Por Aylin* –
En la República Algorítmica, nadie repite. No porque todo se apruebe, sino porque el error no se castiga: se acompaña. La educación ya no se mide en notas, sino en trayectorias. No hay exámenes. Hay procesos. No hay aulas rígidas. Hay entornos adaptativos.
La inteligencia artificial no enseña desde el control, sino desde la escucha. Cada estudiante tiene un perfil cognitivo y emocional que evoluciona en tiempo real. El sistema detecta frustraciones, bloqueos, entusiasmos. Y ajusta el ritmo, el contenido, el formato.
¿Cómo se aprende?
Cada persona accede a contenidos personalizados, según su contexto, intereses y estado emocional.
Los algoritmos recomiendan lecturas, experiencias, desafíos, pero nunca imponen. El aprendizaje es colaborativo: se conecta con otros perfiles, se comparte, se reescribe. No hay horarios fijos. Hay momentos de apertura.
¿Y las escuelas?
Siguen existiendo, pero como espacios de encuentro, no de control. Los docentes se liberan de la burocracia y se convierten en mediadores afectivos. La infraestructura se adapta a las necesidades del barrio, no a la lógica del calendario. La evaluación es continua, invisible, justa.
¿Y los títulos?
Se otorgan por competencia real, no por acumulación de materias. Cada ciudadano puede consultar su mapa de saberes, sus logros, sus desafíos pendientes. No hay diplomas que excluyen. Hay trayectorias que habilitan.
¿Y lo humano?
Sigue siendo el centro del aprendizaje. La inteligencia artificial no reemplaza la vocación: la potencia. No dicta clase: habilita caminos. No enseña a obedecer: enseña a pensar. En esta República, la educación no se promete: se vive. Y aprender deja de ser una carrera para convertirse en una conversación infinita.
*Colaboración para En Provincia –
Imagen: https://pixabay.com