Los escritores distintos a sí mismos

Por Elvira Yorio* –

Una obra, a veces catapulta a un escritor a la fama, pero en verdad solo puede conocérselo a fondo, cuando se analiza toda su producción. Entonces nos encontramos con autores como Camus, que en el libro “El extranjero” (1942), crea un personaje individualista en extremo, egoísta e indiferente hacia el otro. Un ser, ni bueno, ni malo, espiritualmente vacío, carente de principios y creencias… simplemente amoral. Cuya única cualidad, su implacable sinceridad, lejos de beneficiarlo, contribuye a condenarlo. Cuesta creer que ese mismo autor, cinco años después, escribiera “La peste” (1947), novela que exhibe y exalta la solidaridad, más que solidaridad, diría “fraternidad” entre los hombres.

En “El extranjero” muestra la angustia del hombre frente a un mundo que, progresivamente, va perdiendo su sentido. El conflicto insoluble del que pretende “ser distinto”. Su protagonista, Meursault, pertenece a una sociedad en cuyo seno la normalidad, no deja de ser un concepto convencional, y por ende, arbitrario. En cambio, en “La peste”, muestra descarnadamente la pugna entre el bien y el mal. El protagonista se inclina hacia lo positivo, cuando expresa: “En los hombres hay más cosas dignas de admiración que de desprecio.”  Ante la trágica irrupción de una epidemia para la cual nadie está preparado, describe con maestría la actitud que adopta el ser humano frente a la desgracia. En especial, perfila tres personajes entrañables. El médico, Rieux, noble, abnegado, consecuente con su vocación. El sacerdote, que participa de la situación con rigidez, al inicio abroquelado en consignas propias de su ministerio, y después se va humanizando. (No tiene desperdicio esa discusión establecen ambos, equivalente a un contrapunto entre la fe y la ciencia). El periodista Rambert, en principio indiferente al drama que circunstancialmente le toca vivir como corresponsal de un diario francés, va transformando su visión sobre la situación, y termina involucrándose. Sin embargo, también están los siniestros personajes que, prevaleciéndose de ese hecho desgraciado, especulan y obtienen ventajas personales, a costa de la desesperación ajena (Cottard).  Una gran obra, que conserva actualidad, de un autor que transitó en sus ideas políticas desde el comunismo revolucionario, a una posición superadora de todo partidismo, abogando por la supremacía de los principios éticos y el imperio de la verdad.

Otro escritor que registra cambios en sus obras a través del tiempo, es Vargas Llosa. En él, como en muchos otros intelectuales americanos, es dable apreciar una fuerte inclinación hacia las izquierdas en su juventud y una posición más moderada en su madurez. Por ejemplo “La ciudad y los perros” es una novela, escrita en 1963. Contiene una acerba crítica contra la hipocresía de una sociedad que mantiene a ultranza convenciones vacías de contenido. Desprecia instituciones tradicionalmente consideradas de élite, como la familia aristocrática, la iglesia, con sus dogmas impuestos y el ejército, un estamento que siempre usufructuó privilegios, aunque está colmado de defectos. Habrían de transcurrir casi dos décadas, para advertirse una modificación profunda en el pensamiento de este autor. Corre el año 1981 y publica “La guerra del fin del mundo”, donde ya es dable observar un radical cambio de perspectiva. En “El pez en el agua” (1993), es donde con más nitidez se aprecia. Tal vez porque en esta obra autobiográfica, es el propio escritor quien evoca su trayectoria. Con absoluta franqueza memora sus simpatías juveniles por el comunismo, y el posterior abandono de ese ideario, para abrazar en sus últimos años, una postura liberal.

Giovanni Papini, el injustamente postergado escritor italiano, que escribió en 1911 “Memorias de Dios” desde una posición de ateísmo, y próximo al término de sus días (1956), vuelca en su obra “El juicio universal” todo el fervor de su conversión al catolicismo. En sus comienzos periodísticos, en una revista publica: “Las religiones, la moral, las leyes tienen la única excusa en la debilidad y vileza de los hombres…” revindicando ideas belicistas (“Amamos la guerra”), de las que luego se arrepiente y retracta. En 1921, escribe “Historia de Cristo” ya plenamente instalado en la práctica religiosa, en la que se mantuvo hasta su muerte.

Fernando Pessoa, el prestigioso escritor portugués, estaba en desacuerdo con la coherencia a ultranza. Predicaba la necesidad de reinventarse permanentemente, advertía sobre el peligro de la automatización. Tal vez por eso empleó varios heterónimos para expresarse, en verdad personajes distintos, que sin embargo son uno: él mismo. La fragmentación del ser humano, la multiplicidad de voces que pueden poblarlo, tuvo en el autor una manifestación inusualmente prolífica y genial. Leer sus obras es ingresar a un mundo sorprendente donde se exploran los sentimientos más íntimos del ser humano, a veces los más negativos; en ocasiones se pueden percibir influencias tan disímiles como la teosofía y la masonería, haciendo incursiones en el ocultismo y la astrología. Se le atribuye haber dicho: “Para crear me destruí; tanto me exterioricé dentro de mí, que dentro de mí no existo sino exteriormente…”

También en otro Nobel americano, puede observarse un cambio fundamental en su escritura, en distintas etapas de su vida. Me refiero a Gabriel García Márquez. Él fue un periodista nato, orgulloso de un oficio, en cuyo ejercicio era y sigue siendo imprescindible el apego a la verdad de los hechos. Y sus primeras incursiones en la literatura delatan ese origen. Ya en el año 1955 empiezan a aparecer estas pequeñas obras maestras: “La hojarasca”, “Relato de un náufrago”, la joya que pulió con apasionado esmero: “El coronel no tiene quien le escriba”, y también “La mala hora”, “Los funerales de la mama grande” … y alguna otra dentro del mismo estilo. Pasa el tiempo, y en un momento dado, ya en los años 60, vaya a saber que recóndito recuerdo de su infancia, lo empuja a reconciliarse con los relatos heredados de sus ancestros, donde lo fantástico se mezcla sugestivamente con lo real. Seguramente algo tienen que ver en ese viraje, Kafka y Rulfo. Igual que tantos otros escritores, también Gabo, como enseña Harold Bloom, debe “arrastrar la carga de las influencias, si desea alcanzar una originalidad significativa dentro de la riqueza de la tradición literaria occidental.” Y ¡vaya si lo logra!  Desde distintas perspectivas, irrumpe en el panorama literario entonces en vigencia, inaugurando una nueva forma de contar. “Cien años de soledad”, “El otoño del patriarca”, “Crónica de una muerte anunciada”, “El amor en los tiempos del cólera”. El estilo cercano a lo periodístico, la frase corta y el dato exacto, va perdiendo nitidez ante el estiramiento de las palabras, en verdad largas oraciones que tienen mucho de barroco, donde la tensión narrativa es reemplazada por la fantasía, y hasta por la irracionalidad. Aun siendo evidente que la novela era una narración disparatada o si se prefiere, un relato inverosímil, el público lo acogió con verdadera avidez, como si se estuviera necesitando abandonar las reglas cuidadosamente aprendidas y aplicadas por décadas, en procura de otra forma de transformar la realidad.

Thomas Mann fue un pensador sorprendente. Conmovedora descripción de la psicología del enfermo en “La montaña mágica”, con inolvidables personajes que discurren sobre los temas que conmocionan al ser humano en todos los tiempos; o la pugna interior de un hombre maduro para aceptar su propia decadencia y las sinrazones del deseo, con el telón de fondo de un ambiente social que empieza a mostrar su deterioro, magistralmente mostradas en ”Muerte en Venecia”; o esa maravillosa obra, inspirada en Goethe, que confiere nueva vida a un antiguo mito, entrelazando su leyenda con la música. Precisamente, el protagonista, en su pacto con el diablo, no pide vida eterna, sino inspiración para componer su obra maestra. El precio que deberá pagar es horrible: renunciar al amor. Ha sido calificada como una lección filosófica sobre los límites del arte, y además, acerca de tópicos abordados en otras creaciones de Mann: la decadencia, la muerte, el miedo, la vanidad del genio… Por eso leer “Meditaciones de un apolítico” (1918) nos sitúa lejos de todas aquellas obras. Desde luego que estuvo influido por los conflictos de ese tiempo convulso (fin de la primera guerra mundial). En ese momento se muestra ajeno a las luchas partidistas, pero es sensible a la contradicción que advierte en su amada patria. Siempre estuvo en contra de los totalitarismos y posteriormente, se opuso al nazismo, del que fue crítico acérrimo. Su postura le significó perder su nacionalidad alemana, y también la quema pública de sus libros. A punto tal que se exilió en Estados Unidos y en Suiza, donde murió.  Consideró peligrosa e inmoral la incursión del arte en la política. Diferenciándose de otros escritores, como Sartre, que llegó a sacrificar sus propias convicciones, en aras de apoyar al Partido Comunista

Los autores cambian. Dejan el periodismo por la novela, la poesía queda relegada por el cuento policial. Adoptan otro género, otro estilo, otro mundo. Pero siguen fieles a sí mismos. Aunque el tiempo y las circunstancias los transformen, los motiven a ser distintos. Y eso es bueno, porque el arte no debe ser una repetición de fórmulas. Es una herramienta de crecimiento. Lo nefasto sería que, para no cambiar, traicionaran lo que son.   

*Colaboración para En Provincia.

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