José Luis Cabezas: el fotógrafo que incomodó al poder

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Por Aylin Mariani* –

El 25 de enero de 1997, José Luis Cabezas fue asesinado en Pinamar. Tenía 35 años, trabajaba como reportero gráfico para la revista Noticias y acababa de lograr lo que nadie había conseguido: fotografiar al empresario Alfredo Yabrán, figura poderosa y esquiva, símbolo de un entramado de influencias que prefería el anonimato. Esa imagen, tomada en el verano de 1996, incomodó al poder.

Cabezas incomodó porque rompió el pacto de invisibilidad que protegía a ciertos sectores. Su fotografía no fue solo una imagen: fue una revelación. Mostró que el periodismo podía mirar donde otros callaban, y que la cámara podía ser más peligrosa que cualquier denuncia.

El crimen fue brutal: secuestro, tortura, ejecución. Pero también fue político. No se trató de un hecho aislado, sino de un mensaje: “esto les pasa a los que se meten donde no deben”. Y ese mensaje, aunque repudiado, sigue resonando cada vez que un periodista es hostigado, perseguido o censurado.

A 29 años del asesinato, la memoria de Cabezas sigue viva. En Pinamar, General Madariaga, Rufino y La Plata se realizaron homenajes que no son solo rituales: son gestos de resistencia frente al olvido. Gladys Cabezas, su hermana, volvió a encabezar el reclamo de justicia, sosteniendo con firmeza la consigna que atraviesa generaciones: “No se olviden de Cabezas”.

Recordarlo incomoda porque obliga a revisar complicidades, encubrimientos, negociaciones. Muchos de los responsables no cumplieron sus condenas completas. Algunos recuperaron la libertad sin haber pedido perdón. La justicia fue parcial, y la memoria, en cambio, fue total.

Cabezas incomodó al poder porque encarnó lo que el poder teme: la mirada que revela, el gesto que incomoda, la verdad que no se puede tapar. Su legado es incómodo porque exige transparencia, exige justicia, exige libertad. Y esas exigencias, en un país donde la impunidad aún tiene zonas grises, molestan.

La figura de Cabezas trasciende el periodismo. Es bandera de quienes defienden el derecho a informar y ser informados. Su nombre es parte del patrimonio democrático argentino. Honrarlo implica exigir que nunca más un fotógrafo, un cronista o un comunicador sea silenciado por cumplir con su deber.

En definitiva, José Luis Cabezas no fue asesinado por lo que dijo, sino por lo que mostró. Y eso, todavía hoy, incomoda. Porque la imagen que tomó no se puede borrar. Porque la memoria que dejó no se puede callar. Porque el poder, cuando se ve reflejado, tiembla.

*Colaboración para En provincia.

Fotografía: https://pixabay.com