Rescatando a Antonin Artaud

Por Elvira Yorio* –

En las postrimerías del siglo XIX, viene al mundo Antonín Artaud que transitaría desde sus comienzos, una existencia signada por la tragedia, gestando esa angustia personal que nunca logró superar. La mayor parte de su vida fue un conflicto en tortuosas vías de resolución. Dicen que la línea que separa la cordura de la locura es muy fina. Distinguir lo que tenemos dentro, de aquello que nos rodea, suele ser difícil, porque a veces se desorganiza nuestro interior y ese “magma” se desborda hacia el afuera. Lo grave no es la salida, o sea estar “fuera de sí”, sino carecer de la posibilidad de regresar a uno mismo, después de haber cruzado aquella línea. Casi todos tuvimos alguna incursión por la locura y hemos logrado volver. Artaud sostuvo una lucha permanente en ese ámbito. Desde ya que no fue el único genio que soportó esos padecimientos, podría decirse que fueron comunes entre los denominados poetas “malditos”, cuyas circunstancias personales les obligaron a debatirse entre la grandeza y la miseria, pese a su incuestionable talento. Verlaine, inspirado en Baudelaire, acuña esa expresión para identificar a un grupo de artistas que renegaron de la burguesía imperante a fines del siglo XIX. Entre ellos estaban Rimbaud, Mallarmé, Baudelaire, y aún Edgard Alan Poe… quienes se oponían a todo convencionalismo social y despreciaron cualquier regla coactivamente impuesta. En esa defensa a ultranza de la libertad, cayeron en algunos reprochables excesos. De cualquier modo, ese poderoso hálito innovador que insuflaron a la literatura, tuvo numerosos seguidores, dando origen a la corriente surrealista. Artaud reconoció pertenecer a ese movimiento que, más allá de constituir una escuela artística, él sintió como una “forma de ver el mundo”. A través de Max Jacob, trabó relación con Bretón, Éluard y otros, pero esa labor en común se interrumpió, cuando advirtió que se está promoviendo una revolución política en favor del comunismo. Escribe un encendido manifiesto titulado “En la gran noche o el bluff surrealista”, en el cual sostiene que “el arte no puede transformarse en el instrumento de propaganda de un partido”. Tiene treinta años, y ya ha sufrido tratamientos traumáticos e internaciones en algún establecimiento psiquiátrico, pero no se rinde. La hipocresía de la sociedad lo moviliza para crear un teatro distinto, buscando conmover al espectador, de ninguna manera, entretenerlo superficialmente. Concibió una idea que se arraigaría con fuerza en él, cada espectáculo teatral debía constituir un acontecimiento único, desechó la repetición. Y también creó otra forma de entender el teatro: convertirlo en una ceremonia, profana y sagrada, a la vez que alejada de lo puramente racional. Estaba convencido de que el espectador debe ser puesto en contacto con sus instintos más primitivos, verdades inconfesables y temores ocultos. Despreciaba el teatro complaciente y frívolo propio de la burguesía, tratado de transformar al arte en una experiencia vital. En sociedad con dos amigos, Robert Aron y Roger Vitrac, con quienes compartía estas ideas, deciden fundar un teatro que, pese a tener pocas funciones (por los problemas económicos que debía afrontar), fue una de las propuestas más revolucionarias de las primeras décadas del siglo XX. Esa experiencia, y su admiración por el teatro oriental, permiten que fermente su mejor idea: el teatro de la crueldad. La palabra “crueldad” parece remitir a conceptos tales como maldad o sadismo, pero el significado es otro. Jacques Derridá ha sido uno de los ensayistas que más certeramente analizaron su obra. En el libro “El teatro de la crueldad y la clausura de la representación” explica como el autor posterga el texto escrito en escena. Para ello se refiere a la posición crítica de Artaud respecto de la teología y el logocentrismo, lo cual traduce como el deseo de suplantar el teatro tradicional. El lenguaje hablado prevalece sobre la escritura. Consideró a la voz como el registro primario de la expresión, relegando a la escritura a un segundo plano.  

La poderosa influencia de Artaud se proyectó no solo al teatro y a la literatura, sino que incidió en la filosofía y en las artes en general. Dirigió en un momento dado, la “Revista Revolución Surrealista” y adquirió fama (no muy buena) cuando se hicieron públicas sus “Cartas a los Poderes.” En ellas, criticó acerbamente a todos los poderes constituidos, expresándose en contra del Vaticano y también de las autoridades universitarias, sin concesiones, poniendo de relieve graves falencias institucionales.

¡Qué curioso! Estoy convencida de que Artaud podría haber sido gran amigo de Vicent Van Gogh. De hecho, se sintió atraído y subyugado por la personalidad y la obra del pintor, analizando distintos aspectos de su vida. Ese impresionismo, libre de toda forma establecida, con empleo arbitrario de los colores, aun cuando parecía inspirarse en la naturaleza… le era familiar.   Es evidente su identificación con el artista, a punto tal que escribió un ensayo que tituló “Van Gogh, el suicidado por la sociedad.” Para muchos, entre ellos André Breton, es la obra cumbre del escritor, porque en ella revela múltiples aspectos de su propia personalidad. Artaud era consciente de sus alteraciones mentales y, de alguna manera, se erigió en vocero de los genios alienados, marginados por la incomprensión de sus contemporáneos. Sostenía que los tratamientos psiquiátricos exacerbaban la enfermedad, en vez de aliviarla. Largos años de internación, le significaron un enorme sufrimiento tanto físico cuanta moral, que implicaron transitar amargas experiencias emparentadas con la muerte. Su padecimiento corporal (por ejemplo, atroces sesiones de electroshock a las que fuera sometido) no mellaron su inteligencia, ni esa especie de peculiar lucidez de la que hizo gala hasta sus últimos momentos.

Podría compararse a Artaud con otros artistas, pero creo que es con Isidoro Ducasse (conde de Lautreamont) con quien guarda más similitudes. En efecto, las vidas de ambos tuvieron connotaciones dramáticas y sufrimientos que, posiblemente les condujeron a rebelarse contra las estructuras establecidas por una sociedad que consideraron decadente. En Cahiers de Sud 275/1946, Artaud escribe: “si Lautreamont no se hubiera muerto a los veinticuatro años, al principio de su existencia, también habría sido internado como Nietzsche, Van Gogh, o el pobre Gerard de Nerval.” Y agrega que esas voces fueron acalladas, ante el temor de que “su poesía saliera de sus libros y revirtiera la realidad.”

Por supuesto que Artaud tuvo sus acólitos.  Samuel Beckett muestra la influencia que produjo en su obra, particularmente en “Fin de partida” (1957) pieza en un acto, que muestra la pugna de dos jugadores de ajedrez. Drama sobre la infelicidad desde el absurdo. También, esa influencia se manifiesta en “Esperando a Godot” (1953), posiblemente el libro más difundido del irlandés. Lo cierto es que ambos autores, fueron dos pilares fundamentales del teatro moderno, pues rompieron la estructura del drama tradicional. Alejados de lo poético, quisieron desnudar los conflictos existenciales. Subrayaron el significado de la incomunicación en la sociedad, asignando importancia al lenguaje corporal, a los silencios, a los espacios escénicos, con predominio de luces y sombras.  Tanto el teatro de la crueldad, como el teatro del absurdo, abjuran del realismo y ponen de relieve la decadencia del racionalismo. Así mismo se confiere más protagonismo a lo que el espectador percibe a través del cuerpo del actor, que a los parlamentos que podría llegar a recitar. Artaud creía que había espacios mentales a los que no se podía acceder mediante las palabras. Por eso preconizaba otro tipo de lenguaje superador de las palabras.

Otro seguidor de Artaud, fue el director Peter Brook, que fundó un teatro diferente, el “Teatro sagrado”. Autor de “El espacio vacío” (1968), ensayo en el que sostenía la idea de que el teatro de ficción, basado en fórmulas inveteradamente aprendidas y reiteradas, está caduco, y es totalmente artificial. Al lado de la concepción teatral que apoya la estructura de la obra en la escenografía y el decorado, propuso hacer notar lo invisible, con una impronta fuertemente espiritual. El teatro que sustentaron Artaud y Brook fue un espectáculo en perpetua transformación, un teatro que se renovaba en cada función. Intercambio de actor y espectador, o si se quiere, una complementación entre ellos, participando de escenas en las que un director correcto, debería mantener solo lo estrictamente necesario.

Desde la antigua Grecia hasta la actualidad el teatro ha concitado el interés de la comunidad. Parecería que, en un principio, eran actuaciones dedicadas a grupos corales: algo así como historias cantadas en conjunto, himnos, denominadas ditirambos. Tespis (534 años A.C.), un poeta y también escritor de narraciones, concibió la idea de entablar una especie de diálogo con el coro. Tuvo inmediata aceptación y dio así comienzo a la actuación dramática. Se lo evoca como el primer actor de la historia. Después, Esquilo y Sófocles hicieron maravillosos e imperecederos aportes, que el teatro universal continúa celebrando.  Se recuerda a Antonin Artaud como una figura emblemática del teatro francés, pero más allá de eso, por su admirable fortaleza espiritual, su actitud frente a la adversidad y su enorme talento, que conservó pese a las trágicas circunstancias que debió afrontar. Como afirmara Pichón Riviere, “El proceso creativo es el intento más logrado de elaboración y superación del sufrimiento psíquico.” Para Artaud seguramente lo fue.              

*Colaboración para En Provincia.      

Fotografía: Archivo web.