Guillermo Pilía es sin duda uno de los escritores más prolíficos de La Plata, con más de 30 libros propios publicados. La lista de los premios que obtuvo en 47 años de vida literaria ocuparía varias páginas. Pero al igual que el personaje de Proust, Palamede de Guermantes, que tenía tantos títulos nobiliarios que prefería que sólo lo llamaran barón de Charlus, Guillermo Pilía siempre menciona unos pocos premios. Tuvo una sólida formación, estudió Letras en la Universidad de La Plata y se dedicó a enseñar lenguas clásicas y teoría literaria. Es miembro de diez academias en España, Italia, Rumanía y Grecia, entre ellas la Academia de Buenas Letras de Granada y la Hispanoamericana de Buenas Letras de Madrid, en la que fue elegido presidente. También es ciudadano ilustre de La Plata y secretario general de la SADE Nacional. En 2024 cumplió 45 años con la literatura, dado que su primer libro apareció en 1979, y lo celebró en 2025 con la presentación de Ansias de clara palabra. Antología 1979 – 2024, publicada por Mago Editores de Santiago de Chile. Recientemente se percató de que en el año en curso cumplen diferentes aniversarios cinco de sus libros y sobre eso le preguntamos.

Se cumplen 30 años de la aparición de Huesos de la memoria. ¿Por qué vale la pena recordarlo?
Huesos de la memoria, que efectivamente apareció en 1996, es un libro breve y sin embargo me llevó años escribirlo y decidirme a publicarlo. Finalmente lo hice, como escribí en la contratapa, para exorcizar los años de la peste, en concreto los de la dictadura militar que está a punto de cumplir medio siglo. En mis cuatro libros anteriores ya había referencias al ambiente malsano que se respiraba por esos años. Pero no se podía ser explícito. Mi poesía siempre habló de la dictadura en forma oblicua, lo mío nunca fue la poesía política, pero además era una cuestión de supervivencia. En estos poemas aparecen imágenes muy perturbadoras: la peste, los hospicios, los enclaustrados, los muertos, los cuerpos cribados, la tierra devastada. Se puede leer el libro fuera de contexto y parecería que habla de la precariedad de la existencia. Pero yo preferiría, sobre todo tan cerca del aniversario del golpe de estado, que se lo lea buscando lo que hay por debajo del discurso.
Carlos Barbarito, tu compañero de generación, escribió: “Huesos de la memoria es un acto de exorcismo. Por lo tanto, no se espere del poeta una escritura abocada a la huida ni tampoco, menos, una escritura destinada al goce estético sin más. Sus ojos permanecen abiertos y miran, aunque lo que miran espanta, y convierte cuanto ve en una poesía que, bajo una forma ceñida, sin desbordes, revela, abajo, en su fondo, temblores, angustias, desasosiegos. El mundo de Pilía en este libro es un territorio asolado por la peste, poblado de seres condenados al silencio, donde la vida es una ficción y la muerte lo único real. Pilía pertenece a una generación, a la que yo también pertenezco, marcada por una profunda e indeleble llaga”.
Sí, una llaga que no cierra. Mi propósito era que Huesos de la memoria cerrara una etapa de oscuridad. Pero en prácticamente todos mis libros siguientes siempre aparece algo. Carlos Barbarito, Luis Benítez, yo mismo, pertenecemos a lo que podría llamarse “la generación de la dictadura”. Nos formamos en los años de plomo, tuvimos compañeros desaparecidos, algunos, años después, se suicidaron. Otros prefirieron dejar de escribir. Recientemente el escritor rumano Stefan Dumitrescu me pidió un libro para traducir y publicar en Rumanía y yo elegí este, porque en Rumanía también vivieron bajo una dictadura que todavía hoy se recuerda dolorosamente.

Caballo de Guernica, que cumple 25 años, ¿podemos decir que se aparta de esta línea?
En parte sí, intenté hacer una poesía más luminosa. En ese libro hay unos versos que utilicé para titular la antología que publicaron en Chile por mis 45 años con la literatura: “Ansias de clara palabra, de sílaba / de acento luminoso / como moneda en la taza de un ciego”. Pero la figura del caballo del Guernica de Picasso, llorando con la boca hacia las estrellas, trata de expresar el dolor por toda muerte, la violenta y la que nos involucra como seres finitos. Pero también están las imágenes de la infancia, el deseo de Dios, de buscar la luz como un insecto nocturno. Este libro es importante para mí también por el aspecto formal, porque significó mi retorno al verso medido, a los endecasílabos y heptasílabos, porque creo que el trabajo artesanal con el verso no es hoy algo anticuado, sino revolucionario. La mayoría de los poetas escriben sin el menor conocimiento del ritmo, guiándose solamente por el sentimiento. Y el sentimiento está bien, pero en su nombre se han escrito también atrocidades…
Este libro lo presentaron nada menos que Ana Emilia Lahitte y Horacio Castillo…
Sí, tengo un hermoso recuerdo. Ambos fueron escritores excepcionales y me trataron siempre con mucho respeto. Horacio escribió además la contratapa del libro, que fue publicado por Ediciones Al Margen. Con algunos poemas todavía inéditos de ese libro, que en principio iba a llamarse Campo verbal, gané mi primer premio en España y también el Premio Carlos Auyero de la Cámara de Diputados de la Provincia. Ahora se lo acabo de mandar a la escritora italiana Stefania Di Leo para que lo traduzca a su lengua. Siempre tuve ilusión de verlo en italiano, porque es un libro que suena un poco a la poesía juvenil de Quasimodo, a quien admiro desde mis tiempos de estudiante.
¿Y qué otros poetas han influido en tus libros?
Georg Trakl, al que vuelvo permanentemente, y también Rilke, Montale, Elliot, García Lorca, Cernuda. Pero yo no leo sólo poesía, me apasiona la narrativa y el teatro, y trato de frecuentar todas las formas de arte. De todo ello, y de los viajes, pero también de la vida cotidiana, extraigo la materia prima con la que escribo.

Se cumplen también 15 años de Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama. Un título sorprendente…
Muchos títulos de mis libros son versos heptasílabos: Enésimo triunfo, Cazadores nocturnos, Huesos de la memoria, Herido por el agua, Orfandad de las cosas. Muchos me han dicho que Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama es un título muy bello, y yo siempre aclaro que no me pertenece, que está tomado de unos versos del poeta español Claudio Rodríguez, al que también admiro mucho. Si tuviera que recomendar a alguien un solo libro mío, recomendaría este, porque acá maduran temas de mis libros anteriores o están en germen los de otros libros posteriores: la enfermedad, la muerte, Dios, la infancia, los viajes y también la misma poesía, que es uno de los grandes temas de la lírica contemporánea. Por ejemplo la segunda parte del libro, que se titula “Facultades de humanidad”. No Facultad de Humanidades, que es donde estudié, sino “Facultades de humanidad”. En este libro me animé a hablar sin pudor de algunas cosas muy íntimas: mi vocación religiosa que no cuajó, la historia de mi abuelo, el tango que a una altura de mi vida me acercó a mi padre, la mujer que amaba, el amigo que murió. Por supuesto que todo está más o menos ficcionalizado, porque la poesía no debe confundirse con lo confesional, quien habla en el poema no es el autor, sino un “hablante lírico” que se le puede parecer mucho, pero que en realidad no existe.

En 2016, hace diez años, aparecieron dos libros juntos: Ainadamar y Sobre la cuerda y sin la red. ¿A qué se debió que aparecieran dos en un año, cuando pasaste por períodos de no publicar nada?
Aparecieron juntos pero no fueron escritos al mismo tiempo. Ainadamar es un libro oscuro, desde el mismo título, que significa “fuente de las lágrimas”. Es una fuente que está cerca de Granada y que baja por una acequia hacia el barranco de Víznar, donde fue fusilado García Lorca. El año pasado pude visitar esos lugares. Son poemas sobre la muerte y la fugacidad de la dicha, sobre el silencio de Dios. Todo a partir de una experiencia muy vital, no de libros. Lidia Vinciguerra estaba por publicar una nueva colección de su “Summa Poetica” y el librito fue parte de esa colección. Pero para entonces yo ya venía escribiendo otros poemas, diferentes en las temáticas y en las formas, poemas muy breves, de no más de nueve versos, y cuando lo tuve terminado lo envié al concurso de la Fundación Argentina para la Poesía y obtuve el Premio León Benarós, que implicaba la publicación de libro. Así que el mismo día, en la fiesta de la Fundación, en el Palacio San Miguel de Buenos Aires, recibí los ejemplares de ambos libros. 2016 fue de esos años que los antiguos marcaban con piedra blanca, como decía mi maestro Horacio Castillo, porque además del premio y los dos libros me nombraron ciudadano ilustre de La Plata.
¿Qué significan, en resumen, estos cinco aniversarios?
Borges diría que una obsesión por el sistema decimal, y tal vez tuviera razón. Pero hay algo más, es mirar hacia atrás y ver que voy dejando una obra, libros que para algunos serán buenos y para otros no, que tal vez no estén destinados a trascender, pero que al menos durarán más que mi propia vida. Libros en los que puedo fundamentar el sentirme escritor. Dice el Génesis que en los seis días de la creación, cada vez que terminaba de darle entidad a los seres y las cosas, Dios se detenía a mirar lo que había hecho y consideraba que era bueno. Yo, en una infinitesimal medida, podría imitar ese gesto y decir “esto es bueno”. No en el sentido de calidad literaria, sino de pura bondad. Porque todos los que trabajamos en la creación de belleza, con la palabra, el sonido o los colores, estamos poniendo un granito de bondad y de verdad frente a la crueldad de este mundo.

Fotografías: En Provincia.