Por Elvira Yorio* –
¿Por qué un ser humano consagra su vida a una causa noble en favor de los demás? A lo largo de la historia hemos comprobado muchos casos de generosa entrega, sin espera de retribución ninguna. Sorprende esa posición, que contrasta con el afán especulativo de las mayorías dominadas por la ambición e intereses personales. ¿Cuál motivo determina que una persona prescinda de comodidades, fama, diversiones y halagos, para vivir modestamente y hasta con privación y sacrificio, solo por ayudar al prójimo? Podría atribuirse a mandatos religiosos, o tal vez obedezca a alguna matriz de aprendizaje muy particular. Sea cual fuera el origen de ese accionar, lo cierto es que obras perdurables y de benéfico impacto en la comunidad, han nacido al amparo de piadosas iniciativas privadas e individuales. Sin duda, una figura paradigmática en tal sentido, fue Albert Schweitzer. (1875-1965). Nació en Alsacia, y estudió teología y filosofía en la Sorbona, diplomándose a los 25 años. Se especializó en Goethe y Kant. Fruto de sus investigaciones es un magnífico libro, “La búsqueda del Jesús histórico” (1910) tratando de encontrar fundamentos racionales a la religión, que corroboró sus dotes de teólogo. Después estudió medicina. Como si ello fuera poco, también, en forma concomitante, se destacaba como virtuoso del órgano, llegando a ser eximio intérprete de Bach, sobre quien escribió un magnífico ensayo, “Bach, el músico poeta”. Como concertista, actuó en importantes teatros del mundo, con gran suceso. Llegó así al año 1913, se graduó de médico y viajó de inmediato con su esposa, Helene Bresslau, a Gabón, África ecuatorial (entonces una colonia francesa), donde proyectaba construir un hospital. Arribó a Lambaréné, en plena selva, ya tenía treinta y ocho años, con esa fuerza vital intacta que conservaría hasta el fin de sus días. Logró su propósito, y así empezó a funcionar un establecimiento ajeno a la ortodoxia sanitaria. El hospital no era un edificio, sino un poblado, algo como una aldehuela de setenta casas de madera, donde los enfermos, además de la atención médica que recibían, podían ser acompañados y cuidados por sus familiares. Se cultivaba una huerta, frutales, y se criaban animales. Fue acerbamente criticado. Schweizter respondía a esas objeciones, aclarando que no quería ahuyentar a los eventuales pacientes con ambientes que les produjeran extrañeza o desconfianza, y los disuadieran de concurrir a asistirse. Razón no le faltaba, ya que se trataba de personas muy primitivas, que habían sufrido reiteradas humillaciones inferidas por los blancos, y tenían reparos propios del que está frente a lo desconocido. Por eso resultó tan inconsistente la objeción que en distintos medios se le formulara, imputándole un trato excesivamente paternalista con la población africana. Entre otras cosas, probablemente extrañara a los ocasionales visitantes, que no se combatiera a los animales, ni aun a los insectos. Schweitzer afirmaba con plena convicción: “Es bueno preservar y promover la vida; es malo dañarla y destruirla. Y esta ética, profunda y universal, tiene la importancia de una religión. Es la religión misma.” Los planes se concretaron, las construcciones se fueron cumpliendo por etapas, trabajando en ocasiones como un operario más. En calidad de médico, atendió desde un parto, a cirugías, enfermos de lepra… Hasta su esposa, adquirió conocimientos de enfermería para colaborar en la tarea cotidiana. Pasaron los años, inmerso en esa tarea que no aflojó, porque no podía aflojar nunca. Continuó escribiendo, en 1921 “Entre el agua y la selva”, donde refiere sin dramatismos, las dificultades de toda índole que tuvo que afrontar, en sus comienzos en Lambaréné. En 1923 “La filosofía de la civilización”, en la que defiende “el respeto a la vida como fundamento efectivo para un mundo civilizado”. Su prédica fue incesante: “El hombre es ético solo cuando la vida como tal le es sagrada, tanto la de las plantas y los animales, como la de sus semejantes, y cuando se dedica a ayudar toda forma de vida que necesite auxilio.” En 1924 confiesa cómo despertó su vocación de trabajar en África, en el libro “Memorias de mi infancia y juventud”. En “Mi vida y mi pensamiento” (1931), explica cómo grandes pasiones, que durante algún tiempo cultivara con éxito: la filosofía, la teología y la música, cedieron paso a la medicina, en un ejercicio que le atrapó sin concesiones. En el 1952, le otorgaron el Premio Nobel de la Paz, cuya entrega se concretó en el 1953. Lo recibió alborozado, ya que el dinero del premio posibilitó ampliar el hospital de Lambaréné y también edificar un leprosario. En forma similar, había invertido el dinero recaudado en sus recitales como concertista de órgano.
Cinco años después, se produjo un significativo encuentro entre este hombre singular, ya de 82 años, y un periodista de 23. Arribó a África Walter Munz, argentino-suizo, (1933-2021) estudiante de medicina, designado para esa entrevista dado que acababa de obtener una importante distinción como reportero. El joven, profundamente impresionado con la personalidad y la obra de Schweitzer, permaneció en África durante quince días y escribió un memorable artículo. Regresó a su país, y culminó sus brillantes estudios de médico, tras lo cual, decidió volver a Lambaréné, pues sintió el imperativo que debía cumplir allí su futuro destino. Se transformó así, en el estrecho colaborador y asistente personal de quien ya había adoptado como maestro y como padre espiritual. A la muerte de Schweitzer, ocupó su lugar, y permaneció allí, en inclaudicable servicio el resto de su vida. Me permito insistir sobre este personaje, ya que poco se sabe de él y sin dudas, es una figura que vale la pena conocer.
Walter Munz nació en Argentina, de familia helvética, pasó niñez y adolescencia, en Suiza. En 1957, la prensa de ese país anunciaba que había ganado el Premio Anual “Pluma de Oro”, al mejor periodista, en virtud de lo cual, se le encomendó que entrevistara al premio Nobel Albert Schweitzer. Lejos estaba de suponer que ese reportaje trastocaría su vida por completo. Obtenida la diplomatura en medicina, tuvo múltiples ofrecimientos para desempeñarse como docente e investigador en los más caracterizados centros científicos europeos, pero no aceptó. Escribió una magnífica obra titulada “Couer de gazelle et peau d’hipopotame” título tomado de una frase que su maestro solía repetir, pues el trabajo en la selva exige tener corazón de gacela, con la sensibilidad necesaria para hacerse cargo del dolor ajeno, pero con la dura piel del hipopótamo, o sea la fortaleza necesaria para soportar obstáculos materiales y espirituales como la enfermedad, la miseria, la ignorancia, la incomprensión y la muerte. En ese libro, narra los últimos años de Albert Schweitzer y los progresos que se fueron incorporando al hospital. Destaca que el anciano médico continuó trabajando con ahínco hasta los 90 años, en plena lucidez, siempre con su asistencia. Describe la muerte del querido maestro, como la partida serena de un justo, en una sencilla cama del hospital al que se dedicó por entero. En su último cumpleaños, había reafirmado su convicción de que ésa era su casa, y pertenecería al grupo humano que lo rodeaba “hasta el último aliento.” A Munz, Schweitzer no le enseñó medicina, sino ética, algo que el periodista-médico nunca olvidó, pues ambos asumieron y ejercieron esa profesión como un apostolado.
La enorme humildad y reserva de este argentino, médico y periodista, determinó que, para conocer un poco más de su vida, fuera menester recurrir a otro médico, el francés Jean Pierre Willem (1938), médico cirujano, antropólogo e iniciador de la etnomedicina. Un gran hombre, que desarrolló incansablemente labores humanitarias en lugares inhóspitos: Argelia, 1959; Ruanda, 1966; Laos, 1977; Vietnam y Camboya 1970 etc. Pasó una temporada en Lambaréné, en 1964, se desempeñó como asistente de Schweitzer y conoció a Munz, con quien trabajó y trabó una duradera amistad.
En el libro “Memorias de un médico descalzo”, Willem describe con admiración esa magna obra creada por uno y continuada por el otro. Recuerda sus experiencias con ambos médicos demostrando unción y respeto. Explica los múltiples inconvenientes de esa extraordinaria empresa. En Gabón (donde el 88 por ciento de su territorio es selva) todo es complicado, no exento de peligros. Desde la llegada al lugar: Viajó en avión hasta Libreville, la ciudad capital. De allí transitó en una Land Rover, muchos kilómetros por rutas de tierra. Finalmente abordó una frágil piragua que navegó por el río principal, el Ogooué. Consigna algunas características de Munz que llamaron su atención. Por ejemplo: siendo el francés la lengua oficial, hay varios dialectos, destacando el empeño del hombre en aprenderlos, para comunicarse mejor con los nativos. O la formación de esa personalidad, reservada, modesta, laboriosa al extremo, que no traslucía jamás quejas ni renuncias. Y la demostración de suprema humildad: producida la independencia de Gabón, años después, se operó la transferencia del establecimiento a una Fundación Internacional, que actualmente cuenta con mayoría de gaboneses en su Consejo Directivo. Fue satisfactoria esa transición, gracias a Munz que, de director médico, pasó a ser un anónimo profesional de la planta del hospital, siendo la figura clave que garantizó la continuidad de la obra. Y así siguió trabajando, como mero integrante de un equipo, sin cargo alguno, pero siempre con el mismo fuego interior que demostrara desde el comienzo. Más allá de la labor extraordinaria que estos tres médicos llevaron a cabo, se destaca que hayan elegido en tan noble misión humanitaria, a África, un continente que los países denominados “del primer mundo” han avasallado y depredado sin compasión desde siglos atrás, hasta la actualidad. Las enormes riquezas y recursos naturales que posee, no han servido para el progreso y bienestar de sus habitantes nativos. Lejos de ello, han sido sometidos a esclavitud, usados como cobayos humanos en experimentos de dudoso origen y aplicación, despojados de sus tierras, y postergados en sus derechos elementales. Aún serán necesarios muchos más seres que, como Schweitzer, Munz y Willem, trabajen con denuedo para que la igualdad de los humanos deje de ser un vocablo retórico y se transforme en realidad.
*Colaboración para En provincia.
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