Irene Vallejo: una escritora de nuestro tiempo, para todos los tiempos  

Por Elvira Yorio* –

Filóloga española, doctorada en las Universidades de Zaragoza y de Florencia, con muchos antecedentes laudatorios y varias obras publicadas, se perfila como la revelación literaria femenina de las últimas décadas. Es erudita, pero la suya no es una erudición presuntuosa, sino un obsequio que brinda al lector, para ilustrarlo de la mejor manera, con una prosa ágil y amena. Ha cultivado con pareja maestría el ensayo, la novela, el periodismo especializado, y la literatura infantil.

Su ensayo “El infinito en un junco”, lleva como subtítulo, “La invención de los libros en el mundo antiguo”, se hizo acreedor a importantes premios y rompió fronteras, ya que se tradujo a más de treinta idiomas, con cuarenta ediciones en su haber (data del 2019). Es la historia de la escritura en el mundo greco-latino, narrada en envolventes imágenes de poética belleza, e intercalada con episodios de su vida. Hay una detallada descripción ideal de lo que pudo ser Alejandría, sede de la famosa biblioteca, y también la certera pintura de la Roma antigua. Habla asimismo de la invención del papiro en Egipto y la Mesopotamia. Al respecto dijo: “El primer libro de la historia nació cuando las palabras, apenas aire escrito, encontraron cobijo en la médula de una planta acuática.”  Refiriéndose al ensayo, expresa que va más allá de la novela, “admite la narración, la evocación, la autobiografía, lo periodístico, lo académico, la literatura, los cambios de registro…” y realmente todo eso lo conjugó admirablemente la escritora en la obra de referencia.  Además, como ha comentado en algún reportaje, ese libro la salvó, pues comenzó a gestarse en un difícil momento de su vida. Muy joven, madre de un niño recién nacido con graves problemas de salud, tenía ante sí un sombrío panorama que no le permitía avizorar la posibilidad de consolidar su vocación literaria, iniciada tiempo atrás. Decidió entonces, escribir lo que supuso, sería su último libro, en el que volcaría sus investigaciones académicas. Esa escritura constituyó para ella algo así como una terapia, que le ayudó a sobrellevar la enfermedad de su niño. Transcurrieron cuatro años de arduo trabajo para terminar esa obra, destinada a ser un excepcional fenómeno literario, que, a tenor de lo que se lleva dicho, innovó en la estructura tradicional del ensayo. En efecto, Vallejo pone a esa historia, real o supuesta, reconstruida una y otra vez por los investigadores, en una perspectiva muy adecuada para el lector actual, pues las ficciones descriptas rescatan el pasado, lo transforman y lo enriquecen. Es un libro imprescindible para todos quienes pretendan acercarse a la literatura. No comercializa su talento, lo pone al servicio de la permanencia de las ideas. Lejos de ensalzar a los clásicos o intentar endiosarlos, los humaniza y aproxima, en un gesto de gratitud hacia quienes hicieron posible el comienzo de la literatura.        

“El silbido del arquero” (1916)

Leí “La Eneida” en mi adolescencia y me atrajo esa mezcla de pasiones encontradas, tan propia de la tragedia griega. El poder, la muerte, la traición, el orgullo, el amor…alguien dijo que los griegos escribían tragedias porque les gustaba sufrir, otros le retrucaron que, en verdad, lo hacían para poder soportar el sufrimiento. Lo cierto es que eran realistas, pese a cultivar con tanto empeño la mitología. A través de Vallejo, descubrí otra Eneida.  Una genial reinterpretación del texto originario. Desde luego, Eneas continúa cargando como puede pasado y futuro. Huye de Troya con el padre sobre los hombros y aferrando a su hijo de la mano. Dejando tras sí a su mujer que sucumbió en el fragor de la lucha. Sin embargo, no es un fugitivo del destino. Va a continuar exponiéndose, aunque sepa que la gloria le será esquiva. Aun así, prevalecerá en él su sentido del deber. Parece que está señalado por los dioses para preparar el advenimiento de un mundo nuevo, que nunca llegará a ver. Es el héroe, que pese a haber sido vencido en una guerra, trata de sobreponerse al trauma que produjeron en él acontecimientos tan trágicos. También es el hombre que vive con intensidad el amor y la pasión, aunque, en definitiva, renuncie a esos sentimientos, obedeciendo mandatos divinos. Vallejo dota a cada personaje de voz propia que, en primera persona, cuenta su parte en la historia, entablando un vínculo con el lector, que es un eficaz recurso escriturario, pues contribuye a facilitar la comprensión desde la primera página. La reina de Cartago que se convierte en amante de Eneas, conserva su nombre primitivo: Elisa, mujer caracterizada con una fuerte personalidad, inteligente, aguerrida, que no se arredra ante ninguna dificultad, ni duda en enfrentar la soberbia masculina de quienes le rodean. Eros, el dios del amor, juega un rol importante en la trama, aunque, como reflexiona, sigue frustrándose pues los humanos se aman entre sí de maneras imprevisibles. Ana, la hermana bastarda de Elisa, representa la piedad y la ternura. Es otra relatora que agrega datos complementarios a la historia. Las descripciones poéticas son una constante a lo largo de toda la narración, en una prosa de exquisita factura que impulsa a continuar la lectura. Hacia el final de la obra, hace su aparición Virgilio. Presentado por un narrador omnisciente, luego, habla por sí mismo y promete dar vida a los antepasados del emperador, pero insuflándoles sus esperanzas y no sed de poder. Lo hace convencido de que “la derrota es siempre el punto de partida de una gran historia.” Finalmente, será Eros quien termine la historia, dando testimonio del entierro del poeta, que murió sin saber que ha escrito una obra eterna.             

Si tuviera que trazar un paralelo entre Irene Vallejo y otras escritoras, elegiría a Marguerite Youcenar, a la que alguna vez nombró como una de sus referentes. Ambas, devotas de la épica clásica, han utilizado la descripción del pasado para explicar o comprender muchas problemáticas actuales e históricamente irresueltas. Como Vallejo revivió a Eneas, la francesa trajo a nuestra realidad la figura de Adriano. Las dos respetaron la historia, y a la vez la vulneraron con datos que, aunque inventados, encastraron perfectamente en sus relatos. Recorrieron las ruinas, no para enterrarnos en ellas, sino para reconstruirlas y restituirles su primitivo esplendor.  Partiendo de supuestos precisos que recoge como investigadora de la epopeya griega, Vallejo agrega detalles de escenas íntimas de los protagonistas, fruto de su maravillosa y prolífica inventiva. Es evidente que Grecia la atrapó, como captó a todos quienes abrevaron en las genuinas fuentes de la cultura occidental. Eneas cargó sobre los hombros a su padre Anquises para salvarlo del incendio de Troya. Irene Vallejo levanta, sostiene, y resucita a los que construyeron la palabra para que no se queme esa memoria, ni se pierda su legado.

Mucho más podría decirse de la talentosa escritora, pero excedería la índole de este comentario. Leer a Irene Vallejo es algo así como haber estado sofocada en una atmósfera asfixiante, y de pronto recibir un hálito de aire fresco. Comparto sus palabras: “Los libros nos ayudan a sobrevivir en las grandes catástrofes históricas y en las pequeñas tragedias de nuestra vida”. Al menos… así lo siento yo.

*Colaboración para En Provincia.

Fotografía: Archivo web.