Por Aylin Mariani* –
Chapadmalal, ese rincón costero a pocos kilómetros de Mar del Plata, se convirtió en los últimos años en el destino preferido de los jóvenes. Lo que antes era un paraje agreste y tranquilo, hoy vibra con una energía distinta: sunsets frente al mar, fiestas electrónicas y DJs que transforman la arena en escenario.
La clave está en la combinación. Por un lado, la naturaleza: playas más serenas, acantilados que regalan vistas únicas y un entorno que invita a la desconexión. Por otro, la música: cada atardecer se convierte en ritual colectivo, donde los beats acompañan la caída del sol y la juventud celebra su propia identidad.
Los DJs internacionales y locales encontraron en Chapadmalal un espacio ideal para desplegar sus sets. No es casualidad: aquí la música no es solo entretenimiento, es experiencia compartida. Cada fiesta es un punto de encuentro, un espacio de pertenencia donde la comunidad joven se reconoce y se afirma.
La movida nocturna se consolidó como marca registrada. Chapadmalal dejó de ser “el otro lado” de Mar del Plata para transformarse en epicentro cultural. Los paradores crecieron, la gastronomía se diversificó y la oferta turística se expandió al ritmo de la demanda. El verano ya no es solo playa: es también comunidad, música y celebración.
Lo interesante es que este fenómeno no borra la esencia del lugar. Chapadmalal sigue siendo agreste, sigue ofreciendo calma durante el día, surf y caminatas por la costa. Pero al caer el sol, se enciende otra identidad: la de un destino que supo reinventarse sin perder su raíz.
Para los jóvenes, Chapadmalal es símbolo de libertad. Aquí se vive un verano distinto, lejos del ruido urbano pero cerca de la vibración de una comunidad que celebra la vida como un ritual. Es la meca joven del verano bonaerense, donde cada sunset es memoria y cada fiesta, pertenencia.
En definitiva, Chapadmalal se convirtió en el lugar donde la juventud escribe su propia historia de verano. Una historia que mezcla naturaleza y música, calma y euforia, tradición y novedad. Y que confirma que los destinos también pueden transformarse en símbolos generacionales.

*Colaboración para En Provincia.
Fotografías: Archivo web – https://pixabay.com