Por Guillermo Cavia –
Hay noticias que uno lee y sigue. Hay otras que obligan a detenerse. No porque sean extraordinarias, sino porque son tan brutales, tan absurdas y tan innecesarias que cuesta entender qué clase de sociedad estamos construyendo. Esta semana, dos hechos ocurridos en la provincia de Buenos Aires vuelven a poner delante nuestro una pregunta incómoda, de esas que preferiríamos no hacernos: ¿qué queda de la humanidad cuando somos capaces de hacer sufrir deliberadamente a un animal?
En Santa Teresita, un lobo marino de casi 200 kilos fue encontrado gravemente herido debajo de un muelle. Había recibido un disparo de arma de fuego a la altura del hombro derecho, una lesión que le provocó una fractura, una contusión pulmonar y una infección que avanzó durante varios días hasta convertirse en una sepsis. Fue rescatado y trasladado para recibir atención veterinaria, pero murió poco después. Lo más doloroso, quizás, es pensar que no murió inmediatamente: agonizó durante días. Durante días llevó consigo una herida provocada por un arma humana, hasta que su cuerpo no pudo soportarlo más. Un animal que no comprende nuestras disputas, nuestros intereses, nuestras miserias ni las razones por las que alguien decidió dispararle. Simplemente estaba allí.
Y mientras todavía cuesta digerir esa historia, aparece otra, esta vez en Temperley. Una cámara registró a un adolescente de 14 años acercándose a un gato que descansaba en una vereda. Primero lo acarició. Después le pisó violentamente la cabeza y siguió caminando. La Justicia inició una investigación de oficio y el episodio generó un fuerte repudio. El gato, según la información difundida, logró sobrevivir. Pero hay imágenes que sobreviven mucho más allá del momento en que fueron registradas. Y la de ese chico alejándose caminando después de la agresión resulta particularmente perturbadora, porque no muestra solamente un acto de violencia: muestra también una aparente indiferencia frente al dolor que acaba de provocar. Como si nada hubiera sucedido. Como si delante de sus pies no hubiera quedado un ser vivo.
Quizás el problema no sea solamente la crueldad. Quizás sea algo todavía más profundo: la pérdida de la capacidad de reconocer al otro como un ser que merece no sufrir. Entonces es donde me surge una y otra vez el sentido de la palabra humanidad que, debería significar, entre muchas otras cosas, la capacidad de conmovernos ante el dolor ajeno, de detenernos frente a quien necesita ayuda, de cuidar aquello que depende de nosotros y de entender que tener poder sobre otro ser no nos otorga el derecho a lastimarlo. Sin embargo, cada tanto aparecen estas escenas que parecen mostrarnos exactamente lo contrario. Un animal baleado que agoniza durante días. Un gato atacado en plena calle. Y detrás de ambos casos aparece una misma sombra: la idea, consciente o inconsciente, de que existen vidas que valen menos.
Ese es quizás el verdadero peligro. Porque la violencia contra los animales suele quedar relegada a un segundo plano, como si se tratara de un problema menor frente a otras formas de violencia que consideramos más graves. Pero no debería serlo. No se trata solamente de un gato, de un perro, de un caballo o de un lobo marino. Se trata de nosotros. De lo que somos capaces de hacer cuando creemos que nadie nos está mirando. De qué hacemos con aquello que no puede defenderse. De cómo reaccionamos frente al sufrimiento de quien no puede devolvernos el golpe. Y también de qué hacemos como sociedad cuando vemos que alguien cruza ese límite.
Uno quisiera pensar que estos son casos aislados, excepciones protagonizadas por personas que no representan a nadie más que a sí mismas. Imbéciles de turno. Y probablemente sea cierto que la enorme mayoría de las personas jamás sería capaz de semejante crueldad. Pero también es cierto que estas historias se repiten demasiado. Animales golpeados, abandonados, baleados, quemados, atropellados deliberadamente o utilizados como objetos descartables. A veces son noticias que ocupan unos minutos en las redes sociales y después desaparecen, reemplazadas por la siguiente indignación.
No está bueno que nos acostumbremos a que existan personas capaces de hacer estas cosas. Como tampoco lo está que el horror dure apenas lo que dura una publicación en una pantalla. Que veamos el sufrimiento, sintamos indignación durante unos minutos y después sigamos con nuestras vidas como si nada. Que un lobo marino agonizando debajo de un muelle sea simplemente una noticia más y que un animal atacado brutalmente en una vereda sea apenas otro video que circula durante unas horas.
Hace tiempo entiendo que la palabra humanidad queda suspendida en el aire. ¿Qué significa realmente? ¿Alcanza con pertenecer a la especie humana para considerarnos humanos? ¿O la humanidad también es una conducta, una forma de relacionarnos con los demás, una capacidad de poner un límite a nuestros propios impulsos y de comprender que la vida ajena tiene valor aunque no pueda hablarnos, reclamarnos ni defenderse? ¿O acaso la humanidad es un mosntruo?
No hay que olvidar que la humanidad es un monstruo
A veces, frente a noticias como estas, uno siente que no hay salida. Que algo se rompió en nosotros. Que construimos sociedades capaces de enormes avances, de desarrollar tecnologías extraordinarias, de comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta y, al mismo tiempo, somos incapaces de garantizar algo tan elemental como no hacer sufrir deliberadamente a un animal indefenso. Parece una contradicción imposible de resolver. Y quizás por eso resulta tan difícil no caer en la desesperanza.
Pero hay algo que todavía importa. Nos indigna. Nos duele. Nos obliga a hablar. Hay personas que rescatan a ese animal, veterinarios que intentan salvarlo, vecinos que denuncian, organizaciones que intervienen, investigadores que buscan responsables y comunidades que se niegan a aceptar la violencia como algo normal. Eso también somos nosotros. Y quizás allí exista una pequeña posibilidad de salida.
Por eso, aunque estas historias nos hagan pensar que no hay salida, quizás la salida no consista en negar la oscuridad, sino en no acostumbrarnos a ella. El día verdaderamente peligroso no será aquel en que aparezca otro animal maltratado. Será el día en que lo veamos y ya no nos pase nada.
Ese día sí habremos perdido algo esencial. Y entonces la palabra humanidad habrá quedado definitivamente vacía.
Igualmente no quiero dejar esta columna sin un profundo deseo, es para aquellos que le hace mal a los animales, que merezcan en carne propia el dolor y daño que causan. También que no olviden que seguramente son hijos de imbéciles, a la vez es probable que sean también nietos de imbéciles y seguramente van a ser o ya los son, padres de imbéciles.
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