
Por Cristina Orsatti –
10/02/71
Te habrás dado cuenta, seguís vigente. Algo sucedió en la sustancia gris de la siciliana, alias, mi madre. Después del estallido visceral, que revolvió sus tripas y la del mostrador al carnicero, algo pasó en su chip, y vive en estado zen permanente. Entre nos, provocó ternura, verla en terapia intensiva. Rodeada de cables, con mirada bobina, desparramada en una cama alta, lenta para hablar, cuando siempre fue tipo locomotora diésel. Un ramito de flores, en una botella de plástico recortada, sobre una repisa de lata, entre pantallas llenas de rayas, tipo película futurista, fue el mimo del viejo, con cara de espanto, muy parecida a cuando le caen inspectores en el negocio, Esas florecillas multicolores, trataban en vano de romper la atmósfera hospitalaria.
Hospitalaria/o: lugar que resulta agradable y acogedor para la persona que vive o está temporalmente en él.
¿Agradable? ¿Acogedor? Quién pusiera ese nombre, nunca se ha hospedado en un hospital. Me imagino un mono colgando carteles como en “Cien años de soledad” Poniendo nombre a las cosas para recordar que eran. En este caso sería el último estadio donde anotan significación y utilidad, con el agravante de tanto olvido, olvidaron que significaba.
Alguien me tendría que explicar que hay de amable en esas salas frías, llenas de ruidos extraños, olores penetrantes, algún gemido, expuesto a desconocidos que vienen te higienizan, te tocan, te invaden, siempre murmurando en un lenguaje críptico, ajeno al cotidiano. Minimizando tu angustia, en esa prisión a la que te condenaron sin delito previo.
Obvio, el cambio fue para mejor.
Se respira en casa ondas de amor y paz: un Woodstock lugareño.
Volvió a casa a los diez días. Ya más coherente y cero belicosa. Charlamos.
Confesó poseer un duplicado de tu llave, conseguido antes de ser obsequiado.
Reconoció haber estado mal al leerte, admitió mi inteligencia, prometió nunca más violar mi intimidad, quería que confiara en ella.
Entregó duplicado como prueba de fe.
Me dio lástima. La estoy mirando con otros ojos, un poco más amables.
Empaqueté mi perorata: cortar cordón, identificación personal y no atada a ella. Envolví con el papel celofán de la dependencia a la imagen materna y con la necesidad de encontrar mi esencia, hice un moño espectacular. Lo deglutió sin asco y con lágrimas en los ojos, no había cebollas cerca. Le pedí perdón por ser tan descarada y mentirosa.
¿Entre nos? Nunca jamás de los jamases trate de parecerme a ella. Soy una formación reactiva. Hago lo opuesto todo el tiempo. Si dudo decidir algo, pienso ¿qué haría la vieja? Y hago lo contrario.
12/02/71
Apareció Jacinto. A falta de data lo había llamado Lucho, es mejor nombre. Jacinto me suena a cantero de jardín. Se metió a la ex siciliana en el bolsillo.
Muy prolijo, portando un ramo de camelias para la vieja, preocupado por su salud.
Si algo podría gustarme de él, con las flores me demostró que no vale la pena.
¿Nadie se pone a pensar que las flores son los genitales de las plantas? Sabias maestras de la naturaleza. Un manual de la vida. Cuando son botones es la infancia. Los pimpollos plena adolescencia. Flor abierta, sin duda alguna, la madurez. La ancianidad, esos pétalos mustios, secos, tristes y desollados. Pero la magia es darse cuenta, lo efímero de su tiempo, lo poco disponible para desplegar esa belleza que es la vida. Sin pedir nada a cambio, solo alegrar unas retinas maravilladas en su perfección.
Los humanos nos sentimos eternos.
Te regalan flores todo el tiempo. Son un recordatorio que el reloj anda a mil. Nadie agenda o registra esto. Mi conciencia cósmica no permite que regale flores, es maldad condensada. Andar gentilmente por el mundo avisando el apocalipsis personal. Encima te agradecen y sonríen.
A la bruja le avisó papá y Jacinto ¿la querrán borrar del mapa?
¿Sabías que el ramo de novia es de la edad media? ¿Porqué? Para tapar los olores por falta de higiene.
Resumiendo, me gustan las flores en su planta. Libres de hacer lo que se le canten sus gónadas. Para desparramar plenitud sin pedir nada a cambio. No para tapar olores, Ya disponemos pilas de jabones. Menos para recordarme que la vida es veloz. Guillotinadas en un ramo aceleran su decrepitud. Es injusto.
Volvamos al Jacinto.
Le debe haber salido una gónada ese ramo de genitales. No es tan tímido como parece.
Enterado de las razones del evento, mi papá dio las explicaciones del caso, pidiendo las disculpas con ojos llorosos y dejándome como una arpía sin corazón, se apareció en casa mostrando interés por la salud de la super espía 009.
Ombligo de atenciones múltiples, la casi monja budista novata, se explayó por dos horas. Mostró su lado detectivesco, sonsacando información de la vida del morocho Jacinto.
Estudia abogacía libre, trabaja para poder pagarse su carrera y ayudar en la casa. Un santo varón, mire usted. Y hace cosa de un mes era un degenerado marca cañón. La volubilidad humana no tiene límites. ¡Cuanto ADN para limpiar!
¿Si esto no es karma? Litros de detergente concentrado voy a necesitar. Alguna plantación de jazmines tampoco me vendría mal.
Diario anteriormente publicado