a nivel nacional e internacional, no ha integrado aún la Corte Suprema de la Nación. ¿Cuestión de género?
En la Provincia de Buenos Aires, Hilda Kogan fue la primera mujer en integrar ese Tribunal (2002) que preside en la actualidad. En más de ciento cincuenta años, es la única mujer que logró llegar a esa jerarquía. Es miembro de la Asociación de Mujeres Jueces de la Argentina. En una entrevista destacó que las mujeres están sobreexigidas, que siempre tienen que hacer más que los demás para demostrar que sirven. Ha hablado también de “una sensibilidad distinta” que tiene que ver con el género y se aplica en la forma de administrar justicia. Desde los distintos cargos que desempeñara, viene reclamando medidas de acción positivas, para corregir las desigualdades de género.
La primera graduada como Ingeniera Civil (1918), en nuestro país y en América Latina, fue Elisa Beatriz Bachofen (1891-1976), en la Universidad de Buenos Aires. Defendió los derechos de la mujer que le fueran negados, participó activamente en varias instituciones, como la Unión Feminista Nacional y otras entidades, desarrollando, pese a los muchos obstáculos que tuvo que superar, una proficua actividad profesional.
También Lola Mora, Juana Manso, Alfonsina Storni, María Luisa Bemberg, Salvadora Medina, Amalia Figueredo, Victoria Ocampo, María Elena Walsh, y otras muchas, se destacaron en sus respectivas actividades, lucharon con denuedo para hace valer nuestros derechos, y nos dejaron el legado imperecedero de sus ideales, algunos ejemplarmente realizados, otros que-desde sus luminosas trayectorias- nos instan a lograr. Vaya hacia ellas nuestro emocionado homenaje y eterna gratitud.

*Colaboración para En provincia –
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