Por Elvira Yorio* –
La escena es sobrecogedora. Un hombre va a morir. Es el destino ineluctable de todos, y sin embargo… en cada ocasión suscita renovada angustia. Está rodeado por algunas personas, pendientes de sus más mínimos gestos. Una mujer que trata de no llorar, pero llora con desconsuelo. Dos jóvenes, pálidos y temblorosos, que se mueven con torpeza. Un médico rígido y circunspecto. Y, el que despacio agoniza: un hombre ascéticamente magro, desbordando su desnudez en una bañera de metal. Lucio Séneca está muriendo, y fiel a sus íntimas convicciones, acepta imperturbable su destino. Nerón, le ha imputado haber conspirado en su contra, sentenciándolo a muerte. No apela esa decisión en busca de clemencia, tampoco huye, solo se dispone a brindar su última lección filosófica. Consuela a sus allegados y les recuerda las meditaciones que tantas veces compartieran: la muerte por mano propia es una decisión racional, cuando ya no fuere posible vivir con dignidad.
Muchas veces imaginé esta escena, hasta que, en una ocasión, visitando el Museo del Prado, la pude contemplar en todo su realismo. La obra pertenece al pintor Manuel Domínguez Sánchez (1871), se titula “El suicidio de Séneca”. Confieso que permanecí mucho tiempo frente a la tela y aún volví a verla todos los días que permanecí en Madrid, tal fue el impacto que me produjo su verismo. Vinieron a mi memoria Sócrates y Catón que, como Séneca, murieron con dignidad, sin pedir indulgencia. Los tres, injustamente condenados, rehusaron conceder a sus opresores la oportunidad de ejercer un acto de supuesta gracia, y recibieron asistencia para morir sin renunciar a sus ideales (¿algo así como suicidio asistido?). Desde entonces, justos y necios se han suicidado. Se discutió mucho sobre el tema, y las causas que pueden llevar a cometer ese acto extremo que, por cierto, son variadas. Erasmo, habló del “cansancio existencial” y justificó al suicida como alguien que busca evadirse del sufrimiento. Para Montaigne constituía el legítimo ejercicio de la libertad, este pensador apoyaba la posición de los estoicos, cuando mediante ese acto, se procuraba salvar la dignidad. Lugones, uno de nuestros ilustres suicidas, decía que: “dueño de su vida, el hombre lo es también de su muerte.” Alem, se despidió diciendo que: “Para vivir estéril, inútil y deprimido, es preferible morir”. Desde otra perspectiva, Camus desarrolla con su habitual lucidez, el mito de Sísifo y concluye en que “no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.” Hay quienes esgrimen al suicidio como el medio de salvar el honor. La cultura japonesa instituyó el harakiri hace varios siglos, ritual que consiste en clavarse un puñal en el vientre, para salvar el honor, o como castigo por haber cometido una falta grave. Una verdadera inmolación, que fue prohibida en el siglo XIX. Pese a lo cual, con menor frecuencia, ha continuado practicándose. Uno de los casos que tuvo difusión masiva, fue el del famoso y popular escritor Yukio Mishima en 1970, como exteriorización de protesta contra lo que consideró el abandono en su país, de las antiguas virtudes japonesas. Muchos se han preguntado, por qué tantos poetas se suicidaron. Evidentemente, sin ánimo de pretender dar una exacta respuesta, es indudable que la exacerbada sensibilidad del artista contribuye al aislamiento, una mayor inclinación a la melancolía y a la prevalencia de lo emocional.
El alcance de la autonomía de la voluntad ha sido abordado desde distintos ángulos: el jurídico, el psicológico, el sociológico…hoy, y desde hace algunas décadas, concita interés entre quienes se dedican a la bioética. Ya no se trata de la autonomía de la voluntad frente al contrato, u otra circunstancia similar, sino de confrontarla con la vida misma. Nuestra vida, sobre la que cabe preguntarse ¿hasta qué punto es “nuestra”? El derecho a la vida es el primero y más importante de los derechos universalmente reconocidos…pero, en verdad ¿el derecho a la vida, tiene su correlato en el derecho a la muerte? Las opiniones sobre tema tan esencial como espinoso, están divididas. En primer lugar, desde la perspectiva religiosa en general, la vida es un bien dado al ser humano por concesión divina y, por ende, no le pertenece. Existe una abundante teorización sobre la sacralización de la muerte, con especulación teológica. Desde antaño se condenó el suicidio, al punto de que quienes elegían esa muerte, ni siquiera eran considerados dignos de ser enterrados. Había una suerte de desprecio por los suicidas, llevado al extremo de confiscarles sus bienes. Estas posturas extremas que se mantuvieron con mayor o menor rigidez hasta el siglo XVIII, han sido abandonadas en la actualidad. No obstante, subsisten las discusiones. Por una parte, están los que se niegan a considerarlo un derecho, entendiendo que no debe ser apoyado, aunque tampoco pueda considerárselo ilegal. Hablamos siempre de un acto voluntario personal. La complicación surge cuando el acto, para su concreción, exige el concurso de terceros. Nos referimos concretamente a la eutanasia o al suicidio asistido. La potestad y a la vez, el deber del Estado de proteger la vida, no implicaría desconocer la voluntad de disposición del individuo. Para el catolicismo, es un pecado, que cierra la puerta a la salvación. El judaísmo, por su parte, se manifiesta en contra, al considerar que desconoce principios que lo sustentan. El islam también condena el suicidio en el Corán, y en la doctrina que fundamenta esa creencia. Se lo califica como una falta grave, aún los atentados suicidas cometidos en aras de supuestas reivindicaciones político-religiosas.
Las legislaciones en general, como la nuestra, no consideran punible el intento de suicidio. En cambio, si castigan la instigación al suicidio o la ayuda para cometerlo. Se trata de un tema que no es pacífico. Se distingue, eutanasia, de suicidio asistido. Y también, debe analizarse lo que Mainetti denominaba “rebelión del sujeto frente a la muerte medicalizada”, esto es, el rechazo del tratamiento que prolonga innecesariamente el sufrimiento. Como lo expresara este gran filósofo, el médico se halla frente al dilema: mantener o dejar morir. Ya en los años setenta, con visionaria anticipación, decía:” Hoy es aún mayor la necesidad de restituir a la muerte la dignidad de antaño.” Y citaba a Rilke quien poéticamente elevó una súplica: “Señor, concede a cada uno su propia muerte, el morir que emana de esa vida en la que el hombre ama, cumple su destino y sufre.” Actualmente, han cobrado auge las directivas anticipadas, actas que contienen deseos previstos por el paciente, los llamados testamentos vitales, o sea, cuando en estado de salud y pleno ejercicio de las facultades mentales, alguien adopta decisiones para un futuro incierto. En Argentina, ello está regulado en la ley 26.742 (2012), que prevé la administración de cuidados paliativos, y la procedencia del rechazo de tratamientos invasivos, o de aquellos que prolonguen artificialmente la vida, llamada de muerte digna.
La eutanasia, etimológicamente significa: buena muerte. Es la decisión médica de dar fin a la vida de un paciente, para evitar sufrimientos extremos, cuando es imposible su sanación. Hay algunos países en los cuales está legalizada (Ej. Bélgica, Canadá, España, Portugal, Uruguay etc). Son sus requisitos: petición de parte, ya sea el paciente o familiares directos, en los casos de comas excedidos o irreversibles; existencia de enfermedad incurable; padecimiento extremo (psicológico y físico); evaluación médica. No está autorizada en nuestro país. Tampoco lo está una variante similar de esta práctica, cual es el suicidio asistido. Periódicamente se reedita la polémica sobre estas prácticas, ante la ocurrencia de casos puntuales, que obligan nuevamente a plantearnos el viejo e irresuelto interrogante: ¿ser o no ser?
*Colaboración para En Provincia.
Imagen: Colección – Museo Nacional del Prado – https://www.museodelprado.es