El UPD y la fascinación masculina por el estruendo o el botón rojo

Por Guillermo Cavia –

El Último Primer Día (UPD) es esa tradición adolescente que marca el inicio del último año de secundaria. Nacida en Cuyo y expandida por todo el país desde la década de 2010, consiste en pasar la noche en vela, celebrar con amigos y llegar juntos al colegio al amanecer. Lo que parece una postal romántica de juventud, sin embargo, trae consigo prácticas que merecen atención: reuniones masivas, banderas, bengalas, música y, muchas veces, consumo excesivo de alcohol.

Las mañanas de marzo en distintas ciudades se llenan de estruendos y explosiones. Psicólogos y antropólogos señalan que son, en su mayoría, varones quienes protagonizan esos momentos: la atracción por el ruido fuerte, el riesgo y el impacto físico se vincula con una búsqueda de sensaciones intensas. Encender una mecha y alejarse antes de la explosión funciona como un mini desafío: “yo me animé”.

El ruido, nunca ha dejado de sentirse en los oídos de la humanidad, atraviesa culturas y épocas. Desde la guerra y la caza hasta las bombas de estruendo en las plazas, pero ese estrépito ha sido históricamente un territorio masculino. En el UPD, ese componente se exagera: bengalas, humo, explosiones. Es la última vez que esos chicos comienzan un año escolar y lo marcan con toda la potencia sonora posible.

Pero el estruendo no es inocuo. Padres de niños con autismo, vecinos con mascotas, personas que necesitan descansar, pájaros, todos sufren las vibraciones físicas que otros celebran. En ciudades donde el ruido parece normalizado —fútbol, motos, recitales, fiestas—, la prevención se vuelve insuficiente, incluso en ocasiones es inexistente.

Este movimiento adolescente revela algo más profundo: una fascinación cultural por el impacto, por el ruido, por el poder de provocar. Y esa fascinación no se limita a los patios escolares. También atraviesa a los adultos que encienden petardos en Año Nuevo, que buscan motores ruidosos o que sostienen armas. Pero si lo seguimos proyectando se divide como lo haría un átomo que se parte.

El UPD, entonces, no es solo una fiesta juvenil. Es un espejo de una pulsión más amplia: la atracción por el estruendo, por el aspaviento de poder que se condensa en un “botón rojo”. Lo que hoy se encomia con bombas de estruendo en una plaza puede mañana tener su correlato en líderes mundiales, la humanidad es la misma máquina que parece tiene siempre la tentación de apretar ese botón que no enciende un petardo, sino que desata consecuencias globales. Porque si a tantas personas, sobre todo a los varones, les fascina el ruido de las bombas, es inevitable preguntarse: ¿Qué buscamos? ¿Qué tratamos de hacer? ¿Cuál es el sentido de la explosión y el posible daño? ¿Qué reflejo nos muestra nuestro propio destino?

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