Por Guillermo Cavia –
La historia suele jugar con las fechas como si fueran espejos. El mismo día en que se anunció la detención de Nicolás Maduro, se recordó la captura de Manuel Noriega, ocurrida décadas atrás. No es solo una coincidencia: es un signo que invita a leer la política porque los tiempos se entrelazan.
Noriega, dictador panameño, fue detenido el 3 de enero de 1989 tras la invasión estadounidense a Panamá. Su caída simbolizó el fin de un régimen marcado por la corrupción, el narcotráfico y la represión. La fecha quedó grabada, para algunos como un acto de justicia internacional, aunque también para la mayoría, como una herida en la soberanía panameña.
Maduro, ex presidente venezolano, fue detenido por Estados Unidos luego de un bombardeo a bases militares, el 3 de enero de 2026, en un contexto de crisis política y social que llevaba años gestándose. Su captura fue presentada como un desenlace inevitable de un gobierno cuestionado por violaciones a los derechos humanos y por la devastación económica que está atravesando Venezuela.
El paralelismo entre ambas detenciones no es casual: ambas figuras encarnan el desgaste de proyectos políticos que terminaron aislados, enfrentados a su propio pueblo y a la comunidad internacional. La fecha compartida funciona como un recordatorio de que la historia se repite, aunque nunca de la misma manera.
Los pros de la detención de Noriega fueron claros: se desmanteló un régimen criminal y se abrió la posibilidad de reconstruir instituciones democráticas en Panamá. Sin embargo, los contras fueron igualmente evidentes: la intervención militar extranjera dejó miles de muertos y una huella de dependencia que aún se discute. Solo hay que tener memoria.
En el caso de Maduro, los pros se expresan en la esperanza de millones de venezolanos que sueñan con un futuro distinto, con la posibilidad de recuperar la democracia y la dignidad perdida. Pero los contras también pesan: la detención abre interrogantes sobre quién ocupará el vacío de poder y si el proceso será realmente soberano o tutelado desde afuera.
Noriega fue juzgado en tribunales extranjeros, lo que debilitó la idea de justicia nacional. Maduro enfrenta un dilema similar: ¿será juzgado en Venezuela, como acto de soberanía, o en instancias internacionales, como parte de una justicia global? Todo hace parecer que será juzgado en Estados Unidos.
No tengo dudas que lo que los acontecimientos seguirán marcando el rumbo de la memoria política latinoamericana. Ahora es el momento de observar porque todo lo que se diga acerca de lo que está ocurriendo no cambiará los hechos. La observación es lo que nos dará en el futuro el veredicto de lo que ahora se están llevando a cabo.
En el caso de Noriega y el de Maduro, la detención no es solo un hecho policial o judicial: es un acto que redefine la relación entre pueblo y poder. La caída de un líder concentra las esperanzas de cambio, pero también los temores de repetir viejas dependencias.
Como recuerda Gabriel Negri en Comunicación Política, periodistas, política y la opinión pública*, en el apartado Opinión Pública y Democracia: “La opinión pública como control social busca garantizar un nivel suficiente de consenso social sobre los valores y los objetivos comunes, y no es casual que esta perspectiva vincula entre sí el nivel individual y el nivel social por medio de la noción de clima de opinión, es decir, el marco social sobre en el cual se produce la transformación de la suma de las opiniones individuales en opinión pública a causa de la continua interacción social de las personas.”
La historia nos recuerda que las fechas no son inocentes: cuando dos detenciones se cruzan en el calendario, lo que se abre es un espejo. Ni más ni menos que el reflejo de otros acontecimientos que además tienen hasta la misma fecha, un 3 de enero. Nada es azar.
*Libro completo: http://sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/65185/Documento_completo__.pdf-PDFA.pdf?sequence=3&isAllowed=y
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