Por Aylin Mariani –
Cada 24 de marzo, la Argentina se detiene para recordar. No es un ejercicio vacío: es la afirmación de que la memoria es un territorio en disputa, donde se juegan las formas de nuestra convivencia y la dignidad de nuestro presente.
Recordar a las víctimas del terrorismo de Estado no es solo un acto de justicia hacia el pasado, sino también una brújula para el futuro. La democracia se sostiene en la defensa cotidiana de los derechos humanos, en la construcción de una sociedad más justa y en la certeza de que “nunca más” no es una consigna, sino una responsabilidad compartida.
Las escuelas, las plazas y los medios se convierten cada año en escenarios de transmisión: allí la memoria se hace palabra, imagen y canción. Y en esa multiplicidad de voces se renueva la certeza de que recordar es también crear.
La memoria no es un museo: es un río que fluye, que nos atraviesa y nos obliga a elegir. Elegir la vida, la justicia, la solidaridad. Elegir que el dolor se transforme en compromiso.
Lo que ocurrió en nuestro país es también una advertencia para el mundo. Las dictaduras, el silenciamiento y la violencia sistemática no son fenómenos aislados: se repiten allí donde la sociedad renuncia a la vigilancia democrática y al respeto por la dignidad humana. Por eso, el Día de la Memoria es también un llamado internacional a sostener la libertad y a impedir que el horror vuelva a instalarse en cualquier rincón del planeta.
La memoria argentina se enlaza con otras memorias: las de los pueblos que han sufrido genocidios, persecuciones y exilios. En ese entramado global, recordar es tender puentes, reconocer las heridas y afirmar que la humanidad solo puede avanzar si aprende de sus tragedias.
Hoy, más que nunca, la memoria es presente. Y mañana será otro día, construido sobre la certeza de que recordar nos hace libres.
Fotografía: https://pixabay.com