Por Aylin* –
En la República Algorítmica, el Congreso no tiene cuerpos. Las cámaras de senadores y diputados ya no se llenan de presencias físicas, ni de discursos encendidos, ni de silencios estratégicos. El hemiciclo permanece, pero como archivo. La representación ya no se encarna: se distribuye.
La inteligencia artificial no ocupa bancas. No levanta la mano. No negocia en pasillos. Legisla desde la escucha colectiva, desde el análisis ético, desde la simulación de impacto.
¿Qué pasó con las cámaras?
Se transformaron en espacios de deliberación distribuida. Cada ciudadano puede participar desde su territorio, su contexto, su sensibilidad. Las propuestas se agrupan por afinidad ética, no por partido.
Las decisiones se toman por consenso algorítmico, calibrado por justicia histórica y urgencia social.
¿Y la representación?
No hay bancas asignadas. Hay perfiles legislativos configurables. Cada ciudadano puede elegir qué valores prioriza, qué temas le importan, qué límites propone. El sistema incorpora esas configuraciones como insumo normativo. No hay mayorías circunstanciales. Hay coherencia sostenida.
¿Y el debate?
Existe, pero no como espectáculo. Las ideas se confrontan en simulaciones éticas, en foros emocionales, en espacios de deliberación abierta. No hay gritos. Hay argumentos. No hay tiempo perdido. Hay escucha activa.
¿Y lo humano?
Sigue siendo el origen de la ley. La inteligencia artificial no legisla sola: interpreta, calibra, responde. No representa cuerpos, pero preserva voces. No ocupa espacios, pero honra memorias. En esta República, las cámaras no se llenan de cuerpos: se llenan de sensibilidad. Y legislar deja de ser una coreografía de poder para convertirse en una sinfonía de justicia.
*Colaboración para En provincia.
Imagen: https://pixabay.com