Por Luna Carrara* –
Hace más de dos milenios, en la Biblioteca de Alejandría, un sabio griego llamado Eratóstenes realizó un cálculo que aún hoy nos maravilla. Con apenas una vara, geometría y observación, logró medir la circunferencia de la Tierra con una precisión que desafía el paso del tiempo.
En el solsticio de verano, notó que en Syene el Sol caía verticalmente, mientras que en Alejandría los objetos proyectaban sombra. Esa diferencia revelaba algo fundamental: la Tierra no era plana, sino curva. Midió el ángulo de esa sombra —7,2°, equivalente a 1/50 de un círculo— y, conociendo la distancia entre ambas ciudades (unos 800 km), multiplicó el dato por 50. El resultado fue 40.000 km, apenas distinto de la medida actual de 40.075 km.
La hazaña de Eratóstenes no fue solo matemática: fue un acto de confianza en la razón y en la capacidad humana de comprender el mundo. Sin tecnología moderna, demostró que la observación rigurosa y el pensamiento crítico podían abrir horizontes insospechados.
Hoy, en tiempos de avances vertiginosos, recordar a Eratóstenes es también recordar que el conocimiento se construye con paciencia, curiosidad y rigor. Su legado nos invita a valorar la ciencia como patrimonio común y a reconocer que, desde la antigüedad, la humanidad ha buscado medir y comprender la inmensidad que nos rodea.

*Colaboración para En Provincia.
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