Por Guillermo Pilía* –
Ente junio y julio de 2023 tuve la fortuna de realizar, junto a mi amiga Ángela Gentile, un viaje de un mes por Rumanía, país del que conocía bastante poco, salvo referencias literarias de los autores nacidos en esa tierra o de otros que habían pasado por allí. El primer punto que tocamos fue la ciudad de Craiova, donde participamos del Festival “Mihai Eminescu”, quizás el más importante de Europa del Este y donde conocimos a escritores de diversas partes del mundo. Allí nos encontramos con Carmen Bulzan, la primera que tradujo nuestra poesía al rumano y que gracias a su fluido manejo del español se convirtió en una guía invalorable para que pudiéramos comunicarnos. El rumano es una lengua muy particular, tiene un sonido similar a las lenguas eslavas, pero en la escritura uno comienza a reconocer fácilmente las raíces latinas que nos hermanan. Allí conocimos también al profesor Constantin Barbu, persona de una alta intelectualidad y una prolífica obra poética e historiográfica, responsable de la organización de las actividades que vendrían después en Constanza y Bucarest.
Viajamos de Craiova a Constanza en un vehículo particular, en un contingente cosmopolita. Antes de llegar a Constanza se cruza el Danubio, al que ya habíamos visto en Calafat, en el límite con Serbia y Bulgaria. Si bien pernoctábamos en un hotel, fuimos durante unos diez días huéspedes del Arzobispo de Tomis, que es el antiguo nombre de Constanza, la ciudad junto al Mar Negro en la que pasó sus años de exilio el poeta latino Ovidio. Con anterioridad al viaje, habíamos recibido por correo notas del arzobispo y de Constantin Barbu, informándonos que nos habían incorporado como miembros de la Academia Tomitana y de la Accademia Universalis Poetarum, ambas con sede en Constanza. En ese momento, me pareció oportuno comunicar a la Arquidiócesis de La Plata que iba a estar en contacto estrecho con el Arzobispo de Tomis. Me reuní con mi amigo monseñor Jorge González, obispo de Alesa y auxiliar de La Plata, con quién charlé sobre algunos aspectos de la Iglesia Ortodoxa Rumana y quien hizo de nexo para que el Arzobispo de La Plata le enviara por mi intermedio una carta a Teodosie Petrescu. La carta me la entregó antes de viajar el propio monseñor Víctor Manuel Fernández, hoy cardenal en el Vaticano al frente del Dicasterio Para la Doctrina de la Fe.
Conocí personalmente a Teodosie Petrescu en el refectorio del Palacio Arzobispal. Ya estábamos todos los escritores sentados a la mesa cuando entró al comedor. Esta es la “imagen primera”, parafraseando los retratos literarios que hacía Rafael Alberti, de Teodosie Petrescu: un hombre más bien pequeño —he conocido a rumanos muy altos—, enjuto, de tez pálida, con largos cabellos y barba totalmente grises como suelen llevar los monjes ortodoxos, con el hábito negro y una hermosa cruz pectoral de factura oriental. Al momento de saludarlo y de entregarle la carta de monseñor Víctor Manuel Fernández, le transmití a través de Carmen Bulzan las expresiones de fraternidad de nuestro arzobispo. También le hice obsequio de un hermoso libro sobre la catedral de La Plata, del que soy coautor, y que recibió con mucha simpatía y un poco de asombro de que en un confín del mundo hubiese un templo construido a semejanza de las antiguas catedrales católicas europeas.

El Arzobispado de Tomis fue la sede de todas las actividades que desarrollamos. Por la mañana había ponencias y lecturas —en rumano, español, italiano, francés, griego, una verdadera Babel— a las que Teodosie asistía con verdadero interés. Al mediodía almorzábamos en su mesa una comida frugal pero muy variada de carnes, verduras y frutas. Teodosie no le daba demasiada importancia a la comida. A menudo la interrumpía para evacuar consultas de algunos religiosos que se le acercaban, o para responder a algún mensaje o alguna llamada en su teléfono celular. A su lado siempre se sentaba Constantin Barbu, persona en la que evidentemente tenía —y tiene— depositada su confianza en todo lo que sea materia cultural. Por la tarde seguíamos con las actividades y después cenábamos a la hora en que se suele cenar cuando se hace vida monástica, entre las siete y las ocho, mientras los turistas aprovechaban aún el sol para bañarse en las playas del Mar Negro.
Algunas tardes Teodosie nos llevó en excursión a sitios de interés cultural y religioso a un par de horas de Constanza. Recuerdo la visita a la cueva en la que vivió el apóstol San Andrés, el evangelizador de esa parte de Europa —son muchos los santos que tenemos en común católicos y ortodoxos— y un recital de música coral con canciones sobre Eminescu junto a la estatua del poeta nacional rumano y de espaldas al Danubio. Nos llamó la atención el interés del arzobispo por participar de todas las actividades literarias y de querer entregarnos personalmente algunos reconocimientos. Por ejemplo en Ovidiu, localidad cercana a Constanza y que fue un enclave romano, en medio de las excavaciones arqueológicas, nos entregó a varios de los asistentes la corona de oro de Ovidio, que atesoro entre los premios más queridos. También lo acompañamos en la celebración de la festividad de San Pedro y San Pablo. Allí lo vimos vestido con toda la pompa de la iglesia oriental, caminando entre las ruinas romanas que hay debajo de la catedral —que precisamente lleva el nombre de esos dos santos— para bendecir a toda la muchedumbre que se agolpaba para verlo. Ese día, en el atrio de la catedral y delante de toda esa gente, nos entregó la medalla de Dionisius Exiguus.
Al finalizar las jornadas de Constanza, firmamos una carta de intención los presidentes de las seis academias que estábamos presentes. Theodosie lo hizo por la Academia Tomitana, Constantin Barbu por la Universalis Poetarum y yo por la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras. Al día siguiente algunos de nosotros seguimos viaje a Bucarest, para participar de un simposio en la Universidad Dimitrie Cantemir. Y si bien el arzobispo no pudo acompañarnos ya en todo el desarrollo de las jornadas, un día se trasladó a Bucarest para hablar ante los participantes y para celebrar la creación de la Academia Europea de Artes, Ciencias y Letras Dimitri Cantemir, presidida por Corina Dumitrescu y de la que Ángela Gentile y yo somos miembros fundadores.

En 2025 volvimos a viajar a Constanza donde nos reencontramos con algunos colegas de las jornadas de 2023 y confraternizamos con otros nuevos. En esa ocasión ya no pudimos convivir tan estrechamente con Teodosie, ya que todas las actividades se realizaron en el salón de conferencias del hotel, pero se acercó a visitarnos, tuvo hacia nosotros palabras edificantes, nos organizó visitas a otros monasterios y se tomó su tiempo especialmente para clausurar las jornadas y manifestarnos su deseo de que nos volvamos a encontrar en el año en curso. En este último viaje le obsequié otro libro sobre el templo mayor de La Plata en nombre de la Comisión de Cultura de la Fundación Catedral, fiel a una de las causas por las que me parece que vale la pena trabajar: el ecumenismo.
Teodosie Petrescu no es solamente un líder religioso. Supe que proviene de una familia humilde, con muchos hijos, que lo entregó de muy joven a un monasterio para que le dieran formación religiosa. Ahora, en el punto más alto de su trayectoria, no ha olvidado sus orígenes y se preocupa por atender las necesidades de los que menos tienen. Pero es también una figura de la cultura, un mecenas en el sentido clásico del término. No sólo apoya y subsidia estos encuentros de la gente de letras, sino que se preocupa por la historia de Rumanía y de la cristiandad. Por ejemplo, en este último viaje, que coincidió con los 1700 años del Concilio de Nicea, hizo imprimir un libro con documentos relativos al concilio en varios idiomas. Hoy tiene 70 años y hace 25 que ocupa la silla episcopal de Tomis. Estudió teología y música en la Universidad de Bucarest, recibió la tonsura como monje en 1990 y cuatro años después el Santo Sínodo lo nombró obispo y vicario de la Arquidiócesis de Bucarest. En 2001 el Colegio Electoral de la Iglesia lo eligió Arzobispo de Tomis, y fue entronizado en la Catedral de Constanza el Domingo de Ramos de ese año. En 2002 recibió de manos del presidente la Orden de la Estrella de Rumania con el rango de caballero.
Un aspecto que me parece digno de resaltar es que los encuentros de Constanza que Teodosie patrocina son una muestra de la fe que tiene depositada en el diálogo interreligioso, pues son días de convivencia entre ortodoxos rumanos, griegos, católicos, protestantes, islámicos y también agnósticos. En esta parte del mundo se conoce muy poco de Rumanía, “el jardín de la Madre de Dios”, como suele decir siempre mi amigo el poeta Eugen Dorcescu, repitiendo las palabras de Juan Pablo II. Menos aún la figura de un líder religioso y cultural como Teodosie Petrescu. Ojalá que esta semblanza sirva para subsanar en parte ese desconocimiento.

*Colaboración para En Provincia.