Editorial –
En Qatar, Sofía Martínez hizo lo que millones de argentinos soñábamos: decirle a Lionel Messi, en plena consagración, lo que sentimos en lo más profundo. No fue un gesto menor: fue la voz de un país entero, condensada en una periodista que supo transformar la emoción colectiva en palabra viva.
En el mundial antes de la final, la periodista le dijo al Capitán de la selección: “Lo último que te voy a decir no es una pregunta, sino que solamente te quiero decir que se viene la final del mundo y, si bien todos queremos ganar la Copa, quiero decirte que más allá del resultado hay algo que no te va a sacar nadie: atravesaste a cada uno de los argentinos, de verdad te lo digo, no hay nene que no tenga tu remera, que no sea la original, la trucha o la imaginaria, marcaste la vida de todos y eso para mí es más grande que cualquier Copa del Mundo, eso no te lo va a sacar nadie”, dijo Martínez, visiblemente emocionada por la cercanía con Lionel.
Pero lo que debería haber sido celebrado como un acto de comunión nacional fue rápidamente ensuciado. Algunos medios eligieron el camino más fácil y más pobre: la sospecha, el rumor, la banalización. En vez de reconocer la grandeza de un gesto que nos representó, prefirieron instalar la idea de un vínculo personal más allá de lo profesional.
La respuesta de Antonela Roccuzzo, esposa del Capitán, fue tan clara como necesaria: “A la gilada ni cabida.” Esa frase no solo defendió a Sofía Martínez, sino que expuso la enfermedad cultural que nos atraviesa: la incapacidad de valorar lo auténtico, la tendencia a desvirtuar lo que nos debería unir, la falta de empatía que convierte la palabra sentida y verdadera, en chisme.
Es lamentable que en un país donde la pasión futbolera es identidad, todavía haya sectores que prefieran el ruido al reconocimiento, la sospecha al respeto, la frivolidad a la cultura. Porque lo que ocurrió en Qatar no fue un detalle: fue un momento de representación nacional. Y cuando una periodista logra ser la voz de millones, lo mínimo que deberíamos hacer es honrar ese gesto, no degradarlo.
La palabra de Sofía Martínez nos recordó que todavía existen voces capaces de encender la llama de lo colectivo. Si no somos capaces de reconocerlo, el problema no está en la periodista ni en Messi: está en nosotros, en nuestra cultura, en nuestra forma de mirar. Y ahí es donde debemos dar la batalla.
Fotografía: Archivo web.